Gordon Banks fue un portero que parecía tener ojos en la nuca y manos de gato, capaz de hacer que un estadio entero se quedara sin aliento con una sola estirada. Un futbolista inglés al que muchos todavía consideran uno de los mejores guardametas que ha visto el deporte. Nació con un talento especial para estar bajo los tres palos, combinando excelentes reflejos y control del área. Esa mezcla lo convirtió en portero titular indiscutible tanto en sus equipos como con la selección de Inglaterra durante gran parte de los años 60.
Empezó su carrera en clubes modestos como Chesterfield, luego brilló en Leicester City y más tarde defendió la portería de Stoke City. En total, sumó más de 600 partidos oficiales en su trayectoria profesional, y contribuyó a ganar títulos importantes, como la League Cup con Leicester en 1964 y otra vez con Stoke en 1972.
Su historia con la selección inglesa comenzó en 1963, cuando Sir Alf Ramsey lo convocó por primera vez. Desde entonces, Banks se volvió el guardameta habitual de los “Three Lions” durante casi toda esa década. Disputó 73 partidos internacionales, una cifra que lo coloca entre los porteros con más apariciones en la historia de Inglaterra. En esos encuentros mantuvo la portería a cero en 35 ocasiones, en casi la mitad de sus partidos no dejó entrar ni un solo gol. Un desempeño envidiable.
El momento cumbre de su carrera llegó en el Mundial de Inglaterra 1966. Banks jugó todos los minutos del torneo y fue fundamental para que Inglaterra levantara la copa al vencer 4-2 a Alemania Occidental en la final en el estadio de Wembley. Mantuvo varias porterías imbatidas. Banks fue campeón en su país, esa es la clase de gloria que muy pocos viven.
Cuatro años después, en el Mundial de México 1970, Inglaterra defendía el título, aunque no pudo repetir la victoria. Aun así, Banks protagonizó uno de los momentos más icónicos de la historia del fútbol: la llamada “parada del siglo”. En un partido contra Brasil, Pelé remató de cabeza un balón que parecía gol seguro, el remate fue potente y bien colocado. Pero Banks, con una estirada espectacular y casi imposible, desvió la pelota por encima del travesaño. Esa intervención todavía se menciona como una de las mejores atajadas que se hayan visto jamás. Puro instinto y reflejos de otro mundo.
Además de esos logros, Banks fue nombrado varias veces FIFA Goalkeeper of the Year, en concreto seis veces consecutivas entre 1966 y 1971, y recibió la distinción de Oficial de la Orden del Imperio Británico (OBE). Se le recuerda como un portero moderno por sus paradas y por su inteligencia para leer el juego y su buena técnica con los pies, algo que en esa época no era tan común entre los arqueros.
A menudo, se ha contado que Banks usaba guantes de jardinería o de trabajo y que les ponía chicle masticado en las palmas para mejorar el agarre del balón. La anécdota suena creíble porque en los años 50 y principios de los 60 no existían los guantes especializados de hoy en día; muchos porteros jugaban sin nada o con versiones muy básicas. Sin embargo, no hay testimonios directos del propio Banks ni pruebas documentadas en sus entrevistas o autobiografía que confirmen que usara chicle de forma sistemática. Lo que sí está más claro es que, en esa época, los recursos eran rudimentarios y los porteros se las arreglaban con lo que tenían a mano.
Otro episodio famoso de la trayectoria de Banks es la llamada “intoxicación misteriosa” durante el Mundial de México 1970. Banks no pudo jugar el partido de cuartos de final contra Alemania Federal, que Inglaterra perdió 3-2 después de ir ganando 2-0. La razón oficial fue una fuerte indisposición estomacal, se despertó con vómitos y dolores intensos, por lo que el técnico Ramsey tuvo que poner a Peter Bonetti en su lugar. La Federación Inglesa siempre lo explicó como una intoxicación alimentaria accidental, y no existe evidencia sólida de que haya sido un sabotaje o envenenamiento intencional, aunque las teorías conspirativas han circulado durante décadas. Banks mismo lo describió como una noche muy incómoda con malestar constante.
El capítulo más triste de su vida deportiva ocurrió en octubre de 1972. Todavía era portero del Stoke City y seguía siendo internacional cuando sufrió un grave accidente automovilístico al regresar del entrenamiento. El impacto le causó la pérdida total de la visión en su ojo derecho. A pesar de intentos de rehabilitación y de su enorme determinación, esa limitación visual le impidió seguir compitiendo al más alto nivel. Se retiró prematuramente a los 34 años, cuando todavía podía haber alargado su carrera y su legado.
En marzo de 2001, Banks tomó una decisión muy personal: vendió su medalla de campeón mundial de 1966 en una subasta de la casa Christie’s. La pieza se remató en alrededor de 124,750.00 libras esterlinas, muy por encima de lo esperado. Él explicó claramente que lo hizo por motivos económicos, para ayudar a su familia, específicamente para que sus hijos pudieran comprar sus primeras casas, y no porque no valorara el símbolo. Incluso los héroes del futbol enfrentan dificultades cotidianas como cualquier persona.
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