Todo empezó en 1929, cuando la FIFA, que ya era el organismo que mandaba en el fútbol mundial, decidió que era hora de tener un torneo propio solo para selecciones nacionales, sin mezclarlo con los Juegos Olímpicos. El cerebro detrás de la idea fue Jules Rimet, el presidente francés de la FIFA, un tipo visionario que veía cómo el fútbol estaba explotando de popularidad por todo el planeta y quería algo grande que uniera a los mejores equipos del mundo.
El elegido para organizar esa primera edición fue Uruguay, y tenía sentido, en 1930 cumplían 100 años de su primera Constitución, o sea, un centenario, algo importante para ellos, y encima su selección venía de ganar el oro olímpico en 1924 y 1928, así que eran como los reyes del fútbol en ese momento. No había eliminatorias ni nada por el estilo; simplemente invitaron a países y el que podía y quería iba. Al final, solo trece selecciones dijeron que sí: siete de Sudamérica (Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Paraguay, Perú y el anfitrión Uruguay), cuatro de Europa (Bélgica, Francia, Rumania y Yugoslavia) y dos de Norteamérica (México y Estados Unidos). Muchos europeos se bajaron porque la Gran Depresión estaba pegando durísimo, los viajes eran carísimos y largos, y la crisis económica no daba para lujos.
Los europeos que sí fueron vivieron una odisea para llegar. Rumania, Francia y Bélgica se subieron al barco Conte Verde, hicieron escala en Río de Janeiro para recoger a los brasileños, y siguieron rumbo a Montevideo. Yugoslavia fue en otro barco, el Florida. Y aquí viene algo curioso, el rey Carol II de Rumania, que acababa de volver del exilio y ser coronado apenas semanas antes, decidió que su selección tenía que estar sí o sí, así que él mismo organizó y pagó el viaje. Jules Rimet viajaba en el mismo barco que los rumanos, con el trofeo guardado en su maleta como si fuera un equipaje cualquiera.
El torneo duró del 13 al 30 de julio de 1930, todo en Montevideo. El Estadio Centenario, construido especialmente para la ocasión y apodado “el templo del fútbol”, iba a ser el escenario principal, pero las lluvias lo retrasaron, así que los primeros partidos se jugaron en los estadios del Nacional y Peñarol. No hubo fase de grupos como la conocemos, cuatro grupos, los primeros de cada uno a semifinales, y de ahí a la final. Sin partido por el tercero.
El día del arranque, 13 de julio, hubo dos partidos al mismo tiempo. En uno, Francia le ganó 4-1 a México, y ahí Lucien Laurent metió el primer gol de la historia de los Mundiales, un golazo de volea en el minuto 19. En el otro, Estados Unidos aplastó 3-0 a Bélgica, y su portero Jimmy Douglas se llevó la primera portería en cero. México, por cierto, debutó con ese partido y aunque con los años se volvió fijo en los Mundiales, en ese entonces perdió los tres juegos de su grupo, metió solo cuatro goles y le hicieron trece, así que no fue su mejor momento. Juan Carreño marcó el primer gol mexicano en la historia del torneo contra Francia.
Hubo varios momentos memorables y hasta polémicos. Por ejemplo, en el Argentina-Francia, cuando los argentinos ganaban 1-0, el árbitro pitó el final seis minutos antes por error, justo cuando un francés iba solo hacia el arco. Los jugadores ya estaban en las duchas, hubo protestas tremendas y tuvieron que sacarlos de vuelta para terminar los minutos que faltaban. Otro partido rarísimo fue Rumania-Perú, que tiene el récord de menor asistencia en un Mundial, oficialmente 2549 personas, pero por la taquilla real se estima que solo había entre 300 y 500 en las gradas. Ahí también ocurrió la primera expulsión del torneo, Plácido Galindo de Perú. Rumania ganó 3-1.
En la fase de grupos, Argentina arrasó con goleadas, Yugoslavia eliminó a Brasil 2-1, y Estados Unidos pasó fuerte. Uruguay debutó ganando 1-0 a Perú y luego vapuleó 4-0 a Rumania. Los semifinalistas fueron Argentina, Yugoslavia, Uruguay y Estados Unidos. En semifinales, Argentina le metió 6-1 a Estados Unidos, con goles de Stábile y compañía, luego Uruguay remontó y goleó 6-1 a Yugoslavia.
La final fue épica, Uruguay contra Argentina, el 30 de julio, más de 60,000 personas (algunos dicen hasta 90,000 o 100,000 porque el estadio se llenó hasta reventar. El árbitro belga John Langenus estaba tan nervioso por las tensiones entre las hinchadas que hasta sacó un seguro de vida antes del partido. Antes de empezar, hubo lío porque cada equipo quería usar su propio balón. Solucionaron tirando una moneda, Argentina ganó y usó la suya en el primer tiempo, iban ganando 2-1 al descanso, pero en el segundo tiempo, con el balón uruguayo, los locales metieron tres goles y remontaron 4-2. Pablo Dorado abrió para Uruguay, Peucelle y Stábile pusieron el 2-1 argentino, luego Cea empató, Iriarte con un bombazo puso el 3-2 y Héctor Castro selló el 4-2 casi al final. Uruguay fue campeón invicto, y se desató la fiesta nacional.
Héctor Castro es una de las historias más inspiradoras. A los 13 años perdió el antebrazo derecho en un accidente con una sierra eléctrica en la fábrica de su papá, pero eso no lo detuvo. Se convirtió en un delantero de élite, ganó oro olímpico en 1928, dos Copas América y este Mundial, donde metió el gol del título. Lo apodaban “El Manco” y usaba el muñón hasta para molestar rivales.
El capitán argentino Manuel Ferreira se perdió el partido contra México porque tenía un examen en la universidad en Buenos Aires y prefirió volver para rendirlo. ¡Imagínate hoy un capitán haciendo eso! Guillermo Stábile fue el goleador con 8 tantos, Pedro Cea metió 5. En total, 70 goles en 18 partidos, 3.89 goles por juego. No hubo partido por el tercer puesto.
El Mundial de 1930 fue el nacimiento de algo gigante. En una época donde los viajes eran eternos, la crisis económica apretaba y el fútbol apenas empezaba a ser global, Uruguay armó la fiesta y dejó claro que el Mundial iba a ser el evento más emocionante del deporte. Desde entonces, todo lo que vemos cada cuatro años tiene raíces en esa aventura uruguaya de hace casi un siglo.
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