Estás en la Edad Media, dentro de un castillo, donde los pisos no son como los de hoy con baldosas brillantes o alfombras suaves. Muchas veces eran solo de tierra bien apisonada, piedra fría o madera. Para hacer la vida un poco más llevadera, la gente extendía sobre ellos una capa de plantas como juncos, junquillos, paja o cañas. Como una alfombra natural, estos tallos ayudaban a aislar un poco del frío, absorbían la humedad, las migajas de comida o cualquier derrame, y suavizaban el caminar, como si pisaras sobre un colchón vegetal improvisado.
Encima de esa base, solían esparcir hierbas aromáticas, a las que llamaban “hierbas de esparcimiento”. La idea era simple y práctica: al caminar sobre ellas, las personas las aplastaban un poquito y liberaban su perfume fresco. Entre las favoritas estaban la lavanda, el tomillo, la manzanilla, la menta o incluso pétalos de rosa. El objetivo era mejorar el olor del ambiente interior, porque en esos espacios cerrados los olores intensos se quedaban atrapados.
Piensa en cómo hoy usamos un difusor de aceites esenciales o un aromatizante para el hogar cuando la cocina huele después de freír algo. Ellos hacían algo parecido, pero con plantas frescas o secas tiradas directamente en el piso. No era solo por gusto; también tenía un lado útil. Algunas de estas hierbas soltaban compuestos volátiles que, al aplastarse, actuaban como repelentes naturales de insectos. Por ejemplo, ciertos aceites esenciales incomodaban a las pulgas, las moscas o pequeños parásitos, ayudando a reducir un poco su presencia.
Además, las personas de entonces creían firmemente que esos aromas agradables podían prevenir enfermedades como el tifus. Pensaban que un aire perfumado o “purificado” con plantas era más saludable. En su contexto, con el conocimiento médico limitado, tenía sentido, pues asociaban lo limpio y fragante con lo sano. Sin embargo, actualmente sabemos que el tifus no se transmite por el olor del aire, sino por bacterias del género Rickettsia, que se propagan sobre todo a través de piojos del cuerpo u otros vectores como pulgas o ácaros. Los aromas de la lavanda o el tomillo no tenían poder para prevenirla, aunque sí podían ayudar indirectamente al repeler algunos insectos. Pero en esa época, sin microscopios ni comprensión de los microbios, ligar buenos olores con buena salud parecía lógico, y por eso esta costumbre se extendió mucho en los edificios medievales.
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Referencias:
- Ackerman, D. Una historia natural de los sentidos. Anagrama. 1990.