¿Alguna vez te has preguntado si nuestros antepasados más lejanos olían tan fuerte que hasta los leones preferían darles la vuelta? Pues eso es exactamente lo que planteó un antropólogo y paleoantropólogo llamado Louis Seymour Bazett Leakey. Según su idea, en las épocas más antiguas de la evolución humana, cuando nuestros ancestros todavía no tenían lanzas ni herramientas avanzadas, su olor corporal podría haber sido mucho más intenso que el nuestro hoy en día, y ese olor actuaba como una especie de defensa natural contra los depredadores.
La lógica es bien sencilla y se parece a algo que vemos todo el tiempo en la naturaleza. Piensa en cómo un perro olfatea algo en la calle y decide si se acerca o no. Un olor puede gritar “¡comida!”, “¡peligro!” o “¡mejor ni probarlo!”. Leakey sugirió que el olor de los primeros humanos era interpretado por los grandes carnívoros como una señal negativa, algo repugnante o poco apetecible, como cuando abres la nevera y encuentras leche cortada que te hace arrugar la nariz al instante. En lugar de atacar, los depredadores simplemente se mantenían alejados, porque ese aroma les decía que no valía la pena el riesgo o el mal sabor.
Esta idea no salió de la nada; Leakey la desarrolló a partir de sus propias experiencias en el campo en África. Vio cómo leones se acercaban a campamentos humanos, olfateaban y luego se retiraban sin atacar a nadie. Él pensaba que, en tiempos en que los primeros homínidos vivían en el suelo sin defensas sofisticadas, ese olor jugaba un papel importante para mantener a raya a los grandes carnívoros. Era como si la naturaleza les hubiera dado un repelente incorporado.
Con el paso del tiempo, otros investigadores retomaron esta propuesta y la describieron usando un concepto biológico que se llama aposematismo químico. Algo como las señales de advertencia que usan algunos animales, por ejemplo, la rana venenosa con colores brillantes que grita “¡soy tóxica, no me comas!” o el zorrillo que levanta la cola y suelta un olor horrible para que todo el mundo sepa que es mejor dejarlo en paz. En este caso, el olor corporal de los humanos antiguos habría funcionado como una señal química similar, avisando a los carnívoros que atacar no era una buena idea porque la presa podía resultar desagradable o incluso peligrosa de alguna forma.
Ahora, toda esta propuesta de Leakey es solo una hipótesis. Surgió principalmente de observaciones anecdóticas, como esas visitas de leones a los campamentos que él presenció. Es una idea interesante y creativa que hace pensar en cómo funcionaba la supervivencia en el pasado, pero hoy en día se considera más bien una especulación fascinante que no está confirmada científicamente como la explicación definitiva del papel del olor corporal en la evolución de nuestros antepasados. No hay evidencia concluyente que la pruebe al cien por ciento, aunque sigue inspirando discusiones.
Leakey nos hace imaginar que, antes de que fuéramos tan listos con herramientas y fuego, quizás nuestro propio cuerpo nos protegía con un aroma que decía “mejor no”. ¿No te parece curioso pensar que tal vez, hace millones de años, ese “apestar” un poco nos salvó la vida?
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Referencias:
- Ackerman, D. Una historia natural de los sentidos. Anagrama. 1990.
- Are we chemically aposematic? Revisiting L. S. B. Leakey’s hypothesis on human body odour
- Frontiers | Music as aposematic signal: predator defense strategies in early human evolution
- Aposematism – Wikipedia