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Olfato y cerebro: una conexión de millones de años

Los primeros organismos vivos, esos seres simples que flotaban o se arrastraban en los océanos primitivos, ya podían detectar sustancias químicas flotando en su entorno. Era como si tuvieran un sentido químico básico que les gritaba “¡aquí hay comida!” o “¡cuidado, eso es veneno!” o incluso “¡mira, una posible pareja por allá!”. Esa capacidad de percibir moléculas en el agua o en el aire era cuestión de vida o muerte, y gracias a ella sobrevivieron y se reprodujeron.

Con el paso de millones de años, cuando aparecieron los primeros vertebrados, ese sistema de detección química se volvió más organizado y sofisticado. Surgieron células especializadas en la nariz o en las estructuras equivalentes que captaban esos estímulos químicos del ambiente. Esas células enviaban la información a través de neuronas hacia la parte delantera del sistema nervioso. Poco a poco, esas conexiones nerviosas terminaron dando forma a lo que hoy llamamos el bulbo olfatorio, junto con otras zonas del cerebro que se dedican a procesar los olores. Piensa en el bulbo olfatorio como una estación central de recepción, un pequeño centro de mando que recibe los mensajes químicos y los organiza antes de mandarlos al cerebro.

En nosotros, los humanos de hoy, este sistema sigue trabajando de forma muy parecida. Dentro de la cavidad nasal tenemos receptores olfativos, unas células diminutas que actúan como antenas supersensibles. Cuando inhalas, las moléculas de olor se pegan a esos receptores. Inmediatamente envían señales eléctricas al bulbo olfatorio. Desde ahí, la información se reparte hacia diferentes áreas del cerebro: unas se encargan de identificar exactamente qué olor es, mientras que otras se conectan con las partes que manejan las emociones, los recuerdos y hasta las decisiones que tomamos. Por eso un olor puede golpearte de repente con un recuerdo o hacerte sentir una emoción intensa, como nostalgia o alegría. Es como si el olfato tuviera un atajo directo al corazón y a la memoria, sin pasar por los filtros que usan otros sentidos.

El cerebro de los vertebrados, incluido el nuestro, comienza a desarrollarse a partir de una estructura temprana llamada tubo neural, una especie de tubito hueco que se va especializando en diferentes regiones según vamos creciendo. Una de las más importantes es el telencéfalo, que es la parte más frontal del cerebro en desarrollo. Curiosamente, este telencéfalo surgió y se desarrolló muy de la mano con el sistema olfativo. De hecho, tanto el bulbo olfatorio como varias zonas dedicadas a procesar olores forman parte de ese telencéfalo primitivo.

En las etapas más tempranas de los vertebrados, gran parte de la organización del cerebro giraba alrededor de interpretar señales químicas del mundo exterior. El olfato era como el sentido estrella, el que dominaba la fiesta. A partir de esa base neural tan antigua, el cerebro fue incorporando y refinando otros sistemas sensoriales, como la vista y el oído, y también funciones más complejas como el pensamiento, la planificación y las emociones profundas. Con el tiempo, esas estructuras iniciales dieron origen a regiones cerebrales mucho más avanzadas, responsables de cosas como formar recuerdos, sentir emociones, hacer planes para el futuro o tener conciencia de uno mismo.

Sin embargo, aunque nuestro cerebro se haya vuelto tan sofisticado y capaz de tantas maravillas, su origen evolutivo está profundamente enraizado en esa función antigua y esencial: la capacidad de oler. Es como si todo el edificio de nuestra mente tuviera sus cimientos en un sentido químico simple pero vital que ya existía cuando la vida era muy primitiva. El olfato es una de las raíces más profundas de cómo nuestro cerebro se organizó y evolucionó para hacernos quienes somos.

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Referencias:

Cómo citar

García, Miguel. (08 abril 2026). Olfato y cerebro: una conexión de millones de años. Celeberrima.com. Última actualización el 08 abril 2026.