Helen Keller perdió la vista y el oído cuando apenas era una bebé, a los 19 meses de edad, por una enfermedad. Pero eso la empujó a afinar otros sentidos, sobre todo el tacto y el olfato, que se convirtieron en sus guías para entender lo que la rodeaba. En su libro El mundo donde vivo, publicado originalmente en 1908, Helen describe con mucha sensibilidad cómo los olores le contaban historias completas sobre las personas y los lugares. Ella explicaba que cada trabajo o actividad deja una marca olfativa porque los materiales y sustancias con los que se trabaja sueltan partículas volátiles que se pegan a la ropa y al cuerpo, como si fueran un perfume invisible que viaja con quien lo usa. Por eso, al acercarse alguien, podía percibir esos rastros y adivinar a qué se dedicaba. Un carpintero que ha estado serruchando madera todo el día lleva un aroma fresco y resinoso impregnado en su camisa; un herrero, en cambio, huele a metal; un pintor trae el olor a pintura fresca, etc. Con solo oler, Helen podía distinguir entre ellos, como nosotros diferenciamos a un amigo por su voz o su forma de caminar.
Cuando alguien pasaba rápido cerca de ella, captaba lo que llamaba una impresión olfativa, un rastro fugaz que le daba pistas de dónde venía esa persona. Es como cuando tú entras a tu casa y, sin ver nada, sabes inmediatamente si alguien acaba de cocinar porque el aire huele a comida recién hecha, o si tu pareja estuvo en el jardín porque trae el aroma de las plantas. Para Helen, un olor a alimentos le hablaba de la cocina, el perfume de las flores o las plantas del jardín.
En el fondo, lo que Helen describía era una forma práctica de interpretar el mundo a través de asociaciones. Para ella, los olores eran señales cargadas de significado, construidas con la experiencia diaria. Si olía algo característico, su mente lo conectaba al instante con el lugar o la actividad donde ese aroma es común. Los olores de los materiales de trabajo actuaban como pistas confiables sobre la ocupación de la persona. Todo esto requería mucha atención y una memoria olfativa entrenada, porque esos detalles sutiles que ella notaba suelen pasar desapercibidos para la mayoría de nosotros, que vivimos distraídos con la vista y el oído.
Al perder dos sentidos tan dominantes, Helen desarrolló una percepción muy aguda del olfato. Para ella, el olfato no era un sentido secundario; era un puente que le permitía leer la vida cotidiana. El olfato, ese “ángel caído” que, según ella, merece mucho más reconocimiento del que le damos. La próxima vez que camines por la calle, cierra un momento los ojos y deja que los olores te cuenten algo nuevo del mundo que te rodea.
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Referencias:
- Ackerman, D. Una historia natural de los sentidos. Anagrama. 1990.
- Helen Keller – Wikipedia