En la Inglaterra de la época isabelina, allá por los siglos XVI y principios del XVII, había una práctica romántica un poco peculiar que llamaban “manzanas de amor”. Básicamente, algunas mujeres pelaban una manzana y la metían en su axila, dejándola ahí un buen rato hasta que el fruto se impregnara bien de su sudor y de su olor corporal natural. Luego, se la daban a su amante para que la oliera, como una forma de recordatorio cuando no podían estar juntos. Era como enviarle un pedacito de su presencia, algo que él pudiera acercar a la nariz y sentirla cerca aunque estuviera lejos.
Hoy en día estamos tan acostumbrados a tapar el olor con perfumes o desodorantes que nos parece rarísimo, pero en ese entonces la gente valoraba el aroma natural del cuerpo. Creían que ese olor personal podía encender el deseo o fortalecer el lazo entre dos personas enamoradas, como si fuera una señal química invisible que decía “aquí estoy yo, tal como soy”. La manzana servía de mensajero, al pelarla, quitaban la piel y la pulpa blandita absorbía mejor el sudor y el aroma, como una esponja que guarda el perfume de la persona. Una vez lista, esa manzana impregnada actuaba como un recuerdo olfativo, un objeto que llevaba el olor del cuerpo y, por extensión, su esencia misma. Olfatearla era como revivir su presencia, un detalle íntimo y sensorial que conectaba a los enamorados.
Es interesante porque contrasta tanto con nuestra forma de vivir hoy. Imagina una cita moderna en la que en lugar de regalar flores o chocolates, alguien te pasa una manzana que ha estado cocinándose en su axila para que la huelas y te acuerdes de ella. Suena extraño, ¿no? En muchas sociedades actuales procuramos esconder el olor corporal porque lo asociamos con algo sucio o incómodo, pero en esa época cultural se veía como algo natural. La manzana pelada funcionaba precisamente porque la pulpa, sin esa barrera de la piel, se impregnaba más fácilmente y conservaba el aroma durante un tiempo, convirtiéndose en una especie de carta perfumada, pero hecha con sudor y fruta. Sí, muy raro.
Aunque esta anécdota se repite mucho en libros de divulgación sobre el olfato y el amor, no hay una fuente histórica primaria, es decir, un documento de la época, como un diario, una carta o un tratado, que la describa con detalle y confirme que fuera una costumbre extendida o real. Muchos textos modernos se citan unos a otros sin remontarse a un origen claro, lo que hace que sea difícil saber si fue algo que pasó de verdad o simplemente una historia que se fue contando con el tiempo.
La idea detrás de estas manzanas era reforzar el vínculo amoroso a través del olfato. El romance y la comunicación han cambiado de olores naturales guardados en una manzana a notificaciones en el celular. Las personas siempre han buscado formas creativas, a veces insólitas, de mantener viva la conexión cuando la distancia aprieta.
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Referencias:
- Ackerman, D. Una historia natural de los sentidos. Anagrama. 1990.