Sándor Péter Kocsis nació en Budapest en septiembre de 1929, en una Hungría que aún se recuperaba de las heridas de la guerra, pero él terminó convirtiéndose en uno de los delanteros más eficaces que ha visto el futbol. La gente lo apodó “Cabeza de Oro” porque parecía tener un imán en la frente: saltaba más alto que nadie, calculaba el tiempo a la perfección y metía goles de cabeza con una fuerza y precisión brutales.
Desde sus inicios en el futbol húngaro, primero con el Ferencváros donde ya mostraba un olfato especial para el gol, Kocsis se mudó al Budapest Honvéd, un club que era como el cuartel general de los grandes talentos de la época. Formó parte de una generación dorada conocida como los “Magiares mágicos” una selección nacional que jugaba un futbol revolucionario: rápido, pases precisos y ataque constante. Junto a figuras como Ferenc Puskás, Nándor Hidegkuti y Zoltán Czibor, Hungría se volvió prácticamente invencible durante varios años en la década de los 50. Ganaron oro olímpico en Helsinki 1952 y humillaron a Inglaterra en Wembley en 1953 con un 6-3 que todavía se recuerda como una de las mayores lecciones de futbol de la historia. En total jugó 68 partidos con la selección y metió 75 goles, un promedio de más de un gol por partido que pocos han igualado.
En el Honvéd marcó cantidades industriales, llegando a ser el máximo goleador de la liga húngara en varias temporadas y también de toda Europa en 1952 y 1954. Imagina que en una sola temporada metía más de 30 goles en menos de 30 partidos. Pero la vida dio un giro dramático con la Revolución Húngara de 1956. Cuando los tanques soviéticos entraron en Budapest, muchos jugadores, incluido Kocsis, decidieron no regresar y buscaron una nueva vida en el extranjero. Tras un breve paso por Suiza, aterrizó en el FC Barcelona en 1958, donde se adaptó al futbol español y ayudó al equipo a ganar dos Ligas, dos Copas del Generalísimo y a llegar a la final de la Copa de Europa en 1961. Allí siguió rematando de cabeza como pocos y aportando goles importantes en un equipo lleno de estrellas.
En el Mundial de Suiza 1954, Hungría llegaba como favorita absoluta, llevaban años sin perder y su estilo elegante y ofensivo fascinaba al mundo. Kocsis se convirtió en la pesadilla de todas las defensas. En solo cinco partidos anotó 11 goles, una barbaridad que lo convirtió en el máximo artillero del torneo. Empezó con un hat-trick en la goleada 9-0 contra Corea del Sur, luego metió cuatro goles en la victoria 8-3 sobre Alemania Occidental, dos más en los cuartos contra Brasil y otros dos en la semifinal contra Uruguay. Su promedio fue de 2.2 goles por partido, una marca que sigue siendo de las más altas en la historia de los Mundiales.
Hungría llegó a la final contra Alemania Occidental, un partido que empezó dominando, pero que terminó en una de las mayores sorpresas del futbol: perdieron 3-2 en lo que se conoce como el “Milagro de Berna”. Fue un golpe duro para un equipo que parecía destinado a levantar la copa. A pesar de eso, la actuación de los magiares y la individual de Kocsis son una de las páginas más brillantes del futbol.
Después de colgar las botas en 1966, tras su etapa en Barcelona, Kocsis se quedó viviendo en la ciudad catalana, donde abrió un bar y trató de adaptarse a una vida lejos de los reflectores. Falleció en Barcelona el 22 de julio de 1979, a los 49 años, tras caer desde una ventana del hospital donde estaba siendo tratado. Las circunstancias exactas siguen siendo motivo de debate. Kocsis fue un delantero completo, que elevó el juego aéreo a un arte y formó parte de un seleccionado que cambió para siempre la forma de entender el futbol.
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