Thierry Daniel Henry creció en las afueras de París, en Les Ulis. Nació el 17 de agosto de 1977 en una familia de raíces antillanas —su padre de Guadalupe y su madre de Martinique—. Desde joven, “Titi”, como le decían cariñosamente, mostraba una velocidad y una elegancia natural con el balón que hacía que pareciera que bailaba en lugar de correr. Era puro talento pulido con dedicación. Su carrera profesional despegó en el AS Monaco, donde debutó muy joven y pronto se convirtió en una promesa. Ahí jugaba más como extremo izquierdo, aprovechando su explosividad para desbordar defensas. En 1997 ganó la Ligue 1 con ellos y llamó la atención de toda Europa.
Francia lo convocó a la selección mayor casi de inmediato, y en 1998, con solo 20 años, ya estaba en el Mundial que se jugaba en casa. Ese torneo cambió todo para él y para su país. Francia levantó su primer título mundial al vencer 3-0 a Brasil en la final, y Henry, aunque no fue el máximo goleador del equipo, aportó goles clave, como contra Sudáfrica y Arabia Saudita, terminando como el artillero francés del torneo con tres tantos. Era el comienzo de una generación dorada junto a Zidane, y Henry era rápido y letal.
Después vino una breve y no tan feliz etapa en la Juventus. Pero, en 1999, llegó su verdadero hogar futbolístico: el Arsenal, bajo la dirección del visionario Arsène Wenger. Ahí, Wenger lo reconvirtió en un delantero centro devastador, y Henry explotó: velocidad endiablada, control del balón como si estuviera pegado a su pie, capacidad para definir con la izquierda, la derecha o de cabeza, e inteligencia para encontrar los espacios. En el Arsenal se convirtió en el máximo goleador histórico del club con 228 goles en todas las competiciones, 175 solo en la Premier League. Ganó dos Premier Leagues, incluyendo una invicta en 2003-04, tres FA Cups y fue el máximo goleador de la liga inglesa cuatro veces. Los aficionados lo adoraban porque fabricaba los goles con clase, con toques sutiles y carreras que parecían imposibles.
En 2007 dio el salto al Barcelona, donde formó parte de un equipo histórico que ganó todo, incluido un triplete en 2009 con Messi, Xavi e Iniesta. Ahí sumó más títulos y mostró que su futbol elegante encajaba en cualquier estilo. Luego, ya más maduro, se fue a la MLS con el New York Red Bulls, donde siguió deleitando y hasta regresó prestado al Arsenal por unos partidos en 2012. Se retiró en 2014, pero su huella quedó: más de 400 goles en su carrera profesional.
Debutó con los Bleus en 1997 y jugó hasta 2010, acumulando 123 partidos y 51 goles, un récord que mantuvo durante años. Participó en cuatro Mundiales consecutivos: 1998, 2002, 2006 y 2010. El de 1998 fue cúspide, con Francia campeona en casa. El 2002 fue un desastre, como campeones defensores, Francia salió en primera ronda sin marcar un solo gol, una de esas sorpresas amargas que el futbol a veces regala. Pero Henry seguía ahí, como un referente ofensivo.
El Mundial de Alemania 2006 fue otro pico: Francia llegó a la final contra Italia, perdiendo en penales en un partido lleno de drama, incluyendo el famoso cabezazo de Zidane. Henry aportó tres goles en ese torneo, incluido uno clave contra Brasil en cuartos, y fue incluido en el equipo ideal del Mundial. En Sudáfrica 2010, jugó su cuarto Mundial, aunque el equipo francés fue eliminado muy pronto. En total, anotó seis goles en fases finales de Copas del Mundo, tres en 1998 y tres en 2006, lo que lo ubica como uno de los grandes ofensivos de Francia en estas citas. Además, ganó la Eurocopa 2000 y la Confederaciones 2003, completando un palmarés internacional envidiable.
Thierry Henry era un delantero completo: rápido, técnico y con visión. Hoy, muchos lo recuerdan por los goles y por la elegancia que inspiró a toda una generación de delanteros franceses y de la Premier League.
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