Hablar de Samuel Eto’o es contar la historia de alguien que terminó compitiendo al nivel más alto del mundo, pero sin perder nunca ese carácter fuerte y competitivo que lo hizo único. Nació el 10 de marzo de 1981 en Nkon, Camerún, y desde muy joven mostró ese instinto para aparecer justo donde va a caer el balón, como si tuviera un radar interno, como quien siempre llega en el momento exacto, ni antes ni después, sino justo a tiempo. Esa cualidad lo convirtió en uno de los delanteros más temidos de su generación, como reconocen organismos como la FIFA y la UEFA, que documentan su impacto tanto en clubes como en selecciones.
Su carrera en Europa fue, sencillamente, espectacular. Pasó por varios equipos, pero fue en el FC Barcelona donde alcanzó un nivel que lo colocó entre los mejores delanteros del mundo. Ahí ganó ligas y, sobre todo, la UEFA Champions League, el torneo más prestigioso a nivel de clubes en Europa. Más tarde, en el Inter de Milán, volvió a levantar ese trofeo, consolidando un logro que muy pocos futbolistas pueden presumir: ganar la Champions con diferentes equipos. Según datos oficiales de la UEFA, Eto’o fue clave en esas conquistas por sus goles y su capacidad de sacrificio táctico, algo que muchas veces pasa desapercibido, pero puede marcar la diferencia.
Pero esa es la mitad de la historia. Su verdadera dimensión aparece cuando se le observa con la camiseta de Camerún, los llamados “Leones Indomables”. Representó a su país en cuatro Copas del Mundo: Francia 1998, Corea-Japón 2002, Sudáfrica 2010 y Brasil 2014. Participar en un Mundial ya es difícil; hacerlo en cuatro es señal de una carrera larga, consistente y al más alto nivel.
Su debut mundialista en Francia 1998 fue casi simbólico, pero muy revelador. Tenía apenas 17 años y tres meses, y aun así ya estaba ahí, compartiendo cancha con jugadores consolidados, como un estudiante de primer semestre presentando un proyecto junto a expertos con décadas de experiencia, su presencia ya decía mucho sobre su potencial. Aunque Camerún no avanzó en ese torneo, quedó claro que Eto’o era una promesa.
Cuatro años después, en Corea y Japón 2002, era toda una realidad. Marcó su primer gol en un Mundial frente a Arabia Saudita, un tanto que dio a Camerún su única victoria en ese torneo. En Sudáfrica 2010, su papel fue aún más relevante. Llegó como líder absoluto del equipo, después de haber sido el máximo goleador en las eliminatorias africanas con nueve goles, según registros de la FIFA. Ya en el Mundial, anotó contra Dinamarca, pero Camerún no logró avanzar. El propio Eto’o consideró esa eliminación como una de las mayores decepciones de su carrera. Incluso los más grandes enfrentan frustraciones. En Brasil 2014, cerró su ciclo mundialista. No fue un torneo brillante para Camerún, pero su presencia tenía un peso simbólico enorme. Compartía ese logro de cuatro Mundiales con figuras como Rigobert Song y Jacques Songo’o, lo que lo colocaba en una élite muy reducida del fútbol africano.
Eto’o acumuló 118 partidos y 56 goles con Camerún, convirtiéndose en su máximo goleador histórico. Fue una especie de embajador deportivo que mostró el talento del continente africano al más alto nivel. Abrió caminos. No esperaba oportunidades, las creaba.
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