Tabla de contenidos
El increíble olfato de los buitres americanos
Los buitres americanos tienen un olfato muy fino para detectar la carroña, han evolucionado para olerla a distancia, incluso cuando está oculta bajo un denso follaje o en un bosque tupido donde no se ve nada. Mientras planean, sus fosas nasales captan moléculas volátiles que se escapan de un cuerpo en descomposición, como el etil mercaptano, esa sustancia que huele a huevo podrido y que es una señal clara de que hay comida, bueno, para ellos. No necesitan ver el cadáver; el olor les basta para bajar en espiral y aterrizar justo encima, a veces incluso antes de que otros carroñeros se den cuenta. De hecho, hace décadas, una compañía de gas en California descubrió esto por casualidad, añadían mercaptano al gas natural para detectar fugas, y de repente veían buitres dando vueltas sobre las tuberías porque pensaban que era un banquete podrido. ¡Imagina la cara de los trabajadores!
Sus cerebros tienen una parte dedicada al olfato que es enorme comparada con la de la mayoría de las aves, algo que los científicos confirmaron hace poco con estudios detallados de su anatomía. Gracias a eso, pueden detectar concentraciones minúsculas de esos olores, como unas pocas partes por billón en el aire, y seguir el rastro como un perro policía rastreando un aroma en el viento. Prefieren la que lleva un par de días descomponiéndose, porque el olor es más potente y el tejido más blandito para comer, pero evitan las más frescas que todavía no despiden suficiente aroma. Un experimento en Panamá lo demostró colocando pollos muertos escondidos y visibles; los buitres los encontraron casi al mismo tiempo, solo por el olfato, y fallaron solo con los más recientes. Esta habilidad les da una ventaja, pues ellos llegan primero al festín y ayudan a limpiar el ecosistema.
Dimetil sulfuro: el GPS olfativo de las aves marinas
En medio del océano, no hay montañas, ni señales de ningún tipo, solo agua azul hasta donde alcanza la vista y un cielo que parece igual en todas direcciones. Pero muchas aves marinas se guían por su increíble sentido del olfato. Los albatros, las pardelas, los petreles y los priones tienen un olfato que es de los más potentes del mundo animal. Sus bulbos olfativos en el cerebro son enormes comparados con los de otras aves, y eso les permite captar olores que para nosotros pasarían totalmente desapercibidos. El truco está en una sustancia química llamada dimetil sulfuro. Este compuesto se libera cuando el fitoplancton es comido por el zooplancton, como el krill. Es un olor que se parece un poco al repollo cocido o a algo ligeramente sulfuroso, pero para las aves es como un letrero luminoso que dice “¡aquí hay comida! y, además, les revela la ubicación. Porque el DMS no aparece al azar, por el contrario se concentra en zonas donde hay corrientes, montes submarinos o bordes de plataformas continentales, creando un paisaje olfativo que cambia poco con el tiempo.
De esta forma, las aves encuentran su próxima comida y construyen un verdadero “mapa de olores”. Las aves aprenden estos gradientes de olores desde jóvenes y las usan para orientarse cuando están lejos de la costa. Por ejemplo, un albatros errante puede detectar un rastro de DMS a más de 20 kilómetros y seguirlo zigzagueando contra el viento. Esto les ayuda para cazar, volver a casa después de largas migraciones o encontrar sus colonias de anidación.
En un experimento clásico de 2017, un equipo de investigadores de las universidades de Oxford, Barcelona y Pisa capturó pardelas de Scopoli, unas aves marinas que anidan en el Mediterráneo y las dividió en grupos. A unas les lavaron las fosas nasales con sulfato de zinc, una solución inofensiva que les bloqueaba temporalmente el olfato sin dañarlas. Otras llevaban imanes para probar si usaban el magnetismo, y un grupo de control se quedó normal. Luego les pusieron GPS y las soltaron. ¿El resultado? Las que tenían olfato intacto volvían a casa sin problema, ajustando su ruta según los olores. Las que no olían nada se desorientaban por completo cuando estaban en mar abierto, lejos de la vista de la tierra, volaban en líneas rectas como si usaran una brújula básica pero sin corregir el rumbo. Sin embargo, en cuanto se acercaban a la costa, recuperaban la orientación gracias a los puntos de referencia visuales. Todo esto encaja perfecto, el DMS dibuja “carreteras” olfativas sobre el mar que les permiten viajar con confianza.
Androstenol: la feromona que guía a los cerdos truferos
En un bosque, en alguna región de Europa, como el Périgord en Francia o las sierras de España, un cerdo se detiene en seco, empieza a olfatear con entusiasmo y se pone a hozar el suelo. En unos segundos, ya ha localizado algo escondido bajo la superficie: una trufa, que los chefs consideran un tesoro gourmet por su sabor. Los cerdos no necesitan excavar a lo loco para encontrarla; su olfato les permite detectarlas incluso cuando están enterradas a varios centímetros de profundidad. Algunas fuentes indican que pueden detectarlas hasta casi un metro de profundidad en ciertas condiciones, gracias a que sus receptores olfativos captan las moléculas volátiles que se filtran a través de la tierra.
Las trufas crecen bajo tierra intercambiando nutrientes como nitrógeno y fósforo a cambio de azúcares que las raíces de los árboles producen. Son casi imposibles de ver a simple vista, y por eso su recolección depende de un socio con un sentido del olfato fuera de serie. Ahí entran los cerdos, especialmente las cerdas. Los cerdos tienen un sistema olfativo tan desarrollado que el bulbo olfatorio ocupa una buena parte de su cerebro, permitiéndoles distinguir compuestos volátiles que para nosotros pasan completamente desapercibidos.
Lo que hace que las trufas les resulten irresistibles es que liberan un aroma que actúa como un “perfume sexy” para los cerdos, pues contiene sustancias como el androstenol, una feromona. Para una cerda, oler una trufa madura es como detectar a un galán enterrado vivo, y eso la motiva a escarbar con precisión justo donde está el premio. Estudios científicos han confirmado que este compuesto es mucho más abundante en las trufas que en la sangre de los propios cerdos, y aunque investigaciones más recientes también destacan el dimetil sulfuro como otro componente que atrae a los animales, el efecto es el mismo: un imán olfativo que las cerdas no pueden ignorar.
Esto no es nuevo; los romanos ya usaban cerdos para cazar trufas hace más de dos mil años, y durante siglos en Italia, Francia y España los recolectores salían al campo con sus cerdas, dejando que hozaran y señalaran el tesoro con sus patas. El proceso era sencillo, el animal olfatea, marca el lugar exacto y, con una pequeña pala, se sacaba la trufa sin dañar el micelio. Claro, había un pequeño problema, los cerdos, una vez que encuentran el bocado, quieren comérselo de inmediato, así que los cazadores tenían que distraerlos con una golosina o incluso ponerles un anillo en el hocico para que no se lo zamparan. Por eso, aunque siguen usándose en algunas zonas tradicionales, en muchos lugares como Italia desde 1985 se prefieren los perros, que son más fáciles de manejar, no dañan el suelo e indican el lugar sin comerse el premio.
La memoria espacial de las ardillas para sobrevivir
En un parque, con las hojas crujiendo bajo tus pies, de repente ves a una ardilla corriendo con una enorme nuez en la boca. Esa pequeña acróbata no se la está comiendo ahí mismo porque sabe que el invierno va a ser largo y frío, y la comida no va a aparecer en los árboles como por arte de magia. En cambio, la entierra en un hoyito rápido, la tapa con tierra y hojas, y sale disparada a buscar la siguiente. Una sola ardilla puede hacer esto miles de veces en una temporada, escondiendo hasta tres mil nueces o más en lugares distintos por todo su territorio, una estrategia que los científicos llaman almacenamiento disperso, porque en vez de meter todo en un solo granero subterráneo, las reparte como si estuviera creando una red de minisupermercados.
Meses después, cuando ya cayó la nieve, esa misma ardilla regresa tranquilamente y desentierra la mayoría de sus nueces con una precisión que parece de otro mundo. El olfato les ayuda un montón, especialmente cuando detectan algo de otra ardilla o cuando la memoria necesita un empujoncito extra. Pero lo que realmente las guía es una memoria espacial de primera. Usan pistas del paisaje —un árbol, un arbusto, una roca o hasta el patrón de sombras— para recordar exactamente dónde dejaron cada cosa, y pueden planear una ruta eficiente que las lleve de un escondite al siguiente sin dar vueltas innecesarias.
¿Cómo encuentras el coche en un enorme estacionamiento? Usas el letrero de la fila B o el poste amarillo cerca. Las ardillas hacen algo parecido. Y aquí viene otro detalle: no guardan las nueces de cualquier manera. Las organizan con una técnica que los científicos llaman “agrupación espacial”, algo parecido a ordenar el cajón de calcetines por colores para encontrar el par negro más rápido. Agrupan nueces del mismo tipo en zonas cercanas entre sí, así que en vez de recordar miles de puntos sueltos, recuerdan “por aquí van las almendras y un poco más allá las nueces”. Esto les hace la vida más fácil y reduce la posibilidad de que se les olvide algo.
No es que las ardillas nunca se equivoquen, algunas nueces son olvidadas y terminan germinando, lo cual es una ganancia para el bosque, pero recuperan alrededor del 85 por ciento de lo que escondieron. Además, son astutas, pues a veces mueven una nuez de lugar o tienen falsos escondites para confundir a posibles ladrones. Todo esto es una estrategia para sobrevivir el invierno y, de paso, ayudar a que los bosques sigan creciendo.
Las polillas machos huelen a su pareja a distancia
En el atardecer, un macho de mariposa, o mejor dicho una polilla nocturna que tanto se parece a sus primas diurnas, sale volando como flecha hacia algo que ni tú ni yo podemos oler. Ese macho puede detectar el aroma de una hembra lista para aparearse a varios kilómetros de distancia. Las feromonas que la hembra libera son como un perfume fabricado en unas glándulas especiales de su abdomen. Ella libera una cantidad minúscula, apenas unas moléculas, pero suficiente para que el viento las lleve lejos.
El macho, por su parte, está equipado con sus grandes antenas, a menudo plumosas o llenas de pelitos diminutos llamados sensilos. Está dotado de una sensibilidad tan fina que puede captar una sola molécula entre billones de otras en el aire. Una vez que capta el primer rastro, vuela en zigzag, subiendo contra el viento cuando huele algo y haciendo giros amplios si pierde la pista. Estudios confirman que el “cono de detección” puede extenderse fácilmente hasta un kilómetro o más.
Cada especie tiene su propia receta química, así que un macho no se confunde con el aroma de la vecina de otra especie. Gracias a su olfato, el macho llega, corteja y asegura la siguiente generación, todo sin necesidad de luces de neón ni apps de citas.
Sabuesos: cómo siguen rastros humanos con su olfato
Imagina una habitación donde alguien estuvo sentado hace unas cuantas horas, pero la persona ya se fue caminando por ahí afuera, y de repente llega un sabueso, uno de esos perros grandotes con orejas caídas y cara seria que parecen salidos de una película de detectives. Ese perro no necesita ver ni oír nada, usa su nariz y detecta el rastro exacto de esa persona como si acabara de salir. Y luego, sin perder el hilo, sigue caminando por terreno lleno de piedras, subidas y bajadas, incluso si está lloviendo a cántaros desde hace rato. Suena casi de magia, ¿verdad? Pero no lo es.
Nuestra nariz es buena para oler el café recién hecho, pero comparada con la de un sabueso, es como un radio viejo frente a un sistema de sonido de última generación. Nosotros tenemos alrededor de cinco o seis millones de receptores olfativos en la nariz, esos sensores diminutos que captan las moléculas de olor. Un sabueso, en cambio, tiene entre 230 y 300 millones, es decir, unas 40 veces más, y la parte de su cerebro que procesa esos olores es enorme en proporción. Eso significa que pueden captar olores que nosotros no, y detectan cantidades ridículamente pequeñas, como una o dos partículas de olor flotando por ahí. Es como si tuvieran un microscopio olfativo incorporado.
¿De dónde sale ese olor que dejan las personas? No es que sudemos perfume o algo así; es algo mucho más cotidiano y constante. Cada minuto, nuestro cuerpo suelta unas 40 mil células muertas de la piel. Estas células se desprenden todo el tiempo, luego se mezclan con el sudor y las bacterias de nuestra piel. Cada quien tiene su propia “firma olfativa” única, como un código de barras personal hecho de compuestos volátiles orgánicos que las bacterias descomponen y convierten en un aroma distintivo. Imagina que vas dejando un rastro de migajas de tu propia piel por donde pasas. Incluso sin tocar nada, solo por estar en un cuarto, esas partículas flotan en el aire o se posan en las superficies: es lo que llaman “caída de olor”, y los sabuesos lo captan sin problema.
Cada paso que das es como si estuvieras dejando caer un poquito de tu aroma personal al piso. Ese rastro en el suelo dura porque se pega a la vegetación aplastada, al polvo removido y a las irregularidades del terreno. Por eso, aunque hayan pasado horas, el perro puede retomar el camino. Ni el terreno disparejo ni la lluvia lo detienen fácilmente. En un camino lleno de piedras, subidas o ramas, el rastro no se pierde porque el perro va con la nariz pegada al piso, siguiendo paso a paso las moléculas que se depositaron ahí. En cuanto a la lluvia, muchas veces hasta ayuda, el agua mantiene la humedad ideal, evita que las partículas se evaporen rápido y hace que el olor se quede más concentrado cerca del suelo, en lugar de volar por el aire seco y caliente. Claro, un aguacero torrencial podría dispersar un poco las cosas al principio, pero los sabuesos son tan precisos que, si el rastro no se lava completamente, lo recuperan. Piensa en cómo después de llover la tierra o las plantas huelen más fuerte.
Te recomendamos:
- Cómo las plantas usan el olor para defenderse y sobrevivir
- Por qué la manteca absorbe olores en el refrigerador
- Besos, narices y aromas: el olfato como lazo humano
- Tu olor corporal único: genética, dieta y emociones
- La memoria olfativa de Helen Keller y su mundo
- El amor y el olfato: las manzanas de amor en el siglo XVI
- Feromonas de alarma: cómo las ratas se avisan del peligro
- Olores, miasmas y fumigación en la Europa del pasado
- Por qué esparcían hierbas en los pisos medievales
- Cómo se comunican los animales con olores
- Olfato materno: el vínculo invisible entre madres y crías
Referencias:
- Ackerman, D. Una historia natural de los sentidos. Anagrama. 1990.
- Sight or smell: which senses do scavenging raptors use to find food? | Animal Cognition | Springer Nature Link
- Bridging Evolutionary History and Conservation of New World Vultures
- Anatomical evidence for scent guided foraging in the turkey vulture | Scientific Reports
- Full article: The limits of olfactory perception in black vultures: a field experiment
- Exhumation of food by turkey vulture | US Forest Service Research and Development
- Turkey Vultures Have a Keen Sense of Smell and Now We Know Why
- El sentido del olfato en tucanes y guacamayos | UAM
- Smelly clue to bird navigation skills
- Pelagic seabird flight patterns are consistent with a reliance on olfactory maps for oceanic navigation | Proceedings B | The Royal Society
- Olfactory-cued navigation in shearwaters: linking movement patterns to mechanisms | Scientific Reports
- Olfaction and topography, but not magnetic cues, control navigation in a pelagic seabird: displacements with shearwaters in the Mediterranean Sea | Scientific Reports
- Seabirds Use Their Sense of Smell to Navigate Open Water
- TRUFFLES: WHY PIGS CAN SNIFF THEM OUT – The New York Times
- Frontiers | Odor exploration behavior of the domestic pig (Sus scrofa) as indicator of enriching properties of odors
- Truffle hog – Wikipedia
- Is It True That Squirrels Forget Where They Bury About Half of Their Food? | Britannica
- A non-memory-based functional neural framework for animal caching behavior | Scientific Reports
- Caching for where and what: evidence for a mnemonic strategy in a scatter-hoarder | Royal Society Open Science | The Royal Society
- Physicists Solve Longstanding Puzzle of How Moths Find Distant Mates
- Pheromone production, male abundance, body size, and the evolution of elaborate antennae in moths – Symonds – 2012 – Ecology and Evolution – Wiley Online Library
- Identification and functional characterization of a sex pheromone receptor in the silkmoth Bombyx mori | PNAS
- Targeted disruption of a single sex pheromone receptor gene completely abolishes in vivo pheromone response in the silkmoth | Scientific Reports
- Development of an automated human scent olfactometer and its use to evaluate detection dog perception of human scent | PLOS One
- Individual human odor fallout as detected by trained canines – ScienceDirect