Jair Ventura Filho, mejor conocido como Jairzinho, nació el 25 de diciembre de 1944 en Duque de Caxias, cerca de Río de Janeiro. Desde muy joven se unió a las fuerzas básicas de Botafogo, uno de los grandes clubes de Río, y ahí empezó a pulir su talento explosivo que lo convertiría en una leyenda. Era rápido y fuerte, con técnica y olfato goleador. Las defensas rivales sudaran frío solo de verlo venir por la banda derecha.
Cuando Garrincha empezó a bajar su nivel por lesiones y edad, Jairzinho tomó el relevo en el extremo derecho y se convirtió en una pieza indispensable. En el Botafogo defendió la camiseta albinegra durante más de una década, desde principios de los 60 hasta 1974, acumulando cientos de partidos y goles, alrededor de 186 en liga, según los registros. Driblaba, aceleraba y definía con potencia.
Su debut con la selección brasileña llegó en 1964, y desde entonces se volvió un fijo en la Canarinha durante una década dorada. Participó en tres Copas del Mundo: Inglaterra 1966, México 1970 y Alemania 1974. En el 66 las cosas no salieron bien para Brasil; quedaron eliminados en fase de grupos. Jairzinho jugó más por la izquierda porque Garrincha aún estaba en el once titular, y eso limitó un poco su explosividad natural por la derecha. Fue una experiencia dura, pero le sirvió de aprendizaje.
Todo cambió en México 1970. Ese equipo brasileño es considerado por muchos como el mejor de la historia del fútbol: Pelé, Tostão, Rivellino, Carlos Alberto y, claro, Jairzinho. Jugaban un futbol alegre, técnico y letal. Jairzinho se adueñó del extremo derecho y se transformó en el Furacão da Copa, el Huracán de la Copa. Porque corría con tanta fuerza e intensidad que parecía que su camiseta ondeaba como en medio de un vendaval; era imparable. Marcó siete goles en los seis partidos que jugó Brasil, algo increíble: anotó en la fase de grupos contra Checoslovaquia, dos veces, incluyendo una jugada espectacular donde dejó varios rivales atrás y definió con precisión; contra Inglaterra en ese famoso partido que Brasil ganó 1-0; contra Rumania; y luego en cuartos contra Perú; en semifinales contra Uruguay; para cerrar con broche de oro, en la final contra Italia, que terminó 4-1. Marcó en todos y cada uno de los partidos de una Copa del Mundo que su equipo ganó. Brasil se llevó la Jules Rimet para siempre y Jairzinho entró en la posteridad como uno de los grandes héroes de ese torneo.
En el Mundial de 1974 en Alemania, ya con 29 años, aportó experiencia y presencia ofensiva, aunque el equipo no tenía el mismo brillo y terminó en cuarto lugar. Marcó dos goles en esa edición. En total, con la selección disputó 81 partidos y anotó 33 goles. Su estilo combinaba velocidad, potencia física y capacidad para definir en el área.
Después de Botafogo pasó por el Olympique de Marsella en Francia, donde dejó muestras de su clase; luego regresó a Brasil con Cruzeiro, con quien ganó la Copa Libertadores en 1976; también jugó en Sudáfrica con Kaizer Chiefs, en otros clubes brasileños como Portuguesa o Noroeste, y en Ecuador y Bolivia antes de colgar los botines alrededor de 1982-1983. En cada lugar dejó huella con su calidad y su entrega.
Cuando dejó de jugar, Jairzinho se convirtió en entrenador, trabajando con equipos juveniles en Brasil y también en el extranjero, incluyendo Japón, Arabia Saudita y Emiratos Árabes. Tuvo experiencias como técnico de Londrina, del equipo nacional de Gabón y en Grecia. Uno de sus mayores orgullos fuera de las canchas fue descubrir a un jovencito de 14 años llamado Ronaldo, el Fenómeno, mientras dirigía en São Cristóvão y recomendarlo a Cruzeiro, ayudando a lanzar la carrera de otra leyenda.
Jairzinho representa esa época dorada del futbol brasileño, donde el talento se mezclaba con alegría y pasión. Era solo un goleador, parte de un equipo que enamoró al mundo entero con su forma de jugar. Cada vez que alguien recuerda el Brasil de 1970, su nombre surge inevitablemente, junto al de Pelé y los demás jugadores.
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