Gérson de Oliveira Nunes creció en Niterói, esa ciudad al otro lado de la bahía de Río de Janeiro. Nació el 11 de enero de 1941 y se convirtió en uno de los mediocampistas más inteligentes y respetados que ha dado Brasil. Tenía el talento de leer el partido como si fuera un libro abierto, distribuir el balón con precisión y controlar el ritmo del juego desde el centro del campo. Por eso lo llamaban “el cerebro”, un apodo que le quedaba como anillo al dedo porque realmente orquestaba todo.
Sus primeros pasos en el fútbol profesional los dio en clubes icónicos del futbol brasileño, empezando por el Flamengo, donde ya mostraba una visión de juego poco común para alguien tan joven. Luego pasó por Botafogo, São Paulo y Fluminense, y en cada uno dejó su huella ganando títulos regionales y nacionales en una época en la que la competencia en Brasil era feroz, con rivales duros y estilos muy distintos. A su izquierda la apodaban “Canhotinha de Ouro”, o pie izquierdo de oro.
Representó a Brasil en dos Copas del Mundo: primero en Inglaterra 1966 y luego en México 1970. En el 66 las cosas no salieron como esperaban; Brasil, que venía de ser bicampeón, tuvo problemas para imponer su famoso estilo alegre y técnico frente a equipos europeos más físicos y organizados, y el equipo se quedó en la fase de grupos. Fue una experiencia dura.
Y entonces llegó México 1970, el momento que definió su carrera. Esa selección brasileña es considerada por muchos como una de las mejores, si no la mejor, que ha pisado un Mundial: un equipo lleno de talento, con Pelé, Jairzinho, Tostão y otros genios, que jugaba con una creatividad y eficacia que parecía de otro planeta. Gérson, con 29 años, actuaba como mediocampista. Él decidía cuándo acelerar, cuándo frenar, cuándo cambiar de carril. Sus pases, cortos o largos, abrían espacios como por arte de magia, conectando la defensa con el ataque y permitiendo que las estrellas ofensivas explotaran al máximo su talento. No era solo pasar la pelota; era hacerlo en el momento preciso, con la fuerza y dirección exactas, para que un compañero quedara en la posición ideal.
En la final contra Italia, el 21 de junio de 1970 en el Estadio Azteca, Brasil ganó 4-1 en un partido que todavía se recuerda como una obra maestra. Después de que Pelé abriera el marcador y Italia empatara, Gérson tomó la pelota fuera del área y soltó un disparo potente y preciso con su zurda que volvió a poner a Brasil arriba. Ese gol no solo rompió el empate en un momento clave, sino que desató la avalancha: Jairzinho y Carlos Alberto sellaron la victoria. Mucha gente coincide en que, después de Pelé, Gérson fue el jugador más destacado de esa final, por su control total del partido y su capacidad para participar tanto en la creación como en la definición de jugadas.
Ese título fue la tercera Copa del Mundo para Brasil y confirmó a Gérson como uno de los mediocampistas más completos de su generación. Combinaba una creatividad ofensiva envidiable con un sentido táctico excepcional. Su rol era tan importante que los cronistas lo describían como “el cerebro” del equipo, destacando cómo entendía el juego en profundidad y organizaba todo desde el corazón del campo.
Gérson sumó alrededor de 70 partidos con la selección y 14 goles, pero lo que realmente lo hace especial es cómo transformaba partidos enteros con su inteligencia y cómo habilitaba a compañeros. Los genios del medio campo son aquellos que hacen que los demás brillen aún más.
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