La prosperidad no aparece de la nada ni depende únicamente de la abundancia de recursos naturales. Surge cuando las actividades de producción y distribución de bienes y servicios se coordinan de manera eficiente para satisfacer las necesidades y deseos de las personas. Cuando alguien entra a un supermercado, encuentra leche fresca, frutas, pan o su marca favorita de café, pero eso no ocurre porque una sola persona haya planeado cada detalle desde una oficina central. Detrás de la disponibilidad de esos productos existe una enorme red de agricultores, granjeros, transportistas, fábricas, distribuidores y tiendas que responden constantemente a las señales del mercado. Si de pronto aumenta la demanda de aguacates, por ejemplo, su precio tiende a subir, entonces, los agricultores producen más, los distribuidores transportan mayores cantidades y las tiendas ajustan su oferta.
Para que la sociedad produzca más con lo que tiene disponible, los recursos escasos se utilizan donde generan más valor. Adam Smith, pensador escocés del siglo XVIII, describió este fenómeno como la mano invisible, explicando que, al buscar su propio beneficio, las personas contribuyen al bienestar general. El agricultor quiere vender más, el transportista busca ganancias y el consumidor desea calidad a buen precio. Los precios funcionan como señales que transmiten información sobre las preferencias de las personas. Si hay demasiado café en comparación con la demanda, el precio baja y la producción se reduce; si el café escasea, el precio sube, esto último hace que sea más atractivo producirlo. La capacidad de coordinar eficientemente las actividades productivas es una de las bases del éxito económico de una sociedad.
Podemos imaginar el caso en el que la economía no coordina bien las actividades productivas. Esto pasa cuando los gobiernos intentan decidir todo, qué sembrar, cuánto fabricar, a qué precio vender. O cuando hay monopolios que impiden la competencia, o corrupción que desvía recursos a proyectos inútiles. El resultado es la escasez de los productos, filas interminables, productos de mala calidad y estancamiento. Muchos países han logrado prosperar sostenidamente después de introducir reformas que dejan que los precios y la competencia guíen la asignación de recursos, generando innovación, más y mejores empleos y mayor riqueza.
Sin embargo, la prosperidad no depende únicamente de producir y consumir más. También importa cómo se distribuyen los beneficios del crecimiento y cómo afectan nuestra vida cotidiana. La Paradoja de Easterlin señala que cuando un país pasa de la pobreza a niveles de ingreso medios, la felicidad de las personas suele aumentar considerablemente. No obstante, una vez alcanzado cierto nivel de prosperidad, ganar todavía más dinero ya no incrementa significativamente la satisfacción personal. Esto sugiere que la riqueza material tiene límites como fuente de bienestar. Por esa razón, algunos países han recurrido a otras mediciones. El reino de Bután, por ejemplo, desarrolló el concepto de Felicidad Nacional Bruta, una propuesta que busca evaluar, además del crecimiento económico, la salud mental, la preservación ambiental, la cultura y la calidad del gobierno. La idea central es que una sociedad próspera produce riqueza y crea condiciones para que las personas vivan con equilibrio y bienestar.
La historia ofrece numerosos ejemplos de prosperidad mal administrada. En la España del siglo XVI, la llegada masiva de oro y plata provenientes de América creó una sensación de riqueza ilimitada. Sin embargo, ese flujo de metales provocó una fuerte inflación, debilitó la producción local y llevó a la Corona a sufrir repetidas bancarrotas. La riqueza monetaria no se tradujo en productividad ni en una economía sólida. Algo parecido ocurrió siglos después en Nauru, una pequeña nación insular que obtuvo enormes ingresos gracias a la exportación de fosfato. Durante un tiempo tuvo una de las rentas per cápita más altas del mundo, pero el dinero se gastó sin planificación, el medio ambiente quedó devastado y el país terminó enfrentando graves problemas económicos y de salud.
También existen casos donde la prosperidad se concentra en pocas manos. Mónaco, por ejemplo, posee una de las mayores densidades de millonarios del mundo. Su riqueza atrae a millonarios de todo el mundo, pero el altísimo costo de vida dificulta que personas con ingresos ordinarios puedan permanecer allí.
Además, el crecimiento económico puede traer consecuencias inesperadas. En muchas sociedades modernas aparece la llamada pobreza de tiempo, en otras palabras, aunque las personas tengan mayores ingresos y acceso a más bienes, también trabajan más horas, experimentan altos niveles de estrés y disponen de menos tiempo para convivir con sus familias o descansar. La prosperidad material, en algunos casos, termina obteniéndose a costa del bienestar emocional y del tiempo libre.
En la actualidad, el avance de la inteligencia artificial y la robótica ha abierto un intenso debate sobre el futuro de la prosperidad. Algunos consideran que las máquinas permitirán producir abundancia con menos esfuerzo de nuestra parte, mientras que otros advierten que la riqueza podría concentrarse únicamente en quienes controlen la tecnología y las patentes, aumentando el desempleo y la desigualdad.
La prosperidad incluso puede reflejarse en aspectos aparentemente inesperados, por ejemplo, algunos estudios sobre nutrición y bienestar social muestran que la estatura promedio de una población refleja, en parte, sus condiciones de vida. Los habitantes de los Países Bajos, hoy considerados entre los más altos del mundo, eran mucho más bajos hace varios siglos. La mejora en la alimentación, la salud y la distribución del bienestar contribuyó al aumento de la estatura de la población durante generaciones.
A nivel individual, la prosperidad tampoco se percibe únicamente por la cantidad de dinero acumulado, por ejemplo, el Efecto IKEA describe que las personas suelen valorar más aquello que construyen con su propio esfuerzo. Quien alcanza estabilidad y éxito mediante trabajo y dedicación normalmente experimenta mayor satisfacción que alguien que recibe la misma riqueza por herencia o como un regalo.
Basta observar el teléfono inteligente que una persona lleva en la mano para entender la complejidad de la prosperidad: minerales extraídos en distintos continentes, fábricas, ingenieros, programadores, transportistas y vendedores participaron en un proceso coordinado para fabricar y distribuir ese producto. Cada participante actuó buscando una oportunidad económica, es decir, su propio beneficio, pero el resultado final fue la creación de valor para millones de personas. Cuando estas actividades se coordinan de forma eficiente, con innovación, competencia y reglas claras, las sociedades generan más riqueza y elevan su nivel de vida en consecuencia.
Cuando una economía coordina bien las actividades productivas, recompensa a quienes crean valor real, por ejemplo, a quien inventa un nuevo producto que supera al teléfono inteligente, mejora un cultivo u ofrece un servicio que la gente ama. Esto, sin duda, motiva a más personas a esforzarse y asumir riesgos. El pastel crece para todos, más producción significa más empleos, más impuestos para los servicios públicos y más opciones para elegir cómo vivir. No obstante, ninguna economía es perfecta. Existen desigualdades, contaminación y otros problemas que deben atenderse mediante instituciones sólidas y políticas públicas adecuadas. Cuando una sociedad es próspera, las personas pueden dedicar menos tiempo a sobrevivir y más a crear, aprender, cuidar a su familia o disfrutar la vida.
Referencias: