Una economía de mercado funciona porque cada quien busca lo mejor para sí mismo, el vendedor quiere ganar dinero y el comprador quiere calidad al mejor precio. En teoría, la mano invisible que describió Adam Smith hace que todo funcione, pero, a veces, el resultado no es el más justo ni el más eficiente para todos.
Un fallo del mercado ocurre cuando el sistema, dejando que las personas y empresas persigan libremente sus intereses, no logra distribuir los recursos de la mejor manera posible. Uno de los problemas más comunes son las externalidades. Considera una fábrica que produce juguetes de calidad y baratos cerca de un río. Los dueños ganan utilidades, los compradores, un producto de calidad a buen precio. Pero el río se contamina con los residuos, y la gente que vive río abajo termina padeciendo problemas de salud, además el ecosistema se daña. Esa contaminación es una externalidad negativa porque el costo real de fabricar esos juguetes no lo asume solo la fábrica o sus clientes, sino toda la comunidad. En este caso, el precio no refleja el daño. Algunas estimaciones señalan que, si no se corrige a tiempo, el cambio climático podría costarle a la economía global entre el 5% y el 20% del Producto Interno Bruto cada año.
El problema del polizón o free-rider en los bienes públicos también ilustra la idea de fallo de mercado. Nadie puede ser excluido de usar los faros, la defensa nacional o el alumbrado urbano, por lo que se presenta un fallo de mercado, pues ninguna empresa privada desea hacerse cargo porque es imposible cobrar por ellos.
Otro fallo ocurre cuando una empresa domina tanto que ya no hay competencia, los precios tienden a subir, la calidad de los productos se reduce, la empresas dejan de innovar porque saben que la gente no tiene muchas opciones. A finales del siglo XIX, la empresa Standard Oil llegó a controlar el 90% de la refinación de petróleo en Estados Unidos, obligando al gobierno a aprobar las primeras leyes antimonopolio del mundo. Hoy en día, debido a los efectos de red, empresas como Microsoft acumulan ventajas tan gigantescas que es casi imposible la entrada de nuevos competidores, de modo que el consumidor pierde opciones.
Asimismo, un fallo de mercado puede presentarse debido a la asimetría de información, que es cuando una de las partes sabe mucho más que la otra. Por ejemplo, cuando alguien quiere comprar un carro usado, el vendedor sabe perfectamente si tiene problemas ocultos, pero el comprador no lo sabe, solo ve lo que le muestran. Por esta falta de confianza, a veces, se venden menos autos, porque los compradores asumen lo peor y ofrecen precios bajos. En los años 70, el sociólogo Richard Titmuss demostró que cuando se empezó a pagar dinero a los donantes de sangre en Estados Unidos, la calidad de la sangre empeoró drásticamente porque las personas ocultaban sus enfermedades para cobrar, evidenciando un fallo de mercado por asimetría de información. En la crisis financiera de 2008, los bancos crearon productos financieros tan complejos que los compradores no entendían el riesgo, esto condujo a un fallo de mercado global que requirió rescates gubernamentales de billones de dólares.
En el caso de los bienes de demérito, como la comida chatarra, los consumidores no miden los costos de salud a largo plazo, el mercado los produce masivamente, y el gobierno impone impuestos para frenar el fallo de mercado.
Por todo esto, los gobiernos suelen intervenir, por ejemplo, con impuestos a las emisiones o residuos sólidos, subsidios a las vacunas, construcción de infraestructura pública, regulaciones antimonopolio o leyes que obliguen a dar más información a los consumidores. La idea es ayudar a que el mercado funcione mejor para todos.
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