Ruud Gullit nació en Ámsterdam el 1 de septiembre de 1962, sus rastas o dreadlocks volaban cuando corría por la cancha, capaz de defender como un muro, armar jugadas desde el medio o rematar como un delantero letal. Su historia como futbolista está llena de talento, liderazgo, inteligencia y alegría. Creció en Ámsterdam, fue hijo de un padre surinamés y una madre neerlandesa. Empezó su carrera profesional en el HFC Haarlem, un equipo modesto, pero pronto dio el salto a Feyenoord, donde ya se veía su versatilidad: podía aparecer en cualquier parte del campo y marcar la diferencia. Luego pasó al PSV Eindhoven, donde explotó. Ahí metió goles a montones, ganó títulos de liga y se convirtió en el jugador más caro del mundo cuando el AC Milan lo fichó en 1987 por una cifra récord en esa época, algo así como seis millones de libras.
En el Milan formó un trío inolvidable con sus compatriotas Marco van Basten y Frank Rijkaard. Juntos, bajo la dirección de Arrigo Sacchi, revolucionaron el futbol con un estilo ofensivo pero muy organizado, una actualización del futbol total. Gullit era alto y fuerte; tenía técnica, visión y una potencia física que lo hacía imparable. Ganaron dos Copas de Europa seguidas, hoy Champions League, varios Scudettos en la Serie A y se convirtieron en uno de los equipos más dominantes de la historia. Imagina un Milan con una defensa sólida con Maldini y Baresi, y adelante esos neerlandeses. Gullit era la pieza que conectaba todo, el que podía bajar a defender un córner y luego subir a cabecear para marcar.
Justo en 1987, cuando estaba en su mejor momento entre PSV y su llegada al Milan, Ruud ganó el Balón de Oro como el mejor jugador de Europa. Fue un premio histórico porque se convirtió en el primer jugador negro en recibirlo, y él lo dedicó nada menos que a Nelson Mandela, que en ese entonces seguía preso en Sudáfrica. Gullit siempre tuvo conciencia social y usó su fama para hablar de temas importantes, algo que lo hacía grande fuera de la cancha.
Su paso por los clubes fue espectacular, con el Milan como cumbre, pero su historia con la selección neerlandesa es igual de emotiva. Debutó con solo 19 años en 1981 y jugó 66 partidos internacionales, marcando 17 goles. Su momento cumbre llegó en la Eurocopa de 1988 en Alemania. Los Países Bajos llevaban años sin clasificar a Mundiales y la presión era enorme, pero con Rinus Michels en la banca y Gullit como capitán, el equipo jugó un futbol hermoso y efectivo. En la final contra la Unión Soviética, en el Olympiastadion de Múnich, Gullit abrió el marcador con un cabezazo potente tras un centro de van Basten. Los neerlandeses ganaron 2-0, con la famosa volea de van Basten, y conquistaron su primer gran título internacional. Gullit levantó la copa con una sonrisa enorme; para muchos neerlandeses fue como cumplir un sueño.
Después de ese triunfo, la expectativa era altísima para el Mundial de Italia 1990. Los neerlandeses llegaban como campeones de Europa y favoritos. Gullit jugó como mediocampista ofensivo y líder, pero el torneo no fue el cuento de hadas que muchos esperaban. Avanzaron. Gullit marcó un gol contra Irlanda en la fase de grupos, en un empate 1-1. Sin embargo, en octavos de final se toparon con Alemania Occidental, que los eliminó 2-1 en un partido intenso donde Gullit fue de los más activos a pesar de algunas molestias físicas.
Más tarde jugó en Sampdoria, donde siguió marcando y ganando copas italianas, y terminó su carrera en el Chelsea de Inglaterra, donde incluso fue jugador-entrenador y levantó la FA Cup en 1997. Se retiró en 1998, pero su influencia no paró ahí. Como entrenador dirigió equipos como el Chelsea, Newcastle, Feyenoord y otros, aunque nunca con el mismo brillo que tuvo como jugador. Gullit fue un jugador completo que podía hacer de todo y lo hacía con estilo y carisma.
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