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Sin moléculas volátiles no hay olor, así funciona

No todo en la vida tiene olor, y eso tiene una razón bien interesante y sencilla de entender. Cuando respiramos, el aire que entra por la nariz lleva consigo un montón de cositas microscópicas. Para percibir un olor, esas pequeñas moléculas tienen que viajar flotando en el aire hasta llegar a una zona especial en lo alto de la nariz, que se llama epitelio olfatorio. Ahí viven unas neuronas muy dedicadas, como unos vigilantes químicos, que están listas para detectar esas partículas. Cuando las moléculas se posan en los pelitos microscópicos de estas neuronas, unos cilios que funcionan como antenas, se activa todo un proceso, se genera una señal que viaja al cerebro, y luego reconocemos el aroma. Piensa en ello como cuando echas perfume o abres una bolsa de pan recién horneado, las partículas se sueltan, viajan por el aire y tu nariz las “atrapa” para que el cerebro diga “¡qué rico huele!”.

Por eso, para que algo tenga olor, tiene que ser capaz de liberar esas moléculas al ambiente. En palabras más técnicas, las sustancias que huelen deben ser volátiles. Volátil significa que pueden desprenderse en forma de partículas pequeñitas que se dispersan en el aire, como el vapor que sale de una taza de té caliente o el aroma que se escapa de una fruta madura cuando la cortas. Si una cosa no suelta nada al aire, simplemente no hay nada que llegue a esas neuronas de la nariz, y por lo tanto, no olemos nada. Sin moléculas viajando en el aire, el sistema olfativo se queda con las manos vacías.

Esto explica perfectamente por qué muchos objetos de nuestra vida diaria parecen no tener olor en absoluto. Piensa en un vaso de vidrio, una piedra del jardín o una cuchara de acero inoxidable. Estos materiales son sólidos bien estables, y sus moléculas están tan fuertemente unidas entre sí que, a la temperatura normal de una habitación, no se evaporan ni se desprenden en partículas. No liberan nada que pueda flotar hasta tu nariz, así que nuestro cerebro los registra como inodoros. Es parecido a cuando intentas oler un bloque de concreto o la pantalla de tu celular: no pasa nada porque las moléculas no se mueven lo suficiente para escaparse al aire. El vidrio, por ejemplo, está hecho principalmente de sílice y otros componentes que forman una red muy rígida, no tienen esa volatilidad que sí tienen cosas como el alcohol o las esencias de vainilla.

El olor no es algo mágico que sale de las cosas por arte de birlibirloque; es química. Solo huele lo que puede mandar mensajeros moleculares por el aire, y muchos materiales sólidos y estables, como el vidrio, la piedra o el metal, simplemente no lo hacen a temperatura ambiente. Por eso, aunque los toquemos o los veamos todo el tiempo, pasan desapercibidos para nuestra nariz. La próxima vez que notes que algo no huele a nada, acuérdate que es porque no está enviando ninguna partícula volátil a saludar a tus neuronas olfatorias.

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Referencias:

Cómo citar

García, Miguel. (31 marzo 2026). Sin moléculas volátiles no hay olor, así funciona. Celeberrima.com. Última actualización el 31 marzo 2026.