Estás caminando por la calle en la CDMX y de pronto te llega ese olor inconfundible a tortillas recién hechas saliendo del comal. Tu cerebro lo identifica al instante, te da hambre de inmediato y hasta te imaginas el taco perfecto. Pero si alguien te pregunta “¿a qué huele exactamente?”, probablemente contestes algo como “pues… a tortilla, ¿no?”. Y ahí se acaba el vocabulario. No usamos alguna palabra inventada solo para ese aroma; lo atamos a la cosa misma que lo produce. Con casi todos los olores pasa lo mismo, los reconocemos rapidísimo, pero nombrarlos sin compararlos con algo ya conocido se nos complica.
Es como si tuviéramos un superpoder olfativo para detectar y recordar, pero el lenguaje se nos queda corto. Con los colores y sonidos es más fácil, pero con los olores casi siempre terminamos en metáforas o en “huele a limón”, “a tu chamarra vieja”. Usamos referencias o comparaciones porque nuestro diccionario olfativo es bastante flaco; no hay montones de adjetivos exclusivos para olores como sí los hay para colores.
No es porque seamos malos oliendo. Al contrario, nuestra nariz funciona de manera impresionante. En un segundo distingue si el gas se está fugando, si la leche se cortó o si ese perfume es el mismo que usaba tu ex. El reconocimiento es automático, casi instintivo, porque los olores van directo al sistema límbico del cerebro, esa parte que maneja emociones y recuerdos sin pasar tanto por el filtro del lenguaje. Por eso un olor puede hacerte llorar de nostalgia sin que sepas bien por qué, te lleva directo a la casa de tu abuelita, al olor de su arroz o de su pan de muerto, sin necesidad de palabras.
Además, los olores están en todo lo que hacemos. Te salvan de comer algo echado a perder, ese tufo ácido que te dice “ni te acerques”; te hacen elegir qué pedir en el menú solo con oler el lugar, y hasta influyen en con quién te sientes más a gusto cerca, porque cada persona tiene su propia firma olfativa que nuestro cerebro registra aunque no nos demos cuenta. También está el poder de los recuerdos. Hay estudios que muestran que los olores son de los disparadores más fuertes para traer memorias vívidas. Hueles cierto detergente y ¡pum!, estás de nuevo en la lavandería de tu mamá cuando eras niño.
No es que seamos torpes con los olores; es que nuestro lenguaje evolucionó priorizando lo que veíamos y oíamos para sobrevivir en grupo, cazar o avisar peligros a distancia. Los olores, en cambio, son más personales, más emocionales, más de sentir que de nombrar. Por eso terminamos diciendo “huele feo”, “huele delicioso”, “me da cosa” o “me recuerda a…”. Y está bien. Esa subjetividad es lo que los hace tan nuestros.
La próxima vez que te quedes sin palabras frente a un olor, como el de café recién molido en una tiendita, no te frustres. Simplemente estás viviendo algo que va más allá del diccionario. Solo dile a quien esté contigo: “huele a felicidad, ¿verdad?”. Y déjalo ahí. Muchas veces los mejores olores no necesitan un nombre en particular; solo necesitan que los sintamos. ¿Cuándo fue la última vez que oliste algo que te dejó sin palabras?
Referencias:
- Human Olfaction at the Intersection of Language, Culture, and Biology – ScienceDirect
- Human olfactory communication: current challenges and future prospects | Philosophical Transactions of the Royal Society B | The Royal Society
- Odor recognition without identification | Memory & Cognition | Springer Nature Link
- Can You Name That Smell? | Science | AAAS