Piensa en esas veces que conoces a alguien en una reunión, en la uni o hasta en el Metro, y en cuestión de minutos sientes que podrían ser amigos de años. No es solo la plática, el chiste que cae bien o que les guste el mismo equipo de fútbol; hay algo más sutil, casi invisible, que parece sellar ese “¡sí, esta persona me cae muy bien de entrada!”. Un equipo de científicos se puso a investigar si parte de esa magia podría venir del olor corporal, ese aroma personal que todos tenemos aunque no seamos conscientes.
Primero reunieron a varios pares de amigos del mismo sexo, nada de rollo romántico, que coincidían en que su conexión había sido instantánea, de esas que llaman click friends. Les dieron camisetas para dormir un par de noches, para capturar el olor de cada quien les proporcionaron instrucciones de no usar desodorante ni perfume. Después analizaron esas telas con una nariz electrónica, además un grupo de personas olfatearon las muestras a ciegas y dijeron qué tan parecidas les parecían.
El resultado fue que los olores de esos amigos que se habían caído bien al instante eran mucho más parecidos entre sí que los de cualquier par de desconocidos sacados al azar del grupo. No era casualidad; la máquina y los voluntarios lo detectaron y llegaron a resultados similares.
Pero obvio, uno piensa: ¿y si los olores son parecidos porque ya son amigos y comparten dieta, lavadora o hasta el mismo ambiente laboral o de estudio? Para eliminar esa duda de la ecuación, los investigadores hicieron un segundo experimento igual de ingenioso. Esta vez invitaron a gente que nunca se había visto. Antes de que cruzaran palabra, les tomaron la muestra de olor. Luego los pusieron a hacer una dinámica corta: platicar, colaborar en algo sencillo; interactuar de forma natural, pero controlada. Después, cada quien contestó qué tan bien la había pasado y si veía potencial para una amistad.
Las parejas que dijeron “¡qué buena vibra, me llevaría bien con esta persona! eran justo las que ya tenían olores corporales más similares desde antes de conocerse. En otras palabras, la similitud olfativa predecía en buena medida si la interacción iba a fluir o no. Es como si el olor fuera un código QR químico que nuestro cerebro escanea rapidísimo y dice “compatible”.
Todos nos olemos a nosotros mismos y a los demás de forma subconsciente todo el tiempo. Es un mecanismo como el que usan los animales para decidir quién es de su manada o quién no representa peligro.
No es que la amistad surja solo con oler parecido y ya. Ni de broma. Es solo un factor. La amistad de verdad se fortalece y alimenta de muchas maneras: si comparten risas, si ven la vida parecido, si hay respeto mutuo, intereses en común, coincidir en un grupo de amigos o en el trabajo, hasta la forma en que hablan o se mueven. El olor puede ser esa chispa que hace que el primer encuentro se sienta fácil y prometedor, pero sin todo lo demás, no llega a ser una amistad.
Referencias:
- Ackerman, D. Una historia natural de los sentidos. Anagrama. 1990.
- There is chemistry in social chemistry | Science Advances