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¿Quién fue San Agustín?
San Agustín, nacido como Aurelio Agustín el 13 de noviembre del año 354 en Tagaste, una ciudad en la provincia romana de Numidia, actual Argelia, es una de las figuras filosóficas y religiosas más trascendentales de la historia del cristianismo occidental. Su vida refleja un profundo itinerario personal e intelectual que culminó en su conversión al cristianismo y su posterior consagración como obispo de Hipona, cargo desde el cual ejerció una influencia decisiva en la formulación de la doctrina cristiana y en la cultura medieval occidental.
Hijo de un padre pagano y una madre cristiana, Santa Mónica, que es venerada por la Iglesia como un ejemplo de piedad y abnegación cristiana, dedicándose siempre al bienestar de su familia. Mónica inculcó en Agustín los principios del cristianismo y, al ver que se apartaba de ellos, se entregó a la oración. Años más tarde, Agustín se referiría a sí mismo como el hijo de las lágrimas de su madre.
A los diecinueve años, la lectura de Hortensius de Cicerón despertó en Agustín un profundo interés por la filosofía. Durante esta época, tuvo una relación estable de catorce años con una mujer, con quien tuvo un hijo, Adeodato.
San Agustín recibió educación formal en retórica y filosofía que inicialmente lo acercó al maniqueísmo —que abandonó por considerarlo simplista y pasivo frente al mal—. Sin embargo, su búsqueda de la verdad y la razón lo llevó a estudiar diversas escuelas filosóficas hasta que, influenciado por las enseñanzas de San Ambrosio y su propia experiencia espiritual descrita en sus célebres “Confesiones”, abrazó el cristianismo hacia el año 386. Este texto autobiográfico relata su conversión, además de ser una obra fundamental en la que se entrelazan la fe, la razón y la experiencia humana. En esta misma obra admite que no era un buen estudiante. Sin embargo, tenía un gran interés por la literatura, especialmente la clásica griega. Durante su estancia en Cartago, desarrolló una pasión por el teatro, pero nunca abandonó sus estudios de filosofía.
En 383, decidió mudarse a Roma, donde enfermó gravemente, pero se recuperó. En Milán, Agustín asistía como catecúmeno a las celebraciones del obispo Ambrosio, quien le presentó los escritos de Plotino y las epístolas de Pablo de Tarso, lo que se cree influyó en su conversión. Esta noticia llenó de alegría a su madre, quien viajó a Italia para estar con él y le buscó un matrimonio. Sin embargo, Agustín optó por una vida ascética.
Después de la lectura de las epístolas de Pablo y la orientación de Ambrosio, se bautizó en Milán en 387, a los treinta y tres años. Su madre falleció en Ostia, antes de regresar a África, poco después, vendió sus bienes y distribuyó el dinero entre los pobres, retirándose a una vida monacal, lo que que inspiró su famosa Regla.
Tras su conversión, Agustín se dedicó a la vida monástica y, en 391, fue ordenado sacerdote en Hipona, hoy Annaba, Argelia. Más tarde, en 395, fue nombrado obispo de dicha ciudad. Su actividad episcopal fue intensa, marcada por la defensa de la ortodoxia cristiana frente a diversas corrientes heréticas como el maniqueísmo, donatismo, arrianismo y pelagianismo, además de sus prolongados debates intelectuales sobre el pecado original, la gracia y la justicia divina. Participó y presidió varios concilios regionales que consolidaron la doctrina cristiana, destacando la sanción del canon bíblico.
San Agustín también fue un prolífico escritor. Sus obras más importantes incluyen “La Ciudad de Dios”, una reflexión sobre la relación entre la Iglesia y el Estado y la historia universal desde una perspectiva cristiana; “De Trinitate”, su tratado filosófico-teológico sobre la naturaleza de Dios; y “De Doctrina Christiana”, un estudio sobre la interpretación y enseñanza de la Escritura. Su pensamiento sintetiza la filosofía platónica con la teología cristiana, abordando conceptos esenciales del pensamiento occidental como la naturaleza del tiempo, el problema del mal y la libertad humana.
Agustín falleció en Hipona en 430 durante el asedio de los vándalos. Su cuerpo fue trasladado a Cerdeña y, luego, a Pavía, donde reposa en la basílica de San Pietro in Ciel d’Oro. Es considerado Doctor de la Iglesia y Santo por la Iglesia Católica, así como uno de los cuatro grandes Padres de la Iglesia, junto con Ambrosio de Milán, Gregorio Magno y Jerónimo de Estridón.
La existencia y su sentido
San Agustín duda. Al llegar a Italia, consideraba que los filósofos académicos eran más prudentes que los maniqueos, puesto que sostenían la necesidad de dudar de todo y afirmaban la imposibilidad del ser humano para alcanzar la verdad. En medio de la duda, Agustín descubrió que quien duda vive, que la existencia de quien duda es un hecho indudable. La vida es una realidad imposible de poner en duda. Dudar es una afirmación de la vida.
El santo lleva el escepticismo más lejos. En esta nueva etapa de la duda agustiniana la cuestión es el sentido de la vida. Para Agustín, la vida transcurre en el tiempo, por lo que es preciso comprender el sentido del tiempo antes que el sentido de la vida. Agustín sostiene que medir el tiempo de un movimiento implica poseer previamente una noción de tiempo, por lo que este es una dimensión vinculada al ser humano y a su modo de percibir. Siendo así, el tiempo es parte del alma, es decir parte esencial del ser humano. Si distinguimos pasado, presente y futuro, nos encontramos con que el pasado ya no es, el futuro aún no es y el presente se desvanece constantemente.
Sin embargo, el individuo se mantiene siempre en presencia de sí mismo, lo que hay es un ahora continuo que es la vida misma, y es posible gracias a lo que el santo denomina “atención vital”, es decir, una conciencia constante de la vida que integra el futuro, como previsión, y el pasado, como memoria. Cuando san Agustín define el tiempo como “distensión”, alude a los recuerdos y esperanzas, centrados todos en la conciencia viva del ser.
Asimismo, Agustín asocia el acto de pensar (cogitare) con el de recordar. Un ser sin memoria es incapaz de pensar, pues el pensamiento requiere relacionar ideas. Sin la atención sería imposible enlazar los recuerdos; pero sin el recuerdo, careceríamos de los elementos que la atención debe vincular. Así, la memoria es indispensable para el pensamiento. San Agustín afirma que en la memoria habita Dios. La revelación más profunda ocurre cuando el ser humano vuelve hacia su interior y descubre en su memoria una imagen de la eternidad.
Fe y razón
El pensamiento agustiniano, como el de toda la tradición cristiana, exige un acto previo de fe, esta última siempre precede a la razón. Si bien la fe y la caridad constituyen los fundamentos indispensables de la filosofía de Agustín, esto no implica la negación de la razón. Para el santo, la fe tiene prioridad, pero también requiere de la razón para no permanecer ciega. Esto lo sintetiza en una de sus frases: “creer para comprender, y comprender para creer”.
San Agustín, como los epicúreos, sostiene que las sensaciones no engañan. Si bien no proporcionan certidumbre absoluta, ofrecen la seguridad de que existe un mundo real del cual proceden y al cual remiten. En la visión agustiniana, el conocimiento sensible, aunque limitado, conduce finalmente a Dios, empero, el camino más directo hacia Él es el del alma.
El santo encuentra una prueba de la presencia divina en la existencia de verdades absolutas, como las de la lógica y las matemáticas. Si estas verdades provienen del ser humano, no podrían ser absolutas, pues nosotros somos seres finitos y relativos. La existencia de verdades universales e inmutables exige, por tanto, la existencia de un ser que sea en sí mismo Verdad absoluta: Dios. Esto se conoce como la prueba de las “verdades eternas” o el argumento de la iluminación. Todos los seres humanos reciben la iluminación divina que hace posible el conocimiento. Conocer a Dios consiste en volver a la luz interior que Él otorga. El alma es sujeto de la ciencia. En otras palabras, el alma posee la capacidad de desarrollar conocimiento. Si el alma puede comprender estas verdades inmutables, es porque posee en sí misma un elemento igualmente inmutable y eterno.
Según Agustín, todas las cosas participan del ser del Creador, quien, en su perfección, las trasciende y, al mismo tiempo, las ilumina. Toda la filosofía agustiniana conduce necesariamente a Dios, un camino en el que convergen la razón, la fe y la caridad. Cuando el alma vuelve sobre sí misma, descubre que en su interior habita la verdad, el conocimiento de Dios se alcanza por un movimiento interior en el que razón, fe y amor coinciden en una misma búsqueda de lo divino.
El bien y el mal
Para Agustín, sólo existe el bien; el mal, en cambio, consiste en la carencia del bien. El pecado es el abandono de lo que es mejor, de modo que en el pecado original el hombre, dejando lo que era mejor, cometió un acto malo. Si el mal es una falta de bien, no limita a Dios, perfecto y bueno. Agustín critica a los maniqueos, quienes concebían el mal como sustancia, naturaleza o ser. Para el santo, su error consiste en atribuir al mal existencia propia.
Agustín articula La ciudad de Dios como la elección entre dos ciudades, una es la Ciudad Terrenal, la otra es la Ciudad de Dios. Un amor egoísta conduce a preferir las cosas mundanas y el poder de la Ciudad Terrenal. En cambio, la Ciudad de Dios tiene como objetivo la salvación del alma de cada uno de sus integrantes, lo que refleja la concepción cristiana de la vida como espacio de elección entre la salvación eterna y la condena.
Sintetizando, Agustín de Hipona estableció que para creer hay que comprender y que para comprender hay que creer; que la certeza se encuentra en la interioridad; que Dios se encuentra en lo más íntimo de cada uno; que el mal no es una realidad, es una ausencia de bien; y que los seres humanos son racionales y tienen la posibilidad de elegir entre el bien y el mal.
Frases de San Agustín
Dios lo que más odia después del pecado es la tristeza, porque nos predispone al pecado.
Da lo que tienes para que merezcas recibir lo que te falta.
Hacerse el loco una vez al año, es cosa tolerable.
Así como la constancia no deja que el hombre se pervierta, la pertinacia no permite que se corrija.
Si precisas una mano, recuerda que yo tengo dos.
Dios es paciente, porque es eterno.
Si quieres conocer a una persona, no le preguntes lo que piensa sino lo que ama.
Fe es creer en lo que no se ve; y la recompensa es ver lo que uno cree.
Ama y haz lo que quieras, Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos.
Los hombres están siempre dispuestos a curiosear y averiguar sobre las vidas ajenas, pero les da pereza conocerse a sí mismos y corregir su propia vida.
No se accede a la verdad sino a través del amor.
Para llegar al conocimiento de la verdad hay muchos caminos: el primero es la humildad, el segundo es la humildad y el tercero, la humildad.
La sabiduría no es otra cosa que la medida del espíritu, es decir, la que nivela el espíritu para que no se extralimite ni se estreche.
No vayas mirando fuera de ti, entra en ti mismo, porque la verdad habita en el interior del hombre.
Nadie puede ser perfectamente libre hasta que todos lo sean.
La misma debilidad de Dios procede de su omnipotencia.
Aprueba a los buenos, tolera a los malos y ámalos a todos.
Cuando el respeto a la verdad se pasa por alto incluso cuando sólo se relaja, todo será motivo de duda.
No todos los hombres malos pueden llegar a ser buenos, pero no hay ningún hombre bueno que no haya sido malo alguna vez.
Cuando estés en Roma, compórtate como los romanos.
Errar es humano; perseverar el error es diabólico.
Si dudo, vivo. Si me engaño existo. ¿Cómo engañarme al afirmar que existo, si tengo que existir para engañarme?
La soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano.
La oración es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre.
El placer de vivir sin pena bien vale la pena de vivir sin placer.
Obedeced más a los que enseñan que a los que mandan.
No vayas fuera, vuelve a ti mismo. En el hombre interior habita la verdad.
En donde no hay caridad no puede haber justicia.
El pasado ya no es y el futuro no es todavía.
El hábito, si no se resiste, al poco tiempo se vuelve una necesidad.
Aquél que no es celoso no está enamorado.
Las desgracias son las lágrimas del alma.
No hay riqueza más peligrosa que una pobreza presuntuosa.
Tema el alma su propia muerte y no la del cuerpo.
El mundo no fue hecho en el tiempo, sino con el tiempo.
La ley ha sido dada para que se implore la gracia; la gracia ha sido dada para que se observe la ley.
Las lágrimas son la sangre del alma.
Es exigencia de nuestra mente una cierta quietud. Dios se deja ver en la soledad interior.
No hay vicio que sea tan contrario a la Naturaleza que oscurezca toda huella de ésta.
De la alimentación con carne dependen los demás vicios.
Conviene matar el error, pero salvar a los que van errados.
La ignorancia es madre de la admiración.
Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva… ¡Tarde te amé! Tú estabas dentro de mí y yo fuera…, y por fuera te buscaba.
La virtud simulada es una impiedad duplicada: a la malicia une la falsedad.
Mi amor es mi peso; por él voy dondequiera que voy.
No hubo tiempo alguno en que no hubiese tiempo.
Nadie niega a Dios, sino aquel a quien le conviene que Dios no exista.
Existirá la verdad aunque el mundo perezca.
La religión une a los hombres en Dios.
Nadie que obra contra su voluntad obra bien, aun siendo bueno lo que hace.
Dios no encuentra sitio en nosotros para derramar Su amor, porque estamos llenos de nosotros mismos.
Si andas enredado en pleitos, no es posible que tengas un corazón sosegado ni tranquilidad de ánimo; tus pensamientos serán tu verdugo interior.
Se aferran a su parecer, no por verdadero sino por suyo.
La medida del amor es amar sin medida.
Fuerte como la muerte es el amor.
Conócete, acéptate, supérate.
El orgullo es la fuente de todas las enfermedades, porque es la fuente de todos los vicios.
El número de locos es tan grande, que la prudencia se ve obligada a ponerse bajo su protección.
Una vez al año es lícito hacer locuras.
En la caridad el pobre es rico, sin caridad todo rico es pobre.
El alma desordenada lleva en su culpa la pena.
De lo que hayas amado, sólo cenizas quedarán.
Amad a esta Iglesia, permaneced en esta Iglesia, sed vosotros esta Iglesia.
En el Cielo dicen Aleluya, porque en la Tierra han dicho Amén.
El hombre no reza para dar a Dios una orientación, sino para orientarse debidamente a sí mismo.
Cuando rezamos hablamos con Dios, pero cuando leemos es Dios quien habla con nosotros.
Creo para comprender, y comprendo para creer mejor.
En las cosas necesarias, la unidad; en las dudosas, la libertad; y en todas, la caridad.
Ante todo debéis guardaros de las sospechas, porque éste es el veneno de la amistad.
Casarse está bien. No casarse está mejor.
Cuanto mejor es el bueno, tanto más molesto es para el malo.
El bueno será siempre libre aunque sea esclavo; el malo, será esclavo aunque sea rey.
Referencias:
- Xirau, R. (1998). Introducción a la historia de la filosofía. Universidad Nacional Autónoma de México.
- Agustín de Hipona – Wikipedia, la enciclopedia libre, (21/10/2025)
- St. Augustine | Of Hippo, Confessions, Philosophy, & Major Works | Britannica, (21/10/2025)
- Agustín de Hipona – Enciclopedia de la Historia del Mundo, (21/10/2025)