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Biografía de Wendell Phillips
Wendell Phillips nació el 29 de noviembre de 1811 en el corazón de Boston, en una familia que parecía sacada de un cuento de éxito americano. Su papá, John Phillips, había sido el primer alcalde de la ciudad, un abogado rico y generoso que vivía en una mansión elegante en Beacon Street. Imagina crecer rodeado de fiestas, libros clásicos y expectativas de que seguirías los pasos de tu familia hacia una carrera brillante en la ley o la política; así era la vida de Wendell de niño. Estudió en la prestigiosa Boston Latin School, se graduó de Harvard College en 1831 y luego pasó por la escuela de derecho de la misma universidad. En 1834, ya tenía su propio despacho en Court Street, listo para defender casos. Un joven con un futuro prometedor.
Pero la historia dio un giro inesperado. En octubre de 1835, desde la ventana de su oficina, Wendell presenció cómo una multitud furiosa, llena de “caballeros respetables” que él conocía, atacaba al abolicionista William Lloyd Garrison y casi lo lincha por publicar su periódico The Liberator contra la esclavitud. No era solo un problema lejano en el Sur, la injusticia vivía en su propia ciudad, entre gente que supuestamente era “civilizada”. Poco después conoció personalmente a Garrison y empezó a involucrarse. En 1837, se casó con Ann Terry Greene, una mujer de ideas valientes que lo apoyó.
Ese mismo año, Wendell dio su primer gran discurso en una reunión antiesclavista, pero fue en diciembre, en el histórico Faneuil Hall de Boston, donde realmente se convirtió en una leyenda. Una turba había asesinado al editor abolicionista Elijah Lovejoy en Illinois, y en una protesta masiva, el fiscal general de Massachusetts salió a defender a los asesinos comparándolos con los patriotas de la Revolución. Wendell, indignado, saltó al podio sin planearlo y soltó una respuesta apasionada que dejó a la audiencia boquiabierta. Señaló los retratos de los héroes de la independencia que colgaban allí y dijo que esos mismos patriotas habrían repudiado esa mentira. Esa noche lo apodaron la “trompeta dorada” del abolicionismo, y su elocuencia se volvió famosa en todo el país.
A partir de ahí, Wendell tomó una decisión que pocos de su clase social se atrevían a imaginar, dejó su exitosa carrera de abogado, sacrificó el prestigio, el dinero y las invitaciones a fiestas de la alta sociedad, y se entregó por completo a la lucha contra la esclavitud. Empezó a viajar por todo el Norte dando conferencias en salas llenas, escribiendo artículos para The Liberator y donando gran parte de lo que ganaba, a veces hasta quince mil dólares al año, una fortuna en esa época, para apoyar la causa. Junto con Garrison, criticaban la Constitución porque permitía la esclavitud y proponían la separación, es decir, que el Norte se separara del Sur para no seguir siendo cómplices de un sistema tan cruel. Ayudaba a esclavos fugados a través del Comité de Vigilancia de Boston y hasta se negaba a usar algodón o azúcar producidos por mano de obra esclava.
Cuando estalló la Guerra Civil en 1861, Wendell no se calló, en cambio, criticaba duramente al presidente Lincoln por ir demasiado lento en acabar con la esclavitud, diciendo que no bastaba con preservar la Unión si la gente seguía encadenada. Pero cuando Lincoln firmó la Proclamación de Emancipación en 1863, Wendell cambió el tono y apoyó con todo la guerra, incluso animando a formar regimientos de soldados negros como el famoso 54º de Massachusetts. Al terminar la guerra, en 1865, tomó la presidencia de la American Anti-Slavery Society después de que Garrison renunciara, y la dirigió hasta 1870, cuando la Enmienda 15 dio el voto a los hombres negros y la sociedad se disolvió.
Wendell no se detuvo ahí, porque para él la libertad no era solo para unos cuantos. Siguió peleando por el sufragio de las mujeres, ayudando en convenciones y recolectando miles de firmas para que pudieran votar y controlar sus propiedades, decía que las mujeres eran descendientes directas del espíritu de 1776 y merecían su lugar en las urnas. También defendió a los trabajadores contra los abusos de las grandes empresas, apoyó el movimiento por la temperancia para reducir el alcoholismo y se convirtió en un aliado de los nativos americanos, proponiendo incluso un puesto en el gabinete para sus asuntos y denunciando las políticas que los desplazaban de sus tierras. En 1870, se postuló, sin éxito, a gobernador de Massachusetts por partidos reformistas.
Sus últimos años los pasó dando charlas en los circuitos de conferencias, hasta que una enfermedad del corazón lo debilitó. Dio su discurso final en enero de 1884, a pesar de las advertencias de los médicos, y murió el 2 de febrero en su casa de Boston, a los setenta y dos años. Lo velaron en Faneuil Hall, el mismo lugar donde había dado aquel discurso que lo lanzó a la fama, y miles de personas de todas fueron a despedirlo.
Wendell Phillips, teniendo todo a favor para vivir cómodo, eligió el camino difícil porque no podía quedarse callado ante la injusticia. Usó su voz y su tiempo para los que no tienen ni una ni otro, y lo hizo con pasión e inteligencia.
Frases de Wendell Phillips
- Como decían los griegos: “Muchos saben echar piropos, y muy pocos rendir alabanzas”.
- El aburrimiento, después de todo, es una forma de crítica.
- El cristianismo es una batalla, no un sueño.
- El puritano no se detiene a pensar; él reconoce a Dios en su alma, y actúa.
- La agitación es la atmósfera de los cerebros.
- La aristocracia es siempre cruel.
- La deuda es la enfermedad fatal de las repúblicas, la primera cosa y la más poderosa para minar gobiernos y para corromper a la gente.
- La diferencia de religiones alimenta más peleas que las diferencias en política.
- La insurrección del pensamiento precede siempre a la insurrección de las armas.
- La mejor educación del mundo es la conseguida luchando por la vida.
- La responsabilidad educa.
- Las convulsiones políticas, como los levantamientos geológicos anuncian nuevas épocas de progreso mundial.
- Las exigencias crean la habilidad necesaria para cumplirlas y conquistarlas.
- Las revoluciones nunca retroceden.
- Lo que es fanatismo hoy será el credo de moda mañana, y tan trivial como la tabla de multiplicación de la semana siguiente.
- Mi consejo a un hombre joven que busca fama inmortal sería el atarse a una causa impopular y dedicar su vida a ella.
- Sólo las corrientes líquidas del pensamiento mueven al hombre y al mundo.
- Uno al lado de Dios es mayoría.
Referencias: