En mayo de 1911, la Toma de Ciudad Juárez representó una victoria militar de los revolucionarios maderistas y un golpe político que aceleró la caída del régimen de Porfirio Díaz, quien había dominado la política mexicana durante décadas. Aunque Díaz no permaneció ininterrumpidamente en la presidencia durante todo ese periodo —entre 1880 y 1884 gobernó Manuel González—, su influencia política se extendió por más de treinta años. Para 1910, el descontento contra el régimen había crecido debido, entre otras razones, a la concentración de tierras y riqueza, las limitaciones de la competencia política y la permanencia de Díaz en el poder. Francisco I. Madero canalizó buena parte de esa oposición mediante el Plan de San Luis, proclamado en 1910, que llamó a levantarse en armas el 20 de noviembre de ese año bajo la consigna de “sufragio efectivo, no reelección”.
En Chihuahua, la rebelión encontró dirigentes como Pascual Orozco y Francisco Villa. A ellos se sumaron otros jefes como José de la Luz Blanco y Giuseppe Garibaldi II, además de numerosos campesinos, rancheros, trabajadores y voluntarios. Las fuerzas revolucionarias fueron concentrándose alrededor de Ciudad Juárez durante abril de 1911. La ciudad tenía una importancia estratégica especial porque se encontraba junto a la frontera con Estados Unidos y contaba con instalaciones ferroviarias y aduaneras fundamentales para el movimiento de personas y mercancías. Además, su proximidad con El Paso permitía a los revolucionarios mantener contacto con Estados Unidos y convertía cualquier enfrentamiento en un asunto particularmente delicado para el gobierno mexicano y para las autoridades estadounidenses.
Madero estableció su centro de operaciones en una modesta construcción conocida como Casa de Adobe o Casa Gris, situada junto al río Bravo. Desde allí dirigió buena parte de las actividades del movimiento y se reunió con sus principales colaboradores y jefes militares. La casa funcionó como campamento, oficina y sede del gobierno provisional revolucionario, y en ella se realizaron incluso nombramientos y reuniones políticas. Fotografías de la época muestran reunidos allí a personajes como Madero, Pascual Orozco, Francisco Villa, José de la Luz Blanco y otros dirigentes de la Revolución.
Durante varios días se mantuvo un armisticio mientras se desarrollaban negociaciones entre los representantes de Madero y el gobierno de Díaz. Madero era consciente de los riesgos de atacar Ciudad Juárez, especialmente porque un combate tan cerca de la frontera podía provocar incidentes internacionales. Sin embargo, algunos de sus jefes militares consideraban que prolongar las negociaciones podía desperdiciar la oportunidad. Pascual Orozco y Francisco Villa terminaron desobedeciendo las órdenes de Madero y el 8 de mayo iniciaron el ataque contra la ciudad. El enfrentamiento fue una acción impulsada por los jefes revolucionarios que querían aprovechar la situación militar favorable.
La batalla enfrentó a más de dos mil revolucionarios con una guarnición federal de aproximadamente 900 soldados al mando del general Juan J. Navarro. Los combates comenzaron el 8 de mayo y se prolongaron durante dos días. En lugar de desarrollarse principalmente en grandes enfrentamientos a campo abierto, la lucha se convirtió en una batalla urbana. Los revolucionarios avanzaron por diferentes sectores de la ciudad y utilizaron las construcciones como protección, mientras los defensores federales intentaban mantener sus posiciones. Esta forma de combatir hizo que las calles, casas y edificios se convirtieran en parte del campo de batalla.
La cercanía de El Paso hizo que los combates fueran observados con enorme interés desde el lado estadounidense. La batalla se convirtió en un acontecimiento seguido por periodistas, fotógrafos y numerosos curiosos. La Biblioteca del Congreso de Estados Unidos conserva decenas de fotografías tomadas durante aquellos días, en las que aparecen los combatientes, los daños ocasionados por los enfrentamientos y distintos personajes de la Revolución. La posibilidad de que los disparos atravesaran el río Bravo generó preocupación entre las autoridades y la población estadounidense. Fuentes periodísticas de la época registraron incluso muertos y heridos en el lado estadounidense como consecuencia de las balas que cruzaron la frontera.
A medida que avanzaba el combate, la posición federal se volvió cada vez más difícil. Las fuerzas revolucionarias consiguieron penetrar en la ciudad y presionar a los defensores desde distintos puntos. El 10 de mayo de 1911, después de varios días de enfrentamientos, el general Navarro rindió la plaza. La victoria tuvo una importancia mucho mayor que la conquista de una ciudad fronteriza: las fuerzas revolucionarias podían derrotar al Ejército Federal y controlar un punto estratégico de gran valor. La acción de Ciudad Juárez fue un momento determinante de la primera etapa de la Revolución, la etapa maderista.
Después de la victoria surgieron también fuertes tensiones dentro del propio movimiento revolucionario. Orozco y Villa estaban dispuestos a aplicar un castigo severo a los militares federales derrotados y particularmente al general Juan N. Navarro. Madero, en cambio, defendió una política de clemencia y se opuso a su ejecución. La negativa a fusilar a Navarro provocó malestar entre algunos revolucionarios y contribuyó a las diferencias posteriores entre Madero y Pascual Orozco. Esta victoria no eliminó las diferencias existentes entre los revolucionarios.
La Toma de Ciudad Juárez tuvo consecuencias políticas inmediatas. El triunfo fortaleció la posición de Madero y debilitó considerablemente al gobierno de Díaz, que ya enfrentaba levantamientos en diferentes regiones del país. El 21 de mayo de 1911 se firmaron los llamados Tratados o Acuerdos de Ciudad Juárez. En ellos se estableció la renuncia de Porfirio Díaz y del vicepresidente Ramón Corral, así como la designación de Francisco León de la Barra como presidente interino y la convocatoria a nuevas elecciones. Díaz presentó formalmente su renuncia el 25 de mayo y poco después abandonó México rumbo al exilio.
Sin embargo, la caída del Porfiriato no significó el final de la Revolución Mexicana. Madero llegaría a la presidencia meses después, pero las diferencias entre los distintos grupos revolucionarios, las demandas sociales pendientes y la oposición de antiguos y nuevos adversarios conducirían a nuevas rebeliones y conflictos.
La Toma de Ciudad Juárez fue uno de los grandes puntos de inflexión de la historia mexicana. No puso fin a la Revolución, pero sí marcó el derrumbe del viejo régimen y abrió una etapa de transformaciones, conflictos y esperanzas que cambiaría la historia de México.
Referencias: