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La Segunda Revolución Industrial: acero, electricidad, petróleo

La Segunda Revolución Industrial fue un periodo que suele situarse aproximadamente entre la década de 1870 y el comienzo de la Primera Guerra Mundial en 1914. También fue una continuación y, al mismo tiempo, una ampliación de la primera Revolución Industrial, iniciada en Gran Bretaña durante el siglo XVIII. Mientras la primera estuvo estrechamente relacionada con el carbón, la máquina de vapor y la mecanización de la industria textil, la segunda se apoyó en nuevas fuentes de energía, nuevos materiales, avances científicos y formas mucho más eficientes de producir. Su desarrollo fue especialmente importante en países como Alemania, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y, posteriormente, Japón. La industrialización dejó de ser un fenómeno principalmente británico y adquirió una dimensión internacional.

Uno de los grandes protagonistas de esta transformación fue el acero. Durante el siglo XIX aparecieron métodos que permitieron producirlo en cantidades mucho mayores y a costos considerablemente menores que antes. El acero combinaba resistencia, durabilidad y posibilidades para la construcción que lo hacían especialmente útil para los nuevos ferrocarriles, puentes, barcos, maquinaria y edificios. Gracias a su producción masiva, las ciudades pudieron crecer verticalmente y comenzaron a aparecer los primeros rascacielos, especialmente en Estados Unidos.

La energía también cambió radicalmente. El carbón y el vapor continuaron siendo esenciales, pero la electricidad comenzó a adquirir una importancia cada vez mayor. La iluminación eléctrica transformó calles, fábricas, comercios y hogares, aunque su expansión fue gradual y durante bastante tiempo coexistió con el gas y otras formas de iluminación. Thomas Edison desarrolló sistemas prácticos de iluminación eléctrica y contribuyó decisivamente a crear redes comerciales de generación y distribución. La llamada “guerra de las corrientes” enfrentó intereses asociados a la corriente continua de Edison con los defensores de la corriente alterna, entre ellos Nikola Tesla y George Westinghouse. La corriente alterna terminó imponiéndose para la transmisión eléctrica a grandes distancias porque permitía elevar y reducir el voltaje con relativa facilidad, haciendo más eficiente la distribución. La disputa también tuvo una dimensión propagandística muy intensa y llegó a incluir demostraciones públicas destinadas a presentar la corriente alterna como peligrosa.

La electricidad no solo permitió iluminar la noche. También hizo posible utilizar motores eléctricos en las fábricas, desarrollar nuevos aparatos y reorganizar los espacios urbanos. Las exposiciones internacionales se convirtieron en escaparates de esta nueva tecnología. La Exposición Universal de Chicago de 1893 fue célebre por su espectacular utilización de la electricidad y por la iluminación de sus edificios.

Otra transformación decisiva fue el petróleo. Al principio, algunos productos derivados del petróleo tenían poco valor comercial, pero la situación cambió cuando comenzaron a desarrollarse y difundirse los motores de combustión interna. Nikolaus Otto desarrolló en 1876 un motor de cuatro tiempos que se convirtió en una referencia fundamental, mientras que otros inventores y empresarios perfeccionaron posteriormente motores destinados a diferentes aplicaciones. Karl Benz construyó en 1885-1886 uno de los primeros automóviles impulsados por un motor de combustión interna diseñado específicamente para un vehículo, y Gottlieb Daimler y Wilhelm Maybach desarrollaron también motores y vehículos importantes. La gasolina, que había tenido usos limitados, adquirió una importancia extraordinaria cuando el automóvil comenzó a expandirse.

A comienzos del siglo XX, Henry Ford llevó la producción de automóviles a una nueva escala. En 1913 incorporó de manera decisiva la cadena de montaje móvil a la fabricación del Modelo T en su planta de Highland Park, Michigan. El sistema redujo drásticamente el tiempo necesario para ensamblar un vehículo y permitió aumentar la producción y disminuir los costos. El tiempo de ensamblaje disminuyó progresivamente mediante distintas mejoras organizativas y técnicas. La cadena de montaje móvil convirtió la fabricación del automóvil en un ejemplo emblemático de producción en masa.

Este cambio industrial estuvo acompañado por nuevas formas de organizar el trabajo. Frederick Winslow Taylor desarrolló métodos de administración científica que buscaban estudiar y estandarizar las tareas para elevar la productividad. Más tarde, el fordismo combinó determinados principios de organización del trabajo con la producción en grandes volúmenes y la cadena de montaje. El trabajador ya no necesitaba dominar necesariamente la fabricación completa de un producto; podía realizar una operación específica dentro de un proceso mucho más amplio. La productividad aumentó enormemente, pero también surgieron críticas por la monotonía, la intensidad y el control que caracterizaban muchas de estas labores.

Las comunicaciones experimentaron una revolución paralela. El teléfono, asociado principalmente con Alexander Graham Bell a partir de su patente de 1876, permitió transmitir la voz a distancia y transformó las relaciones comerciales y personales. El telégrafo ya había acelerado la comunicación durante la primera mitad del siglo XIX, pero las nuevas redes telefónicas hicieron posible una comunicación más directa. Posteriormente, los experimentos de Guglielmo Marconi contribuyeron al desarrollo de la telegrafía inalámbrica, un antecedente fundamental de las comunicaciones por radio. El mundo comenzaba a estar conectado mediante redes que podían transmitir información mucho más rápido que los medios de transporte físicos.

La química industrial fue igualmente importante. La fabricación de nuevos productos químicos, colorantes, medicamentos, explosivos y fertilizantes convirtió a la química en una industria estratégica. Uno de los avances más trascendentales fue el proceso Haber-Bosch, desarrollado a comienzos del siglo XX para producir amoníaco a partir del nitrógeno del aire y del hidrógeno. Su importancia para la fabricación de fertilizantes fue enorme, porque permitió ampliar la disponibilidad de nitrógeno reactivo para la agricultura.

La química también abrió el camino hacia nuevos materiales. En 1907, Leo Baekeland desarrolló la baquelita, uno de los primeros plásticos sintéticos producidos industrialmente. La baquelita era resistente al calor y un excelente aislante eléctrico, por lo que encontró numerosas aplicaciones. Representó un paso decisivo hacia la era de los materiales sintéticos.

Mientras las fábricas se transformaban, también lo hacía la sociedad. Millones de personas abandonaron zonas rurales y se trasladaron hacia ciudades industriales en busca de empleo. Londres, Chicago, Nueva York, Berlín y otras grandes ciudades crecieron con rapidez. Chicago, por ejemplo, pasó de ser una ciudad de aproximadamente 300000 habitantes en 1870 a superar los dos millones hacia 1910. El crecimiento urbano fue uno de los rasgos fundamentales de la época.

Las nuevas industrias también crearon oportunidades laborales para las mujeres, especialmente en determinadas actividades administrativas y de telecomunicaciones. La máquina de escribir, comercializada desde la segunda mitad del siglo XIX, facilitó la expansión del trabajo de oficina y contribuyó a que aumentara la presencia femenina en determinados empleos administrativos. Las centrales telefónicas también contrataron a numerosas mujeres como operadoras. Fue una incorporación gradual, limitada por las normas sociales, las diferencias salariales y las condiciones laborales de cada país.

El crecimiento industrial favoreció además la aparición de grandes empresas y concentraciones económicas. Standard Oil se convirtió en uno de los ejemplos más famosos de concentración empresarial en Estados Unidos. La empresa llegó a controlar una proporción extraordinariamente elevada del refinado de petróleo estadounidense. En 1911, la Corte Suprema de Estados Unidos ordenó su disolución en varias compañías en aplicación de la legislación antimonopolio. La industria moderna requería enormes inversiones, redes de transporte, grandes volúmenes de producción y mercados cada vez más amplios, factores que favorecieron la aparición de corporaciones gigantescas.

La expansión industrial también tuvo consecuencias internacionales. Las grandes potencias necesitaban materias primas, fuentes de energía y mercados para sus productos, y la competencia económica se relacionó con la expansión imperialista de finales del siglo XIX y comienzos del XX. La nueva capacidad industrial proporcionó a las potencias recursos y tecnologías que facilitaron su expansión global.

No todo fue progreso. El crecimiento económico convivió con jornadas laborales extensas, accidentes, salarios bajos, viviendas insalubres y explotación infantil en muchos lugares. La desigualdad se hizo más visible a medida que grandes empresarios acumulaban fortunas mientras numerosos trabajadores dependían de salarios precarios. Como respuesta, crecieron los sindicatos, los partidos obreros y las campañas por la reducción de la jornada laboral, mejores salarios y protección social. La industrialización produjo riqueza, pero también generó conflictos.

La vida cotidiana, sin embargo, también experimentó cambios profundos. La refrigeración permitió conservar alimentos durante más tiempo y facilitó su transporte a grandes distancias. La producción industrial de productos químicos impulsó avances en agricultura y medicina. El automóvil amplió las posibilidades de movilidad. La electricidad modificó los horarios y espacios de actividad. El teléfono hizo posible comunicarse a distancia con una rapidez inédita. El ferrocarril conectó ciudades y mercados. Y la producción en masa permitió que determinados bienes que antes eran exclusivos comenzaran a estar disponibles para sectores cada vez más amplios de la población.

Durante la Segunda Revolución Industrial, el acero hizo posibles nuevas infraestructuras; la electricidad proporcionó nuevas formas de energía; el petróleo impulsó motores; la química produjo materiales, fertilizantes y otros productos; los ferrocarriles y automóviles redujeron las distancias; las telecomunicaciones aceleraron el intercambio de información; y las nuevas formas de organización industrial multiplicaron la capacidad de producir. Al mismo tiempo, esta transformación creó problemas que todavía reconocemos: desigualdad, concentración empresarial, contaminación, explotación laboral y competencia internacional.

Referencias:

  • Industrial Revolution: Definition, History, Pros, and Cons
  • Cantón Croda, R.M., Gibaja Romero, D.E. (2020). Perspectivas de la Industria 4.0. Alfaomega. Primera Edición.
  • Garrell, A., Guilera Ll. (2020). La industria 4.0 en la sociedad digital. Alfaomega. Primera Edición.
  • Joyanes Aquilar, L. (2021). Industria 4.0: La cuarta revolución industrial. Alfaomega. Primera Edición.

Cómo citar

García, Miguel. (17 agosto 2026). La Segunda Revolución Industrial: acero, electricidad, petróleo. Celeberrima.com. Última actualización el 17 agosto 2026.