Piensa en tu nariz como una recepción, donde todos los días llega una multitud de clientes: moléculas de chile, humo de tráfico, aroma de flores, polvo de la calle, hasta virus y bacterias que andan flotando en el aire. En la parte más alta de esa cavidad nasal, hay un tejido delgado llamado epitelio olfatorio, que funciona como el mostrador principal. Ahí viven las neuronas receptoras olfativas, las encargadas de captar esos olores y mandarlos al cerebro para que digas “¡uy, qué rico huele!” o “¡qué desagradable!”.
Estas neuronas no son como la mayoría, que nacen antes de que cumplas dos años y luego te duran toda la vida, o al menos lo intentan. Las del olfato son más bien como los meseros de un restaurante muy concurrido: trabajan duro, pero su turno es corto porque el ambiente es muy pesado. En promedio, duran entre un mes y dos meses, aunque algunas afortunadas aguantan más, incluso varios meses. No es que tengan un temporizador fijo, sino que el desgaste diario las va afectando.
¿Por qué tan poquito tiempo? Porque están literalmente en la trinchera. Cada respiro que das trae un bombardeo de partículas que las rozan, las irritan o las dañan. Imagina que son como las pantallas de los celulares que usas todos los días, se rayan, se ensucian, se mojan con sudor o se caen. Si no las cambiaras regularmente, dejarían de funcionar bien. El cuerpo lo sabe y por eso mantiene un sistema de reemplazo constante, casi como una línea de producción que nunca para.
Hay unas células madre que actúan como las verdaderas heroínas, pues son las que generan neuronas nuevas cuando las viejas se retiran. Estas células madre se activan, producen una neurona joven que crece rapidito, estira sus antenas —los cilios que captan olores— hacia el aire y sus axones largos hacia el bulbo olfatorio en el cerebro, conectándose para seguir transmitiendo señales. Es un recambio continuo, día tras día, año tras año, incluso cuando ya eres adulto. Por eso, aunque el olfato se vuelve un poco más torpe con la edad —porque la producción de nuevas neuronas se hace más lenta y menos eficiente—, no se apaga del todo gracias a este mecanismo de renovación.
Casi ninguna otra zona regenera neuronas de forma tan activa y constante en la adultez. Es como si la madre naturaleza hubiera dicho: “El olfato es demasiado importante para dejarlo desprotegido, así que le doy un equipo de relevo que nunca se cansa”. Gracias a eso seguimos percibiendo el aroma del café de olla por la mañana o el perfume de alguien especial, incluso después de décadas de exposición al mundo, con todo y su contaminación y sus sorpresas.
Referencias:
- Frontiers | A lifetime of neurogenesis in the olfactory system
- Adult human neurogenesis: A view from two schools of thought – ScienceDirect
- Olfactory dysfunction and the role of stem cells in the regeneration of olfactory neurons – ScienceDirect
- Control of Early Events in Olfactory Processing by Adult Neurogenesis | Chemical Senses | Oxford Academic