La independencia había comenzado en 1810 y, después de once años de enfrentamientos, tomó un rumbo decisivo cuando Agustín de Iturbide, un militar que había combatido a los insurgentes, se alió con Vicente Guerrero, uno de los principales líderes que todavía mantenían la lucha. El famoso encuentro de Acatempan simbolizó esa alianza y abrió el camino a una solución política para terminar la guerra.
En febrero de 1821, Iturbide proclamó el Plan de Iguala, basado en tres principios conocidos como las Tres Garantías: la independencia de México, la conservación de la religión católica como religión oficial y la unión entre los distintos grupos que habitaban el territorio, particularmente españoles y americanos. Para defender estos objetivos se creó el Ejército Trigarante, cuya bandera utilizó los colores verde, blanco y rojo que posteriormente formarían parte de la bandera nacional mexicana.
La campaña tuvo un éxito extraordinariamente rápido. El último jefe político superior de Nueva España, Juan O’Donojú, llegó a un acuerdo con Iturbide y ambos firmaron los Tratados de Córdoba el 24 de agosto de 1821. El documento reconocía en términos políticos la independencia y proponía establecer una monarquía constitucional. El proyecto contemplaba ofrecer la corona, en primer lugar, a Fernando VII o a algún miembro de la familia real española; si ninguno aceptaba, se contemplaba la posibilidad de elegir a otro monarca.
El 27 de septiembre de 1821, el Ejército Trigarante entró en la Ciudad de México y al día siguiente se firmó el Acta de Independencia del Imperio Mexicano. Así comenzó formalmente una nueva etapa. Sin embargo, México todavía no tenía emperador. Mientras se resolvía la cuestión de la monarquía, se estableció una regencia, presidida por Iturbide, que actuaría como gobierno provisional.
La situación cambió cuando España no aceptó los Tratados de Córdoba ni reconoció la independencia en los términos acordados. Al mismo tiempo, el nuevo país tenía un territorio enorme y difícil de gobernar. En su máxima extensión, el territorio imperial llegó a abarcar casi cinco millones de kilómetros cuadrados, desde las regiones de Alta California y Nuevo México hasta las provincias centroamericanas que llegaron a formar parte de México. Fue, por tanto, el territorio de mayor extensión que ha tenido México en su historia.
Pero México acababa de salir de una guerra prolongada, las actividades económicas estaban dañadas, las minas habían sufrido importantes afectaciones y las finanzas públicas eran muy débiles. A esto se sumó el conflicto entre el Congreso y Agustín de Iturbide, que cada vez concentraba más poder.
En mayo de 1822, una movilización militar y popular impulsada por partidarios de Iturbide presionó para que fuera proclamado emperador. La noche del 18 de mayo, el sargento Pío Marcha encabezó parte de las tropas que salieron a las calles para pedir su nombramiento. Días después, el Congreso lo declaró emperador. El 21 de julio de 1822, Iturbide fue coronado como Agustín I en la Catedral de México, mientras su esposa, Ana María Huarte, se convirtió en emperatriz.
La ceremonia buscó dotar al nuevo régimen de la solemnidad de las monarquías europeas, aunque la realidad económica estaba muy lejos de esa imagen. Las finanzas del gobierno eran tan precarias que hubo que recurrir a préstamos y aportaciones de particulares para cubrir diversos gastos relacionados con la corte y la ceremonia. Durante el Imperio también se creó la Orden Imperial de Guadalupe, una condecoración destinada a reconocer méritos.
La bandera tricolor también adquirió una importancia especial durante este periodo. El Ejército Trigarante ya había utilizado los colores verde, blanco y rojo, y el gobierno imperial estableció una bandera con franjas verticales y un águila sobre un nopal. Durante el Imperio, el águila apareció coronada, un elemento que distinguía al símbolo de la nueva monarquía.
Sin embargo, la relación entre el emperador y el Congreso se deterioró rápidamente. Iturbide acusaba a sus opositores de obstaculizar al gobierno, mientras que muchos diputados temían que el emperador estuviera concentrando demasiado poder. En octubre de 1822, Iturbide disolvió el Congreso Constituyente y lo sustituyó por una Junta Nacional Instituyente, una medida que provocó una fuerte oposición política.
La situación terminó de complicarse a comienzos de 1823. En Veracruz, Antonio López de Santa Anna proclamó el Plan de Casa Mata, que exigía principalmente la reinstalación del Congreso y la reorganización política del país. El movimiento recibió rápidamente el apoyo de otros militares y antiguos colaboradores de Iturbide, entre ellos Guadalupe Victoria y Nicolás Bravo. La rebelión creció hasta dejar al emperador prácticamente sin respaldo.
Ante esa situación, Iturbide abdicó el 19 de marzo de 1823. Con ello terminó el Primer Imperio Mexicano. Su gobierno imperial había durado aproximadamente diez meses. Iturbide salió al exilio y posteriormente se trasladó a Italia y después a Inglaterra. En 1824 decidió regresar a México, pero desconocía que el Congreso lo había declarado traidor y proscrito. Al desembarcar en territorio mexicano fue detenido. El 19 de julio de 1824 fue fusilado en Padilla, Tamaulipas.
A pesar de su corta existencia, el Imperio fue el primer gobierno independiente de México. Su caída abrió el camino para la construcción de una república federal, establecida con la Constitución de 1824.
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