El Mundial de Fútbol de 1954, que se jugó en Suiza del 16 de junio al 4 de julio, fue la quinta Copa del Mundo y la primera que se hizo en Europa después de la Segunda Guerra Mundial. ¿Por qué Suiza? Bueno, el país se mantuvo neutral durante la guerra, así que sus estadios y todo lo necesario para organizar un evento gigante quedaron intactos. Además, la sede de la FIFA estaba ahí desde hacía más de 20 años, así que era como estar en casa para los organizadores. Los partidos se realizaron en ciudades como Basilea, Berna, Ginebra, Lausana, Lugano y Zúrich, y participaron 16 selecciones divididas en cuatro grupos de cuatro equipos cada uno.
Lo curioso del formato es que era bastante raro comparado con lo que conocemos hoy. En cada grupo había dos equipos cabezas de serie y dos que no lo eran, y el sorteo se armó de tal manera que los cabezas no se enfrentaban entre sí, ni los no cabezas entre ellos. Entonces cada selección solo jugaba dos partidos en la primera ronda.
Sin embargo, ¡fue una fiesta de goles! En solo 26 partidos se anotaron 140 goles, lo que da un promedio de 5.38 por encuentro, el más alto de toda la historia de los Mundiales. No hubo ni un solo 0-0, el fútbol se jugaba de manera abierta, con defensas que parecían más bien invitaciones a atacar. Imagina un partido en el que nadie quiere quedarse atrás y todos van al frente, pues así, pero con selecciones nacionales.
Uno de los encuentros más locos fue el de cuartos de final entre Austria y Suiza. Terminó 7-5 a favor de Austria, ¡12 goles en un solo partido! Es el récord histórico de más goles en un juego mundialista. Se jugó en Lausana con un calor infernal de 40°C a la sombra, el césped era como un sartén caliente, los jugadores estaban agotados y deshidratados, y aun así no paraban de meter goles. Por eso lo llaman la “Batalla por el calor de Lausana”. Incluso el portero suizo Roger Bocquet jugó con un tumor cerebral diagnosticado, algo impresionante y triste a la vez.
El otro partido de cuartos fue todo lo contrario en cuanto a deportividad. Hungría y Brasil se enfrentaron, en un partido conocido como la “Batalla de Berna”. El partido fue violentísimo, con patadas, empujones y tres expulsados —dos brasileños y un húngaro—. La bronca no terminó en la cancha, siguió en los vestidores con golpes y caos, hasta tuvieron que entrar policías para calmar las cosas. Fue uno de los episodios más infames que se recuerdan en un Mundial.
Y llegamos a la final, el 4 de julio en el Estadio Wankdorf de Berna, Hungría contra Alemania Occidental. Los húngaros eran los reyes absolutos del momento, los llamaban los “magiares mágicos” o el “Equipo de Oro”. Llevaban una racha impresionante de más de 30 partidos sin perder, habían aplastado a casi todos: 9-0 a Corea del Sur, 8-3 a la misma Alemania en la fase de grupos, 4-2 a Brasil en cuartos y otro 4-2 a Uruguay en semifinales. Ferenc Puskás era una estrella de renombre mundial, Sándor Kocsis metió 11 goles en el torneo. Los magiares mágicos anotaron 27 goles en solo cinco partidos. Eran una máquina ofensiva.
En la final, Hungría se adelantó rapidísimo, Puskás a los 6 minutos y Zoltán Czibor a los 8, y ya 2-0. Parecía que iba a ser otra goleada. Sin embargo, Alemania remontó antes del descanso con goles de Max Morlock y Helmut Rahn. En la segunda parte, bajo una lluvia torrencial que convirtió el campo en un lodazal, Rahn metió el 3-2 a seis minutos del final. Puskás marcó después, pero el árbitro lo anuló por fuera de juego, hasta hoy hay debate si fue o no, y Alemania aguantó. Ganaron 3-2. Ese resultado se conoce como el “Milagro de Berna”, una de las mayores sorpresas de la historia del fútbol. Para Alemania, que apenas nueve años antes había quedado destruida por la guerra, fue como un símbolo de esperanza y de que se podía volver a estar de pie.
Un detalle técnico que ayudó mucho a los alemanes fue que Adi Dassler, el fundador de Adidas, había inventado unos tacos que se podían cambiar según el terreno. En el entretiempo, con la cancha afectada por la lluvia, los jugadores alemanes se pusieron tacos más largos para tener mejor agarre y tracción, mientras los húngaros siguieron con los mismos. Eso, junto con su garra, pudo inclinar la balanza.
En las eliminatorias, España y Turquía terminaron empatados en su grupo después de una victoria cada uno y un empate en el desempate en Roma. Como no existían diferencia de goles ni penales todavía, decidieron sortear quién clasificaba. Un chico italiano de unos 10 o 14 años, Luigi Franco Gemma, sacó a ciegas el papelito con el nombre de Turquía. Así, España se quedó fuera por pura suerte, algo que hoy nos parece de locos.
Y Corea del Sur. Los surcoreanos llegaron después de un viaje eterno de más de 50 horas con muchas escalas, muy agotados, y perdieron 9-0 contra Hungría y 7-0 contra Turquía. 16 goles en contra y cero a favor en dos partidos. Debió ser durísimo para ellos.
El Mundial de 1954 fue una explosión de goles. Fue un torneo en el que el futbol se mostró generoso al ataque, y donde un equipo que parecía invencible cayó ante el corazón y la astucia de otro que necesitaba creer en algo.
Referencias: