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Mundial 1950: el regreso del futbol tras la Segunda Guerra

El mundial había estado en pausa por doce largos años. En 1950, después de la Segunda Guerra Mundial, por fin se pudo volver a organizar, y el lugar elegido fue Brasil, un país que estaba lleno de ilusión y que no había sufrido los bombardeos y la destrucción que dejó Europa patas arriba. Era lógico, los europeos apenas estaban reconstruyendo sus ciudades, estadios y economías, así que llevar el Mundial de nuevo al continente americano sonaba perfecto, casi como regresar a casa después de mucho tiempo.

La emoción en Brasil era tremenda. La selección brasileña jugaba un fútbol alegre, ofensivo, lleno de gambetas y goles, y la gente soñaba con que ese torneo les diera su primer título mundial. Pero el gran protagonista iba a ser el flamante Estadio Maracanã en Río, una mole impresionante que acababan de inaugurar y que se convirtió en el estadio de fútbol más grande que había existido jamás.

Se anotaron un montón de selecciones para clasificar, 34 en total, pero después de las eliminatorias solo llegaron trece al torneo. Muchos tuvieron que cruzar océanos enteros en barcos, porque en esa época no había vuelos de bajo costo ni nada por el estilo. El formato era distinto al de ahora, primero jugaban la fase de grupos, los ganadores pasaban a otro grupo con cuatro equipos, y el campeón salía del que quedara primero en esa mini-liga, algo como una liguilla, sin partido final como estamos acostumbrados hoy.

Entre los participantes había una selección que llegaba como el gran favorito absoluto: Inglaterra, la “cuna del fútbol”. Y en frente tenían a Estados Unidos, un equipo improvisado de pura pasión, con jugadores que no vivían del fútbol, había un lavaplatos, un cartero, un profesor, hasta un tipo que manejaba carrozas fúnebres. Nadie les daba ni la más mínima oportunidad. Pues bien, en Belo Horizonte se enfrentaron, Inglaterra dominó todo el partido, tuvo mil oportunidades, pegó en los palos, pero en un contraataque, Joe Gaetjens metió un gol de cabeza al minuto 38 y Estados Unidos ganó 1-0. ¡Una locura total! Algunos periódicos ingleses pensaron que era un error de imprenta y publicaron que habían ganado 10-1. Inglaterra luego perdió con España y se fue eliminada en primera ronda. Ese resultado sigue siendo uno de los batacazos más grandes que ha visto el fútbol.
En la fase final quedaron Brasil, Uruguay, España y Suecia. Brasil arrasó, le metió 7-1 a Suecia y 6-1 a España. Llegaron al último partido necesitando solo un empate para ser campeones. Uruguay, en cambio, tenía que ganar sí o sí porque estaba un punto atrás.

El 16 de julio de 1950, más de 170 mil personas, oficialmente 173,850, aunque hay quienes dicen que con los que entraron sin boleto superaron las 200 mil, llenaron el Maracanã hasta reventar. Era una locura, el estadio era tan grande que parecía un coliseo moderno, con graderías de cemento sin butacas individuales, puro espacio para apretujarse. Brasil salió con todo y a los dos minutos del segundo tiempo Friaça metió el 1-0. ¡El país entero explotó de alegría! La gente ya se abrazaba, lloraba, gritaba “¡campeón!”. Sentían que el título era suyo.

Pero el fútbol es impredecible, como la vida misma. Uruguay no se rindió. Alrededor del minuto 66, Juan Alberto Schiaffino empató con un golazo, y el ambiente empezó a llenarse de nervios. Once minutos después, Alcides Ghiggia aprovechó un error en la salida brasileña, se fue por la banda y clavó el 2-1. Fue un golazo. Silencio absoluto en el estadio. Un silencio que pesaba toneladas. Nadie lo podía creer. Brasil había perdido en su propia casa, con todo a favor. Ese día se conoce como el Maracanazo, una palabra que en Brasil todavía duele solo de mencionarla.

Aunque no hubo una final tradicional, el Brasil-Uruguay decidió todo y se convirtió en el partido de futbol con más asistencia en la historia. Uruguay se llevó la Copa del Mundo, Brasil se quedó con el corazón roto y una lección enorme, en el futbol, por más que todo parezca ganado, nunca se termina hasta que pita el árbitro. El Maracanã, que después remodelaron varias veces y ahora tiene capacidad para unos 78 mil sentados, sigue siendo un símbolo de esa tarde inolvidable en la que el sueño más grande se convirtió en pesadilla para millones. ¡Qué historia, eh!

Para los uruguayos fue una explosión de alegría, lograron su segundo título mundial, el primero lo habían ganado en 1930 como anfitriones, y eso confirmó que eran una potencia del futbol. El capitán uruguayo, Obdulio Varela, se convirtió en una figura legendaria por su actitud. Brasil estaba convencido de que ya era campeón antes de jugar; la gente festejaba por adelantado, incluso los dirigentes uruguayos temían una goleada humillante. Pero Varela no se achicó. Les dijo a sus compañeros algo como “cumplidos estaremos si salimos campeones”, o sea, nada de conformarse con “perder con dignidad”, ellos iban a ganar o nada. Y justo antes de salir al campo, soltó la frase que se hizo famosa: “los de afuera son de palo”, refiriéndose a que esos 200 mil hinchas brasileños que gritaban como locos no iban a meter goles, solo los jugadores en la cancha decidían. Esa mentalidad fuerte, esa calma en medio del caos, fue clave para que Uruguay lograra una de las remontadas más icónicas que se recuerdan en el futbol.

Del lado brasileño, en cambio, fue una tragedia. El país entero había puesto sus ilusiones en ese partido. Cuando Ghiggia marcó el segundo gol uruguayo, el estadio se quedó en un silencio sepulcral. Hay historias que hablan de que algunos aficionados sufrieron infartos por la emoción y el shock. El golpe fue tan duro que hasta el uniforme blanco que usaba Brasil ese día se volvió maldito; la gente decía que traía mala suerte y que no representaba los colores nacionales. Por eso, tres años después, en 1953, organizaron un concurso para crear uno nuevo. Tal concurso lo ganó un chico de solo 19 años llamado Aldyr García Schlee, que propuso la conocida camiseta amarilla con detalles verdes y pantalón azul. Esa casaca debutó en el Mundial de 1954 y desde entonces es una de las más queridas y reconocidas del planeta, símbolo de Brasil en todo el mundo.

También hubo historias curiosas. Por ejemplo, el equipo italiano, que venía de ganar dos mundiales seguidos —1934 y 1938—, llegó como bicampeón defensor con una racha impresionante de victorias en partidos de Copa del Mundo, siete en total. Había ganado todos sus encuentros desde 1934 hasta 1938, un récord que duró 68 años. Sin embargo, en Brasil 1950, perdieron 3-2 contra Suecia en su primer partido y quedaron eliminados en la fase de grupos. Fue el fin de la hegemonía italiana y una gran sorpresa.

Otra cosa increíble fue lo de India, que había clasificado legítimamente, algo histórico porque es la única vez que lo han logrado en toda su historia. Pero renunciaron a ir. La explicación más aceptada durante mucho tiempo fue que los jugadores querían jugar descalzos, como solían hacerlo, porque sentían que las botas les quitaban sensibilidad y control, y la FIFA no lo permitió por reglas de seguridad. Aunque esa parte tiene algo de verdad, pues la FIFA sí exigía calzado, recientemente se señala que la federación india también enfrentaba problemas económicos serios para pagar el larguísimo viaje a Brasil, y en realidad no veían el Mundial con la misma importancia que los Juegos Olímpicos.

Los escoceses también dieron de qué hablar. Se clasificaron al quedar segundos en el Campeonato Británico de Naciones, que esa vez servió de eliminatoria. Pero los dirigentes de la asociación escocesa habían dicho antes que solo irían si ganaban el torneo, es decir, si quedaban primeros. Perdieron 1-0 contra Inglaterra y, aunque los jugadores, liderados por el capitán George Young, protestaron mucho y querían ir, los directivos se mantuvieron firmes y rechazaron la invitación. Hoy se recuerda como un ejemplo de orgullo que les costó su debut mundialista.

En números, ese Mundial fue espectacular, se jugaron 22 partidos, anotándose 88 goles, lo que da un promedio de 4 goles por juego. ¡Un festival!. Por primera vez más de un millón de personas en total asistieron a los encuentros. Y sobre todo, el Maracanazo nos recuerda que en este deporte nada está escrito, puedes tener el estadio a favor y el título casi en el bolsillo, y aun así, un equipo con garra y mentalidad de acero puede voltear todo en 90 minutos.

Referencias:

Cómo citar

García, Miguel. (19 marzo 2026). Mundial 1950: el regreso del futbol tras la Segunda Guerra. Celeberrima.com. Última actualización el 19 marzo 2026.