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Leibniz: biografía, teoría del conocimiento, sustancia

¿Quién fue Gottfried Wilhelm Leibniz?

Gottfried Wilhelm Leibniz nació el 1 de julio de 1646 en Leipzig, Alemania, en una familia culta y devota. Su padre, profesor de filosofía en la Universidad de Leipzig, falleció cuando él tenía seis años, dejando una valiosa biblioteca que fomentó el aprendizaje autodidacta de Leibniz. Pronto dominó el latín y el griego y mostró interés por la lógica y la filosofía escolástica. En 1661, inició estudios de derecho en la Universidad de Leipzig, ampliando posteriormente su formación en matemáticas, filosofía, teología y ciencias naturales.

Leibniz se desarrolló como filósofo, matemático y científico durante el período de la Ilustración temprana, contribuyendo decisivamente a la lógica, la metafísica, la teoría del conocimiento y la matemática. Desarrolló de manera independiente el cálculo infinitesimal, simultáneamente a Isaac Newton, aportando una notación y métodos más sistemáticos. Además, inventó una máquina calculadora capaz de sumar, restar, multiplicar y dividir, siendo precursor de las calculadoras modernas.

En filosofía, Leibniz es reconocido por su racionalismo optimista y su concepción del universo como una serie de mónadas, unidades indivisibles que reflejan el cosmos íntegro desde su perspectiva individual. Su idea de que vivimos en el mejor de los mundos posibles y su defensa del principio de razón suficiente dejaron una marca en la historia del pensamiento.

Leibniz también fue diplomático de larga trayectoria, viviendo varios años en Francia y viajando a Holanda —donde conoció a Spinoza—, a Inglaterra, Italia y Austria. Además, fue bibliotecario de la Biblioteca de Hannover y primer presidente de la Academia de Ciencias de Berlín. Falleció en Hannover el 14 de noviembre de 1716, dejando gran parte de su obra sin publicar. Su producción abarca escritos matemáticos, jurídicos, filosóficos y teológicos. Entre sus trabajos filosóficos, destaca la importancia de sus estudios lógicos.

Teoría del conocimiento

Leibniz reconoce que gran parte de nuestras ideas provienen de la experiencia, pero sostiene que la razón es innata y constituye el rasgo distintivo del ser humano frente a los animales. Para él, la conciencia opera en tres niveles. En primer lugar, se encuentran las “pequeñas percepciones”, imágenes imprecisas y casi imperceptibles que, aun sin ser claras, están presentes en la mente; Leibniz las compara con las gotas aisladas que componen el rumor de una ola.

En un segundo nivel aparece la percepción, entendida como síntesis de sensaciones. Sin embargo, esta capacidad no distingue al ser humano de los animales superiores, pues estos también perciben y recuerdan. La diferencia decisiva surge en el tercer nivel: la apercepción, que significa “darse cuenta”. La apercepción es la actividad racional propiamente dicha.

Así, Leibniz distingue dos formas de conocimiento vinculadas a la experiencia (las pequeñas percepciones y la percepción) y una forma racional (la apercepción), en la que se encuentran las “verdades de razón”: ideas claras, simples e innatas. Las verdades derivadas de la experiencia son llamadas por Leibniz “verdades de hecho”; aunque más vagas, nos permiten acceder al mundo sensible.

El conocimiento racional se organiza mediante dos principios: el de posibilidad y el de razón suficiente. Para Leibniz, algo es posible cuando no implica contradicción, siguiendo una línea que recuerda a Duns Escoto. El principio de razón suficiente establece que nada existe sin una razón que justifique su existencia. De modo que el mundo es racionalmente explicable: si la razón se usa correctamente, la realidad resulta inteligible. Incluso las verdades contingentes deben poseer una razón suficiente.

La aspiración última de Leibniz es evitar disputas innecesarias mediante el uso riguroso de la razón. De ahí su célebre invitación: “dejar de discutir y calcular”. La filosofía se concibe así bajo un espíritu matemático que busca claridad, precisión y posibilidad de demostración.

Metafísica

Leibniz advierte el problema central de la metafísica cartesiana: la existencia de dos sustancias independientes y sin comunicación entre sí. Así, propone un pluralismo espiritualista en el que la verdadera sustancia es el espíritu. Leibniz, a diferencia de Spinoza, niega que el espacio sea atributo de la divinidad y se esfuerza por demostrar que el espacio no es sustancia. Para él, la única sustancia auténtica es la sustancia espiritual. Para él, considerar el espacio como fundamento de los cuerpos es contradictorio, porque el movimiento de los cuerpos no puede explicarse únicamente a partir de nociones geométricas como extensión y desplazamiento. La geometría cartesiana reduce los cuerpos y el movimiento a figuras y posiciones, pero tales abstracciones no bastan para comprender la realidad física concreta. Todo movimiento implica fuerzas y acciones que no se reducen a relaciones espaciales. El espacio, por sí solo, no puede explicar la totalidad de estos fenómenos y, por tanto, no cumple con las condiciones para ser sustancia. En la materia existe algo más que lo geométrico, algo que requiere nociones superiores como sustancia, acción y fuerza. Todo lo que actúa provoca una reacción, y ese dinamismo no puede ser comprendido si se limita la realidad a la pura extensión.

Esto cambia la perspectiva: la sustancia no está en el espacio, sino en las “acciones” y “fuerzas” que poseen los seres individuales. De este modo, Leibniz se acerca más a Aristóteles que a Descartes, pues considera que la sustancia está compuesta de realidades indivisibles, de individuos concretos. Si una sustancia es aquello que existe en sí, el espacio no puede serlo, ya que es infinitamente divisible y pierde toda consistencia propia. El espacio geométrico no es una sustancia porque se disuelve al poder dividirse sin límite. Leibniz devuelve a las cosas su presencia y su realidad. El lugar no es un vacío abstracto, sino el espacio ocupado por seres reales.

Para Leibniz, el espacio es el orden de las coexistencias posibles, esto significa que el espacio se constituye por todo aquello que puede coexistir sin contradicción, un mismo espacio no puede ser ocupado por más de un cuerpo. De manera similar, Leibniz define el tiempo como el orden de las sucesiones posibles; con ello indica que el tiempo está formado por secuencias no contradictorias de acciones, pensamientos o afectos que se suceden sin mezclarse; lo realizado a las tres de la tarde sigue a lo realizado unos minutos antes. Una concepción abstracta e irreal, tanto del espacio como del tiempo, permitiría imaginar un mismo cuerpos que ocupan el mismo espacio o secuencias superpuestas. El tiempo, igual que el espacio, no precede a las cosas; está constituido por la sucesión lógica y posible de los acontecimientos.

Sustancia

El espíritu es la única sustancia, lo que introduce la teoría de las sustancias espirituales, las «mónadas», entendidas como unidades indivisibles. La mónada es una sustancia simple, es decir, carente de partes, y estas sustancias simples constituyen a los seres compuestos. Si la sustancia se define por su simplicidad e indivisibilidad, entonces sólo el espíritu puede cumplir con tales características, pues el cuerpo es divisible y no puede ser fundamento de unidad. La unidad personal no proviene del cuerpo, sino del espíritu. También los animales y las plantas son unidades espirituales, aunque con distintos grados de conciencia. Los animales poseen sensaciones, percepciones e incluso memoria, pero carecen de razón. Las plantas tienen vida, pero no comparten las facultades de los animales. Leibniz concibe a la materia como un “espíritu instantáneo”: un ser sin memoria y, en consecuencia, sin pensamiento; de modo que el mundo material representa el nivel más bajo dentro de la escala de espiritualidad leibniziana.

Empero, si cada mónada es absolutamente indivisible, parece que solo puede existir en sí misma, sin comunicación con otras mónadas. Comunicarse implicaría mezclarse, y al mezclarse dejaría de ser ella misma. Las mónadas viven cerradas en su propio ser, luego cómo es posible que un individuo perciba el mundo y a los demás seres que lo habitan. La respuesta de Leibniz es la hipótesis de la armonía preestablecida: cada mónada refleja el universo sin necesidad de interacción con otras sustancias. Dios es el ser infinitamente sabio que ha ordenado el mundo desde el inicio y ha establecido la armonía preestablecida. Dios actúa como un relojero que sincroniza a todos los seres del universo desde el principio.

Aunque las sustancias espirituales no se comuniquen entre sí, su relación queda asegurada por la armonía establecida por Dios. Cada ser permanece cerrado en su propia realidad, sin embargo, la percepción del mundo se hace posible porque Dios ha dispuesto la correspondencia entre todas las sustancias. Dios, al ser absolutamente perfecto, necesariamente ha creado el mejor de los mundos posibles, esta afirmación constituye el núcleo del optimismo leibniziano.

Las sustancias creadas por Dios son espejos del universo, cada una expresa, desde su propio punto de vista, la totalidad de las demás. La multiplicidad de mónadas equivale a múltiples perspectivas de una única realidad.

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Leibniz consideraba posible crear un sistema simbólico mediante el cual los problemas humanos pudieran resolverse por cálculo, esperaba incluso que este lenguaje racional condujera a la instauración universal de la verdadera religión, ya no sustentada en palabras vagas o emociones, sino en demostraciones precisas.

Frases de Gottfried Wilhelm Leibniz.

  1. Lo que llamamos casualidad, no es más que la ignorancia de las causas físicas.
  2. Existen dos tipos de verdades: las verdades de la razón y las verdades de hecho.
  3. Amar consiste en encontrar en la felicidad de otro la propia felicidad.
  4. Sobre las cosas que no se conocen siempre se tiene mejor opinión.
  5. Con cada hora perdida, perece una parte de la vida. Los hechos hacen al hombre.
  6. En el ámbito del espíritu, busca la claridad; en el mundo material, busca la utilidad.
  7. El alma es el espejo de un universo indestructible.
  8. La música es el placer que experimenta la mente humana al contar sin darse cuenta de que está contando.
  9. Amar es inclinarse a obtener el placer de la perfección.
  10. La muerte como el nacimiento, es sólo una transformación.
  11. Lo presente, producto de lo pasado, engendra a su vez lo futuro.
  12. Es indigno que hombres notables pierdan su tiempo como esclavos del cálculo cuando podrían dejar ese trabajo en manos de cualquiera si se usaran las máquinas.
  13. Todo cuanto pasa en el alma del hombre se manifiesta en su cuerpo.
  14. Siempre he creído que si se reformase la educación de la juventud, se conseguiría reformar el linaje humano.
  15. Nada hay más importante que ver los caminos de la inventiva, que son, en mi opinión, más importantes que las invenciones mismas.
  16. Todo cuerpo se resiente de lo que sucede en el Universo.

Referencias:

Cómo citar

García, Miguel. (09 noviembre 2025). Leibniz: biografía, teoría del conocimiento, sustancia. Celeberrima.com. Última actualización el 09 noviembre 2025.