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¿Quién fue Joseph Ernest Renan?
Joseph Ernest Renan nació en un pueblo pesquero de Bretaña, en el noroeste de Francia, en febrero de 1823. Creció rodeado del mar, las redes de los pescadores y la fe católica que su madre y su hermana le transmitieron. Su padre, capitán de barco republicano, murió cuando él era muy pequeño, así que la familia tuvo que apretarse el cinturón.
Lo mandaron a estudiar al seminario eclesiástico de su pueblo, Tréguier, y luego le dieron una beca para ir a París, primero al de Saint-Nicolas-du-Chardonnet y después a Saint-Sulpice. Ahí se preparaba para ser sacerdote, sumergido en latín, filosofía y teología. Pero leyó sobre filología semítica, se acercó a la crítica histórica moderna y a las ideas de la filosofía alemana. Poco a poco se dio cuenta de que no podía reconciliar las enseñanzas estrictas de la Iglesia con lo que la investigación histórica le mostraba. En 1845, a los 22 años, decidió dejar el seminario. Empero, conservó la fe espiritual, admirando siempre la figura de Jesús, pero desde un lente más humano e histórico.
Después de salir, vivió de dar clases particulares y trabajó en la Biblioteca Nacional. Siguió estudiando con pasión los idiomas y culturas del antiguo Oriente. Publicó ensayos y ganó premios por su trabajo en lenguas semíticas. En 1852, defendió su tesis doctoral sobre el filósofo musulmán Averroes, y poco a poco se fue haciendo un nombre como orientalista y experto en historia de las religiones. Se casó y formó su familia y, en 1860-1861, viajó a Siria y Palestina gracias al financiamiento del gobierno francés para estudiar inscripciones fenicias.
En 1863, publicó La Vida de Jesús, el primer volumen de su obra Historia de los orígenes del cristianismo. Cuando muchas personas aún veían a la Biblia como un relato literal e intocable, Renan la trató como un documento histórico más, analizándola con los métodos críticos de la época. Presentó a Jesús como un hombre extraordinario, un predicador galileo idealista y poético, como un sabio que inspiró a sus seguidores con su mensaje de amor y reino de Dios, pero sin los milagros sobrenaturales que la tradición contaba. El libro fue un éxito, pero provocó un escándalo en la Iglesia católica. Lo acusaron de blasfemo, lo sacaron temporalmente de su cátedra de hebreo en el Collège de France, y el Papa Pío IX lo criticó duramente.
Uno de sus textos más influyentes hoy en día es su conferencia de 1882 titulada ¿Qué es una nación?, en la cual defendió que una nación no se basa principalmente en la raza, la sangre o incluso el idioma, sino en un plebiscito cotidiano, en otras palabras, en la voluntad compartida de vivir juntos, recordando un pasado común y construyendo un futuro.
Renan creía firmemente en el poder de la ciencia y la razón para mejorar la humanidad. En El futuro de la ciencia, veía la investigación y el conocimiento como una nueva forma de espiritualidad que reemplazaría las religiones tradicionales. Admiraba la belleza moral del cristianismo primitivo y soñaba con una especie de religión de la humanidad basada en el progreso intelectual. Murió en París en octubre de 1892, a los 69 años. Su tumba está en el Panteón, junto a otros grandes de Francia.
Frases de Joseph Ernest Renan
- Cuando el sacrificio se convierte en un deber y en una necesidad para el hombre, ya no hallo límite al horizonte que ante mí se abre.
- El escolar común de ahora conoce verdades por las que Arquímedes hubiera sacrificado su vida.
- El medio de no cambiar es no pensar.
- El mundo es un coro inmenso donde cada uno de nosotros está encargado de una nota, de ahí el desafino general en el que vivimos.
- La estupidez humana es la única cosa que nos da una idea del infinito.
- Las grandes cosas de un pueblo las realizan ordinariamente las minorías.
- Las verdades que revela la ciencia superan siempre a los sueños que destruye.
- Los golpes de la adversidad son muy amargos, pero nunca son estériles.
- Me gustaría tener el derecho de vida y de muerte, para no hacer uso de él.
- No neguemos nada; no afirmemos nada; esperemos.
- Respetad la opinión ajena, y creed que en este mundo nadie posee el tesoro de la verdad.
- Toda la historia es incomprensible sin Cristo.
- Un hombre consecuente con su sistema de vida es ciertamente un espíritu estrecho.
Referencias: