La interoperabilidad es la capacidad que tienen diferentes sistemas, dispositivos o programas para comunicarse entre sí, intercambiar información y trabajar de manera coordinada, aunque hayan sido desarrollados por empresas u organizaciones distintas. En el mundo de la tecnología, la interoperabilidad permite que sistemas diferentes “hablen el mismo idioma” y funcionen como si formaran parte de un mismo equipo. Recurriendo a la analogía, podemos pensar en una reunión donde cada persona habla un idioma diferente; si un traductor es capaz de hacer que todos se entiendan, hay conversación, las ideas se comparten y es posible colaborar.
Por ejemplo, cuando pagas con una tarjeta bancaria en una tienda, no importa si el comercio trabaja con un banco diferente al tuyo. En cuestión de segundos, los sistemas de distintas instituciones financieras intercambian información, verifican la operación y autorizan el pago sin que tengas que realizar ningún trámite adicional. Lo mismo ocurre cuando una transferencia bancaria llega de una institución a otra o cuando una compra realizada en internet se procesa mediante distintas plataformas de pago. Todo esto es posible gracias a reglas y estándares comunes que permiten que sistemas diferentes puedan entenderse.
En el ámbito de la informática, la interoperabilidad funciona como un puente que conecta aplicaciones, bases de datos, dispositivos y servicios digitales. Gracias a ella, la información puede viajar entre distintos sistemas sin necesidad de copiar datos manualmente o convertir archivos de un formato a otro. Si un reloj inteligente registra tu actividad física y tu frecuencia cardíaca, esos datos pueden enviarse a la aplicación de tu teléfono y, con tu autorización, compartirse con el sistema de información de una clínica o de tu médico. Este intercambio reduce errores, ahorra tiempo y facilita que la información esté disponible cuando se necesita.
Uno de los sectores donde la interoperabilidad tiene mayor impacto es el de la salud. Si alguien enfrenta una emergencia mientras viaja a otra ciudad, los servicios médicos pueden consultar de inmediato su historial clínico, conocer sus alergias, los medicamentos que toma o los resultados de estudios realizados en otra institución, los médicos podrán tomar decisiones más rápidas y seguras. Además de evitar pruebas repetidas y reducir costos, esta capacidad puede marcar la diferencia entre un tratamiento oportuno y uno tardío.
El mundo de los videojuegos ofrece otro ejemplo muy conocido. Durante mucho tiempo, cada consola funcionaba como un ecosistema prácticamente cerrado. Los jugadores de PlayStation, Xbox y Nintendo solo podían jugar en línea con personas que utilizaran la misma plataforma. Empresas como Sony defendieron durante años este modelo, argumentando motivos técnicos y de seguridad. Sin embargo, el enorme éxito de juegos como Fortnite y la presión de millones de jugadores impulsaron la adopción del llamado cross-play, que permite a usuarios de distintas consolas y computadoras jugar juntos en la misma partida. Lo que antes parecía imposible terminó demostrando que la interoperabilidad entre plataformas no solo era técnicamente viable, sino también beneficiosa para los jugadores y rentable para la industria.
La importancia de establecer estándares comunes también quedó de manifiesto mucho antes de la era digital. A finales del siglo XIX, la llamada Guerra de las Corrientes enfrentó a Thomas Edison, defensor de la corriente continua, y a Nikola Tesla, impulsor de la corriente alterna. Finalmente, la corriente alterna se convirtió en el sistema predominante para la distribución de electricidad a largas distancias, lo que permitió construir redes eléctricas mucho más extensas y eficientes. Con el tiempo, la adopción de normas técnicas compartidas hizo posible que millones de dispositivos eléctricos pudieran conectarse de forma segura a las redes de suministro, aunque todavía existen diferencias de voltaje, frecuencia y tipos de enchufes entre distintos países.
Otro ejemplo es el conector USB-C, concebido como un estándar universal capaz de transmitir energía, datos y video mediante un solo cable. Su aparición simplificó la conexión entre teléfonos, computadoras, monitores y muchos otros dispositivos. Sin embargo, durante sus primeros años también puso de manifiesto que adoptar un mismo conector no garantiza por sí solo la interoperabilidad. Algunos cables y accesorios que no cumplían correctamente las especificaciones del estándar ofrecían velocidades de carga o transferencia muy inferiores, e incluso podían provocar fallos o daños en determinados equipos. Esto evidenció que la interoperabilidad depende tanto de utilizar un estándar común como de cumplirlo.
Un caso menos conocido, pero extraordinariamente exitoso, es el de la telefonía móvil. Gracias a los estándares desarrollados para las redes GSM y sus sucesoras, una tarjeta SIM puede utilizarse en teléfonos fabricados por distintas compañías y funcionar en redes de numerosos países, siempre que el dispositivo sea compatible con las bandas de frecuencia y las tecnologías empleadas por el operador local.
La interoperabilidad también está presente en muchos otros ámbitos. En el transporte, las aplicaciones de navegación combinan información proveniente de sensores, vehículos conectados, cámaras de vigilancia y reportes de los propios usuarios para calcular la mejor ruta en tiempo real. En la educación, permite que los estudiantes cambien de una plataforma de aprendizaje a otra sin perder su historial académico, sus calificaciones o los materiales de sus cursos. En los servicios gubernamentales, facilita que distintas dependencias compartan información de manera segura, evitando que los ciudadanos tengan que entregar los mismos documentos una y otra vez cada vez que realizan un trámite.
Todo esto es posible gracias al uso de estándares y protocolos abiertos, es decir, un conjunto de reglas que establecen cómo deben organizarse, transmitirse e interpretarse los datos. Organizaciones internacionales como la ISO y entidades especializadas como HL7 desarrollan estos estándares para que fabricantes y desarrolladores puedan crear sistemas compatibles entre sí. Sin estándares compartidos, cada empresa utilizaría su lenguaje digital y los sistemas tendrían enormes dificultades para comunicarse entre sí.
Empero, hay anécdotas relacionadas con la falta de interoperabilidad. Uno de los ejemplos más famosos ocurrió en 1999, cuando la NASA perdió la sonda espacial Mars Climate Orbiter, una misión valorada en aproximadamente 327 millones de dólares. El problema no fue un fallo del cohete ni un desperfecto mecánico, sino una incompatibilidad entre sistemas de software. Un equipo de ingeniería trabajó con el sistema de unidades anglosajón, expresando la fuerza en libras-fuerza por segundo, mientras que otro utilizó el Sistema Internacional, basado en newtons por segundo. Como ambos sistemas no interpretaron correctamente la información intercambiada, la nave siguió una trayectoria equivocada y se perdió. Este incidente se convirtió en uno de los ejemplos más conocidos de cómo una falta de interoperabilidad puede tener consecuencias millonarias.
La interoperabilidad también se ha convertido en un tema de debate político y económico. Con la entrada en vigor de la Ley de Mercados Digitales (Digital Markets Act, DMA) de la Unión Europea, algunas de las mayores empresas tecnológicas del mundo han debido facilitar que sus plataformas de mensajería puedan interoperar con otros servicios compatibles que decidan conectarse. El objetivo es evitar que los usuarios queden atrapados en un único ecosistema y fomentar una mayor competencia entre plataformas. Aunque esta interoperabilidad todavía se está implementando de manera gradual y presenta importantes retos técnicos y de seguridad, representa uno de los cambios regulatorios más relevantes en el mundo digital de los últimos años.
Por supuesto, existen desafíos importantes relacionados con la protección de la privacidad, la seguridad de la información, los costos de modernizar sistemas antiguos y la resistencia al cambio por parte de algunas organizaciones. Sin embargo, los beneficios suelen superar ampliamente estas dificultades. Compartir información de forma segura y eficiente permite reducir errores, evitar duplicidades, aprovechar mejor los recursos y ofrecer servicios más rápidos y confiables tanto para las empresas como para los ciudadanos.
Además de facilitar el intercambio de información, la interoperabilidad impulsa la innovación y la competencia. Cuando los sistemas pueden conectarse fácilmente, resulta más sencillo desarrollar nuevas aplicaciones y servicios sin tener que reemplazar toda la infraestructura existente. Al mismo tiempo, los usuarios no quedan atados a un único proveedor tecnológico, ya que pueden elegir herramientas compatibles que funcionen con los sistemas que ya utilizan.
Cuando la interoperabilidad existe, facilita la innovación, reduce costos, mejora la seguridad y hace que los servicios sean más eficientes. Cuando falta, puede provocar errores costosos y retrasos. A medida que el mundo se vuelve cada vez más digital e interconectado, La interoperabilidad será uno de los pilares sobre los que se construirá un mundo cada vez más digital e interconectado.
Referencias: