Cada vez que utilizamos un teléfono, visitamos una página web, hacemos una compra, enviamos un mensaje o interactuamos en una red social, podemos generar información que queda registrada en algún sistema. A ese conjunto de rastros se le conoce como huella digital. Es una acumulación de datos que puede describir distintos aspectos de nuestra actividad en línea y, en algunos casos, de nuestra vida fuera de internet.
La huella digital comienza a formarse incluso cuando no estamos publicando nada. Supongamos que por la mañana consultamos el pronóstico del tiempo desde el teléfono. Dependiendo de los permisos concedidos y de la aplicación utilizada, pueden registrarse datos como la hora de la consulta, información sobre el dispositivo o una ubicación aproximada. Después buscamos una receta, leemos una noticia, vemos un video, enviamos un mensaje, compramos un producto o pulsamos “me gusta” en una publicación. Cada acción puede añadir una pieza diferente al conjunto. Algunas de esas marcas son deliberadas, por ejemplo, publicar una fotografía, escribir un comentario, crear una cuenta o compartir una opinión. Otras se producen como consecuencia del funcionamiento de los servicios digitales: identificadores, cookies, direcciones IP, registros de actividad o determinados datos de localización. Dejamos información tanto por lo que decidimos publicar como por el simple hecho de utilizar determinados servicios.
Esto es como un diario. Una tienda en línea puede recordar qué productos consultamos; una plataforma puede utilizar nuestro historial de reproducción para recomendar contenidos; y una aplicación de mapas puede utilizar nuestra ubicación para ofrecernos rutas o lugares cercanos. Estos mecanismos no son necesariamente negativos. El registro de actividad puede hacer que los servicios sean más rápidos, personalizados y seguros. Los bancos, por ejemplo, pueden analizar patrones de operaciones para detectar comportamientos inusuales. Una plataforma de entretenimiento puede utilizar nuestros hábitos de consumo para sugerir películas o música. El problema aparece cuando la información se recopila, combina o utiliza de maneras que la persona no comprende o no esperaba.
Target, por ejemplo, desarrolló métodos estadísticos capaces de estimar la probabilidad de que una clienta estuviera embarazada a partir de determinados patrones de compra y de otras características disponibles. La historia se hizo célebre cuando se contó que el padre de una adolescente recibió publicidad relacionada con productos para bebés y posteriormente descubrió que su hija estaba embarazada. Target utilizaba estos modelos predictivos para identificar patrones asociados con el embarazo y orientar su publicidad. Los hábitos cotidianos de consumo pueden revelar información que una persona nunca proporcionó directamente.
Las fotografías ofrecen otro ejemplo interesante. Una imagen digital puede contener metadatos, conocidos como EXIF, que describen características técnicas de la fotografía y, dependiendo del dispositivo y de la configuración, pueden incluir fecha, hora, modelo de cámara y ubicación geográfica. Aunque algunas plataformas eliminan determinados metadatos cuando una imagen es subida, la información de localización permanece en el archivo, existiendo la posibilidad de revelar lugares sensibles, como una vivienda o un sitio que una persona visita con frecuencia. Por eso, revisar los permisos de ubicación y las opciones de privacidad de la cámara puede ser una medida sencilla, pero importante.
La huella digital tampoco desaparece necesariamente cuando dejamos de utilizar un servicio. Eliminar una fotografía, cerrar una cuenta o borrar un mensaje puede reducir nuestra exposición, pero no garantiza que todas las copias hayan desaparecido. Puede haber respaldos, capturas de pantalla, reproducciones realizadas por otras personas o información que ya haya sido almacenada por terceros. Internet no funciona como una pizarra que puede quedar completamente limpia con un solo clic.
Y existe otra dimensión menos evidente: la huella digital también tiene una dimensión ambiental. Detrás de cada fotografía almacenada, cada video reproducido y cada mensaje enviado existe una infraestructura física formada por centros de datos, redes de telecomunicaciones, sistemas de almacenamiento y dispositivos que consumen electricidad. Por ello, hablar de la huella digital también puede significar hablar de su impacto energético y climático.
Una parte particularmente curiosa de este problema son los llamados datos oscuros. El término se utiliza para describir información que una organización conserva pero que no utiliza de manera significativa o cuyo contenido y utilidad no se conocen bien. Conservar grandes cantidades de información que nadie consulta también requiere infraestructura, almacenamiento y energía.
La enorme cantidad de información digital que generamos diariamente hace que estos pequeños rastros se acumulen rápidamente. Cada minuto se suben cientos de horas de video a plataformas como YouTube y se envían cantidades enormes de mensajes electrónicos. La tendencia es que cada vez producimos, transmitimos y almacenamos más información digital.
Incluso una actividad tan sencilla como enviar un correo electrónico tiene un costo energético. Se han publicado estimaciones según las cuales un correo electrónico convencional puede asociarse con unos pocos gramos de dióxido de carbono equivalente, mientras que mensajes con archivos grandes pueden tener una huella mucho mayor.
La huella digital también puede continuar después de la muerte. Las cuentas de personas fallecidas pueden permanecer activas, convertirse en perfiles conmemorativos o conservar fotografías, mensajes y otros recuerdos. Un estudio publicado hace algunos años llegó a proyectar que, bajo determinados supuestos, Facebook podría tener más perfiles de personas fallecidas que de personas vivas alrededor de 2070. No se trata de una predicción segura sobre el futuro, porque depende de la evolución de la plataforma, de las tasas de mortalidad, del crecimiento de usuarios y de las políticas de las redes sociales. La idea importante, sin embargo, es que nuestra presencia digital puede sobrevivirnos durante décadas.
Todo esto conduce a una idea fundamental: nuestra huella digital no es solamente una colección de fotografías, publicaciones y comentarios. Es la suma de numerosas señales que pueden surgir de nuestras búsquedas, compras, desplazamientos, comunicaciones, dispositivos y preferencias. Algunas las producimos conscientemente y otras aparecen como consecuencia del funcionamiento normal de las tecnologías que utilizamos. Cuando esas señales se combinan, pueden revelar mucho más de lo que imaginamos.
Eso explica por qué la privacidad digital no consiste únicamente en esconder información claramente personal. También implica controlar, cuando sea posible, las pequeñas piezas que permiten reconstruir una imagen más completa de nosotros. Una ubicación, una hora, una compra, una fotografía y una búsqueda pueden parecer datos aislados, pero juntos pueden convertirse en un patrón. Unas pocas características aparentemente inocentes pueden ser suficientes para distinguir a una persona dentro de una población grande.
La solución, sin embargo, no consiste en intentar desaparecer por completo del mundo digital. Para muchas personas eso sería poco práctico e incluso imposible. Utilizamos internet para trabajar, estudiar, comunicarnos, orientarnos, comprar, entretenernos y mantener relaciones con otras personas. La cuestión más realista es aprender a dejar una huella más consciente. Podemos revisar los permisos de las aplicaciones, limitar el acceso innecesario a la ubicación o al micrófono, utilizar configuraciones de privacidad más restrictivas, eliminar cuentas que ya no utilizamos, evitar publicar información especialmente sensible y pensar antes de compartir una fotografía o un dato que podría revelar más de lo que pretendíamos.
También podemos mirar la huella digital desde una perspectiva ambiental. No todos los datos tienen el mismo valor y no toda actividad digital tiene el mismo impacto. El almacenamiento innecesario, la transmisión repetida de archivos enormes y el consumo permanente de contenidos que nunca volveremos a utilizar son ejemplos de actividades que forman parte de un sistema tecnológico que necesita energía y materiales para funcionar. La responsabilidad no recae únicamente en los usuarios: también corresponde a las empresas que diseñan las plataformas, administran los centros de datos y deciden durante cuánto tiempo conservar la información.
Una fotografía puede contar dónde estuvimos, una compra puede revelar nuestros hábitos, una búsqueda puede mostrar una preocupación, una secuencia de desplazamientos puede sugerir nuestras rutinas, y miles de pequeñas acciones pueden terminar formando un retrato bastante detallado. Ese retrato puede ser útil cuando nos permite recibir un servicio mejor, detectar un fraude o encontrar información relevante, pero también puede convertirse en un problema cuando se utiliza sin transparencia, cuando permanece almacenado innecesariamente o cuando permite deducir aspectos de nuestra vida que nunca decidimos compartir.
Referencias: