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Grito de Dolores: qué pasó el 16 de septiembre de 1810

El Grito de Dolores ocurrió el 16 de septiembre de 1810 en el pueblo de Dolores, en la intendencia de Guanajuato, hoy Dolores Hidalgo, Guanajuato. El protagonista fue el cura párroco Miguel Hidalgo y Costilla, quien tenía 57 años y era un hombre de amplia cultura, pero también cercano a campesinos, artesanos e indígenas de la región. Hidalgo no había planeado iniciar aquella mañana una revolución, pero participaba, junto con otros personajes, en un movimiento conspirativo que buscaba modificar el gobierno de la Nueva España.

Entre los conspiradores se encontraban militares como Ignacio Allende y Juan Aldama, además de Josefa Ortiz de Domínguez, esposa del corregidor de Querétaro. La conspiración, conocida como la Conspiración de Querétaro, se desarrollaba en un contexto de enorme incertidumbre. Desde 1808, Napoleón Bonaparte había intervenido en España, obligando a abdicar a Carlos IV y a Fernando VII, y colocando en el trono español a su hermano José Bonaparte. La crisis provocó una discusión fundamental en los territorios americanos: ¿quién debía ejercer la autoridad mientras el rey legítimo permaneciera ausente?

En ese ambiente, algunos conspiradores de Nueva España defendían inicialmente la creación de una junta de gobierno que ejerciera el poder en nombre de Fernando VII. Por eso, presentar el movimiento de septiembre de 1810 como un plan que desde el principio tenía perfectamente definida la independencia de México sería simplificar demasiado las cosas. Todo fue cambiando conforme avanzaron los acontecimientos.

El plan original contemplaba iniciar el levantamiento en octubre, pero la conspiración fue descubierta antes de lo previsto. Josefa Ortiz de Domínguez consiguió hacer llegar un aviso a los conspiradores y, ante el riesgo de que fueran detenidos, Ignacio Allende y Juan Aldama se dirigieron a Dolores para reunirse con Hidalgo. En ese momento tuvieron que decidir entre esperar y exponerse a ser capturados o adelantar el levantamiento. Optaron por actuar.

Durante la madrugada del 16 de septiembre, Hidalgo hizo sonar las campanas de la parroquia para convocar a la población. El Grito de Dolores fue, sobre todo, una arenga urgente destinada a movilizar a la población. Horas después, el contingente insurgente llegó al santuario de Atotonilco, donde Hidalgo tomó una imagen de la Virgen de Guadalupe que se convirtió en uno de los principales símbolos del movimiento. De modo que el estandarte guadalupano fue adoptado durante las primeras horas de la insurrección, después del Grito.

Hidalgo y sus acompañantes se dirigieron también a la cárcel local y liberaron a los presos, algunos de los cuales se incorporaron al movimiento. El pequeño grupo inicial comenzó a crecer rápidamente con campesinos, trabajadores, artesanos y habitantes de las poblaciones cercanas. No era un ejército profesional. Muchos llevaban herramientas de trabajo, machetes, hondas, lanzas u otras armas improvisadas. Esa enorme participación popular fue precisamente una de las características más sorprendentes de la primera etapa de la insurgencia. El movimiento creció de manera extraordinariamente rápida. En cuestión de semanas, Hidalgo llegó a dirigir una fuerza de decenas de miles de personas. Sin embargo, una parte importante era población civil movilizada que acompañaba a la insurgencia de distintas maneras.

El levantamiento encontró un terreno fértil porque la sociedad novohispana estaba marcada por profundas desigualdades. Los peninsulares, es decir, los españoles nacidos en Europa, ocupaban muchos de los puestos más importantes de la administración y de la economía, mientras que los criollos —descendientes de españoles nacidos en América— enfrentaban restricciones para acceder a determinados cargos. Indígenas, castas y otros sectores soportaban distintas formas de desigualdad, impuestos, tributos y obligaciones económicas. A todo ello se sumaba la crisis política provocada por la invasión napoleónica de España.

Así, el llamado de Hidalgo pudo conectar con diferentes grupos sociales, aunque no todos perseguían exactamente los mismos objetivos. Para algunos significaba defender la religión y a Fernando VII; para otros, acabar con los abusos de las autoridades; para muchos más, la posibilidad de mejorar sus condiciones de vida. Con el paso del tiempo, el movimiento adquirió características cada vez más claramente revolucionarias e independentistas.

La insurgencia avanzó por el Bajío y consiguió importantes victorias iniciales. La toma de Guanajuato, la marcha hacia Valladolid y el enfrentamiento en el Monte de las Cruces demostraron la enorme capacidad de movilización de los insurgentes. Sin embargo, también quedaron de manifiesto sus problemas: la fuerza de Hidalgo era numerosa, pero estaba formada en gran parte por personas sin entrenamiento militar y con una organización muy inferior a la del ejército virreinal. Después de varias derrotas y de fuertes desacuerdos entre Hidalgo y Allende, ambos fueron capturados en 1811 y posteriormente ejecutados.

La lucha continuó bajo el liderazgo de otros dirigentes, entre ellos José María Morelos, y atravesó diferentes etapas durante los siguientes años. Finalmente, en 1821, once años después del levantamiento de Dolores, se consumó la independencia de México. Fue una guerra prolongada, con alianzas, divisiones internas y enormes costos humanos.

Aunque el Grito de Dolores ocurrió durante la madrugada y la mañana del 16 de septiembre, en la actualidad, la ceremonia se realiza la noche del 15. Esta tradición se fue consolidando durante el siglo XIX.

La llamada Campana de Dolores que hoy se encuentra en el balcón central de Palacio Nacional fue trasladada desde Dolores a la capital por disposición del gobierno de Porfirio Díaz. Desde entonces forma parte de la ceremonia nacional. Cada 15 de septiembre, el presidente de México sale al balcón recuerda simbólicamente el llamado de 1810. Después, las celebraciones se extienden por plazas y ciudades de todo el país.

El Grito de Dolores representó una decisión tomada en medio de una crisis política, que desencadenó una movilización popular de enormes dimensiones. Aquella convocatoria inició una guerra que cambiaría para siempre el destino del territorio. Más de dos siglos después, cada septiembre las campanas vuelven a sonar y millones de personas escuchan los tradicionales vivas a la independencia. Los grandes cambios históricos no siempre comienzan con planes perfectos. El Grito de Dolores fue decisivo para que comenzara el largo camino hacia la independencia de México.

Referencias:

Cómo citar

García, Miguel. (06 septiembre 2026). Grito de Dolores: qué pasó el 16 de septiembre de 1810. Celeberrima.com. Última actualización el 06 septiembre 2026.