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¿Quién fue Giacomo Leopardi?
Giacomo Leopardi nació el 29 de junio de 1798 en Recanati, Italia, a finales del siglo XVIII. Fue un poeta y pensador del Romanticismo. En ese entonces, Recanati era parte de los Estados Pontificios. Giacomo creció en una familia noble, pero venida a menos, con un padre conservador y muy estricto, el conde Monaldo, y una madre bastante rígida que tenía el honor familiar por encima de todo. Mientras otros niños jugaban afuera persiguiendo pelotas o explorando el campo, Giacomo se encerraba en la enorme biblioteca de su padre, una de las más grandes de Europa en ese entonces. A los 16 años ya había traducido obras clásicas, escrito tragedias, poemas y comentarios que sorprendían a los expertos. Por otro lado, su salud, que no era la mejor desde niño —tenía una deformidad en la espalda que lo encorvaba—, se deterioró gravemente. Perdió la visión en un ojo, sufría dolores constantes y una condición en el sistema nervioso que lo acompañaría toda la vida.
En casa, sus padres lo veían como un hijo que debía mantener el apellido. Solo encontraba consuelo en su hermano y su hermana. A los 18 o 19 años, escribía poemas llenos de desesperanza, como uno llamado Aproximación a la muerte, donde imaginaba el final con una mezcla de miedo y alivio, inspirado en grandes como Dante y Petrarca. Dos golpes fuertes terminaron de quitarle cualquier optimismo, se enamoró sin esperanza de una prima casada, Gertrude Cassi. Poco después, murió de tuberculosis una joven llamada Teresa Fattorini, hija del cochero de la familia, y eso inspiró su poema A Silvia, donde le pregunta a la naturaleza por qué promete tanta belleza y luego la arrebata, dejando solo vacío. Como cuando nos ilusionamos, pero todo sale mal al final y reflexionas que, en ocasiones, la vida hace estas bromas tan crueles.
Leopardi pasó años en Recanati. Soñaba con viajar, conocer el mundo, respirar aire nuevo, pero su presupuesto y salud lo hacían difícil. En 1818, conoció a Pietro Giordani, que se convirtió en su amigo y lo animó a salir de ahí. Poco a poco, con ayuda de amigos, logró escapadas a Roma, Florencia, Milán, Bolonia y Pisa. En esos viajes publicó obras importantes y conoció a personas que valoraban su talento. Escribió Canti, una colección de poemas líricos, y las Operette Morali, unos diálogos y ensayos filosóficos donde disecciona la existencia humana con ironía y pesimismo. El Zibaldone, un cuaderno de pensamientos, es un diario donde anotaba de todo, reflexiones sobre la felicidad imposible, la ilusión que nos mantiene vivos y cómo la razón moderna destruye los sueños que hacían la vida soportable.
Leopardi pensaba que el universo es indiferente, que la naturaleza engaña a sus criaturas prometiendo placeres que nunca llegan del todo, y que la única salida digna es enfrentar esa verdad con coraje y poesía. Pese a todo, no era un amargado, su escritura muestra sensibilidad hacia el dolor. En sus últimos años, con la ayuda de su amigo Antonio Ranieri, se mudó a Nápoles buscando un mejor clima. Murió el 14 de junio de 1837, a solo 38 años, durante una epidemia de cólera, probablemente por un problema cardíaco o edema pulmonar agravado por su frágil salud. Lo enterraron en Nápoles, cerca del Parque Virgilio. Leopardi es considerado el mayor poeta italiano del siglo XIX, un puente entre el clasicismo y el romanticismo.
Frases de Giacomo Leopardi
- La felicidad consiste en la ignorancia de la verdad.
- Son menos nocivos a la felicidad los males que el aburrimiento.
- Los hombres se avergüenzan, no de las injurias que hacen, sino de las que reciben.
- ¡Qué pena que beber agua no sea un pecado! ¡Qué bien sabría entonces!
- No hay nada más raro en el mundo que una persona a la que siempre podamos tolerar.
- Cada uno es tan infeliz como cree.
- Las personas no son ridículas sino cuando quieren parecer o ser lo que no son.
- Quizá, el camino más directo para conquistar la fama sea el afirmar con seguridad y pertinencia y, por cuantos modos sea posible, el haberla conquistado.
- Confía en los que se esfuerzan por ser amados; duda de los que solo procuran parecer amables.
- No temas ni a la prisión, ni a la pobreza, ni a la muerte. Teme al miedo.
- Los niños hallan el todo en la nada; los hombres, la nada en el todo.
- Volvió a mi mente el día que la batalla de amor sentí por primera vez, y dije: ¡ay de mí, si esto es amor, como atormenta!
- Los antepasados son lo más importante para quien no ha hecho nada.
- La paciencia es la más heroica de las virtudes, precisamente porque carece de toda apariencia de heroísmo.
- Cada hora la vida te hiere; la última te mata.
Referencias: