“Selfie”, “wifi”, “marketing” son palabras que aparecen cuando cuentas cómo estuvo tu día. Cuando te toca responder simplemente dices “ok”. Estas palabras forman parte de nuestro vocabulario cotidiano. Sin embargo, muchas de ellas llegaron desde otros idiomas y se instalaron entre nosotros hasta volverse familiares. Un extranjerismo es una palabra, expresión o forma de decir algo que una lengua toma prestada de otra.
Durante siglos, nuestro idioma ha importado palabras de muchas partes del mundo. Algunas se adaptan por completo: cambian su forma de escribirse o pronunciarse para integrarse mejor. Así ocurrió con palabras como “football”, que terminó convirtiéndose en “fútbol”, o con términos que fueron modificándose con el tiempo para ajustarse a las reglas del español. Otras palabras conservan parte de su apariencia original y siguen recordándonos su origen, como “pizza”, “ballet” o “whisky”.
Esto sucede porque las lenguas están vivas y evolucionan junto con las personas. Cuando aparece una nueva tecnología, una moda, una costumbre o una idea, muchas veces también llega una palabra nueva. Durante las últimas décadas hemos incorporado expresiones relacionadas con internet, los negocios o la cultura. En ocasiones, adoptamos el término extranjero; otras veces creamos equivalentes. Por ejemplo, tenemos “email” y “correo electrónico”, y ambas opciones funcionan.
Los extranjerismos no es algo nuevo. Muchas palabras que hoy sentimos completamente nuestras llegaron hace siglos desde otras lenguas. “Almohada”, “aceituna” y “ojalá” provienen del árabe; “chocolate” tiene su origen en las lenguas indígenas de Mesoamérica; “boletín” llegó al español a través del francés. Son préstamos tan antiguos que dejaron de percibirse como extranjeros.
De hecho, sucede en todos los idiomas. El inglés es un ejemplo: una gran parte de su vocabulario procede del francés, el latín y otras lenguas. Paradójicamente, hoy el inglés es uno de los principales exportadores de palabras al resto del mundo. Muchas expresiones tecnológicas, científicas y comerciales viajan a otros idiomas.
Estos préstamos lingüísticos son recibidos de diferente manera en cada lugar. En Francia, por ejemplo, existe una larga tradición institucional orientada a promover equivalentes en francés para reducir el uso de los extranjerismos, especialmente anglicismos. Organismos oficiales impulsan alternativas como “courriel” en lugar de “e-mail”. El objetivo es fortalecer el uso del idioma nacional.
El español, en cambio, históricamente ha mostrado una tendencia bastante flexible: acepta préstamos, pero muchas veces los adapta a su pronunciación y ortografía. Por eso tenemos casos como “fútbol”, “líder”, “mitin” o “esnórquel”. La idea es incorporar estos préstamos de forma que resulten naturales para quienes hablan el idioma. Aunque algunas propuestas de adaptación generan resistencia. Uno de los casos más conocidos fue la recomendación de escribir “güisqui” como adaptación de “whisky”. La forma está aceptada, pero muchas personas prefirieren la grafía original. La evolución de una lengua depende más del uso cotidiano de millones de hablantes que de las reglas de las academias.
También hay algunos fenómenos curiosos relacionados con los extranjerismos. Existen palabras que parecen inglesas, pero en realidad no lo son. En Japón se usa “salaryman” para referirse a trabajadores asalariados, aunque esa palabra casi no se emplea de ese modo entre hablantes nativos del inglés. En Alemania, durante mucho tiempo se popularizó “Handy” para teléfono móvil, aunque en inglés esa palabra significa otra cosa. Estos casos se conocen como pseudoextranjerismos: palabras que parecen venir de otro idioma, pero que adquieren un significado nuevo en el idioma receptor.
También hay palabras que realizan viajes sorprendentes. Algunas salen de un idioma, cambian en otro y luego regresan transformadas. El inglés cotidiano conserva términos con raíces hispanas: “buckaroo” proviene de “vaquero”, y “alligator” evolucionó a partir de expresiones relacionadas con “el lagarto”.
Entre las historias más curiosas aparece una palabra universal: “sándwich”. Su origen suele atribuirse al siglo XVIII y al nombre de John Montagu, conde de Sandwich, quien popularizó la costumbre de comer carne entre dos piezas de pan para evitar interrumpir sus actividades. Con el tiempo, su apellido terminó convirtiéndose en una palabra adoptada por numerosos idiomas.
Los extranjerismos son una muestra de que las lenguas nunca están quietas, por el contrario, son dinámicas; las personas, el comercio, la tecnología, el cine, el internet y las ideas las enriquecen. Algunas palabras llegan y desaparecen; otras se adaptan y permanecen. El idioma está vivo. Palabras como “hobby”, “garaje”, “podcast” son testimonio de los encuentros culturales que han ocurrido durante siglos.
Referencias: