En la historia de la Independencia de México hay personajes cuyos nombres aparecen constantemente en los libros y otros que, pese a haber arriesgado todo por la causa insurgente, permanecieron durante mucho tiempo en un segundo plano. Uno de ellos fue Epigmenio González Flores, un comerciante queretano que participó en la conspiración que preparó el levantamiento de 1810 y que terminó pagando su compromiso con casi tres décadas de cautiverio, enfermedad y destierro.
Epigmenio González Flores nació en Querétaro el 22 de marzo de 1781, cuando la ciudad todavía formaba parte del Virreinato de la Nueva España. Quedó huérfano cuando era muy pequeño y, junto con su hermano Emeterio, quedó bajo el cuidado de su abuelo, dedicado a la albañilería. Después de la muerte de este, ambos hermanos fueron acogidos por una mujer acomodada de Querétaro, quien finalmente les dejó algunos bienes. Epigmenio creció hasta convertirse en comerciante y llegó a tener una tienda de abarrotes en la plaza de San Francisco.
Su vida personal estuvo marcada también por la tragedia. Se casó con Anastasia Juárez, pero ella murió de cólera hacia finales de 1809 o principios de 1810, y los hijos que tuvieron no sobrevivieron. Poco después, Epigmenio se involucró en las reuniones clandestinas que se realizaban en Querétaro y que terminarían formando parte de la llamada Conspiración de Querétaro. En aquellas reuniones participaron personajes como Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama, Miguel Domínguez y Josefa Ortiz de Domínguez.
Epigmenio y su hermano Emeterio desempeñaron una función principalmente logística. Desde su casa y su negocio ayudaron a fabricar y almacenar armas, astas para lanzas, pólvora y cartuchos. Se cree que llegaron a elaborar alrededor de dos mil cartuchos. Por esta actividad, Epigmenio ha sido recordado como una especie de “armero” de la conspiración, aunque no se trataba de un profesional, sino de un comerciante que puso sus recursos y conocimientos prácticos al servicio del movimiento que se estaba preparando.
La conspiración fue descubierta en septiembre de 1810. El 13 de septiembre, la existencia de armas y municiones en la propiedad de los hermanos González fue denunciada ante las autoridades. El corregidor Miguel Domínguez, que se encontraba comprometido con la conspiración, pero debía aparentar obediencia a las autoridades, ordenó el cateo. Los hermanos fueron detenidos y trasladados a la Ciudad de México.
Para entonces, el movimiento estaba a punto de ser descubierto por completo. El levantamiento que originalmente se había planeado para una fecha posterior tuvo que adelantarse y Miguel Hidalgo llamó a la rebelión en Dolores durante la madrugada del 16 de septiembre de 1810. Epigmenio, sin embargo, ya estaba encarcelado y no participó en el inicio de la insurrección.
Su situación empeoró todavía más cuando, desde la cárcel, se vio involucrado en otra conspiración, conocida como la de Ferrer. Al ser descubierto nuevamente, las autoridades intentaron obtener información sobre sus compañeros y sus planes, pero Epigmenio se negó a delatarlos.
Como consecuencia, fue enviado al Fuerte de San Diego, en Acapulco, donde permaneció encarcelado y sufrió daños físicos que afectarían su movilidad durante el resto de su vida. Después fue desterrado a Manila, en las Filipinas, entonces todavía bajo dominio español. Allí pasó muchos años en condiciones extremadamente difíciles. Epigmenio González fue uno de los insurgentes que padecieron los cautiverios más prolongados relacionados con la guerra de Independencia.
Cuando México consumó su independencia en 1821, Epigmenio continuó preso porque Filipinas seguía siendo una posesión española. Durante años permaneció prácticamente aislado de su país y de los acontecimientos que allí ocurrían. Mientras él sufría en el otro lado del mundo, en México se llegó a pensar que había muerto. Incluso se habían otorgado reconocimientos a su memoria y una pensión vinculada a sus servicios a la causa independentista era cobrada por sus familiares.
La situación cambió después de que España reconociera formalmente la independencia mexicana en 1836. Enfermo y sin recursos, Epigmenio pudo finalmente abandonar Filipinas. El regreso no fue sencillo: consiguió ayuda para viajar a España y, una vez allí, un comerciante le prestó dinero para continuar el viaje. Finalmente llegó a México en 1838, después de casi tres décadas de ausencia. Otras versiones establecen que Guillermo Prieto lo encontró viviendo en la indigencia y gestionó personalmente su repatriación, pero son solo eso, versiones.
Su regreso debió de ser desconcertante. Epigmenio ya no era el joven comerciante que había dejado Querétaro en 1810. Había perdido buena parte de sus mejores años, su salud estaba deteriorada y prácticamente no tenía recursos. Además, encontró un país completamente transformado y una sociedad que apenas recordaba su participación en los acontecimientos que habían dado origen a la independencia.
En 1839 fue nombrado vigilante de la Casa de Moneda de Guadalajara, cargo que le permitió subsistir modestamente. En sus últimos años, se interesó por actividades como el cultivo de plantas y algunos conocimientos de química y ciencias naturales. En 1855, su historia volvió a hacerse pública cuando fue entrevistado para el periódico La Revolución, lo que permitió rescatar parte de su historia.
Epigmenio González murió en Guadalajara el 19 de julio de 1858, víctima del cólera, la misma enfermedad que había causado la muerte de su esposa. Tenía 77 años. Muchos años después, el 13 de septiembre de 1989, fueron trasladados al Panteón de los Queretanos Ilustres unos restos atribuidos a él.
Epigmenio González fue un comerciante que puso su casa, su negocio y sus recursos al servicio de una conspiración; un hombre que, cuando fue descubierto, decidió guardar silencio y terminó pagando por ello con años de prisión, destierro y sufrimiento.
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