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¿Qué es la economía digital?

Cuando un domingo por la tarde estamos en casa y decidimos ver una serie, pedir comida o comprar un regalo de último momento, tomamos el teléfono, abrimos una aplicación, elegimos lo que necesitamos, realizamos el pago y, poco después, el pedido llega a tu puerta. La experiencia parece sencilla, pero detrás existe una enorme infraestructura tecnológica y económica formada por redes de telecomunicaciones, centros de datos, sistemas de pago, plataformas digitales, algoritmos, empresas de logística e intercambios de información. Todo ello forma parte de lo que conocemos como economía digital, una transformación que ha modificado profundamente la manera en que producimos, compramos, vendemos, trabajamos y nos relacionamos con las empresas.

El concepto comenzó a adquirir gran difusión durante la década de 1990 y quedó especialmente asociado con Don Tapscott y su libro The Digital Economy, publicado en 1995. En la actualidad, la economía digital puede entenderse como el conjunto de actividades económicas que dependen de tecnologías digitales o que mejoran significativamente gracias a ellas. Esta visión incluye internet, software, computación en la nube, inteligencia artificial, dispositivos conectados, plataformas digitales, infraestructura de telecomunicaciones y, de manera muy importante, los datos.

Por eso, la economía digital es mucho más que comprar productos por internet. También está presente cuando vemos una película mediante un servicio de streaming, utilizamos una aplicación de transporte, hacemos una transferencia bancaria desde el teléfono, trabajamos a distancia, contratamos un servicio en la nube, utilizamos una plataforma educativa o una empresa emplea algoritmos para anticipar la demanda y organizar su cadena de suministro. Incluso una compañía que vende productos físicos puede formar parte de la economía digital si utiliza tecnologías digitales para diseñar, fabricar, comercializar, distribuir o administrar esos productos.

Para comprender la magnitud del cambio basta con comparar una compra de hace dos décadas con una actual. Antes era habitual desplazarse hasta una tienda, buscar el producto, comparar las opciones disponibles y realizar la compra en la tienda física. Hoy podemos consultar cientos de alternativas desde un teléfono, comparar precios, leer opiniones de otros compradores, recibir recomendaciones personalizadas y solicitar que el producto sea entregado en nuestro domicilio. La diferencia se encuentra en todo un sistema tecnológico que funciona detrás de la compra. Centros de datos procesan información, redes transmiten los datos, sistemas de pago autorizan las operaciones, algoritmos ordenan las opciones y empresas logísticas coordinan el movimiento físico de las mercancías.

En este nuevo escenario tienen especial importancia las plataformas digitales. Empresas como Amazon, Mercado Libre y numerosas aplicaciones de transporte, alojamiento, entretenimiento o reparto funcionan como grandes espacios de encuentro entre usuarios y proveedores. Su característica más interesante son los llamados efectos de red: una plataforma puede volverse más atractiva a medida que aumenta el número de participantes. Más compradores pueden atraer a más vendedores y una mayor cantidad de vendedores puede atraer, a su vez, a más compradores. Este mecanismo puede favorecer un crecimiento muy rápido y, en determinados mercados, contribuir a una elevada concentración empresarial.

Los datos ocupan otro lugar central. Cada búsqueda, compra, reproducción de contenido, interacción o desplazamiento mediante un servicio digital puede generar información que, adecuadamente procesada y con las debidas garantías de privacidad, ayuda a las empresas a comprender mejor el comportamiento de sus clientes. Un servicio de entretenimiento puede utilizar patrones de consumo para recomendar contenidos; una tienda puede detectar cambios en la demanda; una empresa de transporte puede analizar millones de desplazamientos para ajustar su oferta. El valor económico está en la capacidad de transformar los datos en información útil para tomar decisiones.

Esta capacidad también modifica las posibilidades de las empresas pequeñas, las cuales ya no necesitan necesariamente una extensa red de establecimientos físicos para encontrar clientes. Gracias a las plataformas de comercio electrónico, las redes sociales, los sistemas de pago digitales y los servicios de computación en la nube, una empresa pequeña puede vender a clientes situados en distintos países. De ahí surge el fenómeno de las llamadas micromultinacionales: negocios relativamente pequeños que pueden operar internacionalmente desde etapas muy tempranas gracias a herramientas digitales. La tecnología, por tanto, puede reducir determinadas barreras geográficas y facilitar que una empresa llegue a mercados del otro lado del mundo, lo que anteriormente habría resultado demasiado costoso.

El fenómeno también ha dado lugar a nuevas formas de actividad económica. Una de ellas es la llamada economía de los creadores, en la que personas que producen videos, música, cursos, videojuegos, fotografías, transmisiones en directo u otros contenidos pueden obtener ingresos mediante publicidad, patrocinios, suscripciones, donaciones, ventas y acuerdos comerciales. No todos los creadores alcanzan grandes ingresos —de hecho, una pequeña proporción concentra una parte importante del dinero—, pero el fenómeno es suficientemente grande como para constituir un mercado.

También existen formas menos visibles de trabajo digital. Detrás de algunos sistemas que parecen completamente automatizados hay personas que realizan tareas como clasificar información, etiquetar imágenes, revisar contenidos o ayudar a preparar datos utilizados en sistemas de inteligencia artificial. Este fenómeno ha sido estudiado bajo el concepto de “trabajo fantasma” (ghost work), expresión asociada con las investigaciones de Mary L. Gray y Siddharth Suri. Una economía aparentemente automatizada puede seguir dependiendo de grandes cantidades de trabajo humano que permanece prácticamente invisible para el usuario final.

La digitalización también ha creado economías propias dentro de los videojuegos y los mundos virtuales. En determinadas plataformas existen monedas virtuales, objetos digitales, mercados internos y sistemas de intercambio entre usuarios. Millones de personas participan en mercados digitales con reglas, precios e incentivos propios.

Algo semejante ocurre con los activos puramente digitales. Durante determinados momentos de auge de los metaversos y los tokens no fungibles (NFT) se llegaron a pagar cantidades extraordinarias por terrenos virtuales, objetos digitales y otros activos. Estos episodios demostraron que algunas personas estaban dispuestas a atribuir un valor económico considerable a bienes cuya existencia era exclusivamente digital. Sin embargo, esos precios fueron muy especulativos.

La velocidad con la que algunos servicios digitales consiguen millones de usuarios constituye otra característica llamativa. El crecimiento de aplicaciones y plataformas modernas puede ser extraordinariamente rápido porque su distribución tiene costos marginales muy bajos y puede alcanzar simultáneamente a millones de personas conectadas. Un ejemplo conocido es ChatGPT, que alcanzó una cifra estimada de 100 millones de usuarios aproximadamente dos meses después de su lanzamiento, según estimaciones publicadas en 2023.

El crecimiento de la economía digital también ha transformado los mercados financieros. Algunas de las mayores empresas tecnológicas del mundo han alcanzado valoraciones bursátiles extraordinarias y, en determinados periodos, un pequeño grupo de grandes compañías tecnológicas ha llegado a representar una proporción muy importante de la capitalización del S&P 500. La concentración de valor en grandes compañías tecnológicas se ha convertido en una característica destacada de los mercados contemporáneos.

La transformación digital también ha obligado a replantear la fiscalidad internacional. Las empresas pueden vender servicios a consumidores de distintos países sin necesidad de establecer una presencia física equivalente en cada uno de ellos, lo que complicó las reglas fiscales tradicionales y favoreció debates sobre la erosión de bases imponibles y el traslado de beneficios. Como respuesta, la OCDE y el G20 impulsaron una reforma internacional que incluye un impuesto mínimo efectivo del 15% para grandes grupos multinacionales que cumplen determinados requisitos, entre ellos superar el umbral de 750 millones de euros de ingresos consolidados. Ese impuesto no es exclusivamente un impuesto para empresas digitales; forma parte de una reforma más amplia de la fiscalidad internacional y afecta a grandes multinacionales de diversos sectores.

La economía digital, además, tiene una dimensión física que con frecuencia olvidamos. Cuando enviamos una fotografía, vemos una película o realizamos una videollamada, parece que la información simplemente “viaja por internet”, pero detrás existe una enorme infraestructura. Una parte fundamental de las comunicaciones internacionales circula por cables submarinos de fibra óptica instalados en el fondo de los océanos. La Unión Internacional de Telecomunicaciones señala que existen más de 500 sistemas de cables submarinos activos y planificados y que estos transportan más del 99% del tráfico internacional de datos.

La infraestructura digital también consume recursos materiales y energía. Los centros de datos que almacenan y procesan enormes cantidades de información necesitan electricidad de manera continua para alimentar servidores y sistemas de refrigeración. El crecimiento de la inteligencia artificial, la computación en la nube y otros servicios intensivos en procesamiento está aumentando la demanda de infraestructura. Por ello, la economía digital no es inmaterial: requiere edificios, servidores, semiconductores, redes eléctricas, cables, antenas, dispositivos y grandes cantidades de energía.

Esta realidad nos lleva a una de sus grandes paradojas. La economía digital puede hacer que determinados procesos sean mucho más eficientes, pero su expansión también puede aumentar el consumo de energía y materiales. La digitalización puede reducir determinados costos y desperdicios, pero no significa que toda actividad digital sea ambientalmente inocua.

Tampoco todos participan en igualdad de condiciones. Una persona que dispone de una conexión rápida, un dispositivo adecuado y conocimientos digitales tiene muchas más posibilidades de aprovechar las oportunidades de esta nueva economía que alguien que carece de alguno de esos elementos. De ahí surge la brecha digital, que no consiste únicamente en tener o no tener internet, sino también en disponer de calidad de conexión, dispositivos, conocimientos y capacidad para utilizar las herramientas digitales de manera efectiva.

A esto se suman otros desafíos: la protección de los datos personales, la ciberseguridad, la concentración empresarial, la desinformación, las condiciones laborales en algunas plataformas y los efectos de la automatización sobre determinados empleos. Una empresa puede utilizar inteligencia artificial para aumentar su productividad, pero ese mismo proceso puede modificar las tareas de sus trabajadores. Del mismo modo, una plataforma puede ofrecer servicios más baratos y cómodos a millones de personas, pero también puede acumular una enorme cantidad de información y poder de mercado.

La economía digital continúa expandiéndose porque ofrece ventajas difíciles de ignorar. Permite que una persona compre desde su casa, que una pequeña empresa encuentre clientes en otros países, que un estudiante acceda a cursos desde otra parte del mundo, que un trabajador colabore a distancia y que una empresa analice grandes cantidades de información para tomar mejores decisiones. Tecnologías como la inteligencia artificial, el Internet de las cosas, la computación en la nube y las redes móviles están ampliando todavía más estas posibilidades.

De modo que la economía digital forma parte de la economía cotidiana. Está presente cuando pagamos un café con el teléfono, cuando una aplicación nos recomienda una película, cuando una empresa reorganiza su inventario mediante algoritmos, cuando un creador obtiene ingresos de sus seguidores o cuando una mercancía comprada en línea recorre miles de kilómetros hasta llegar a nuestra casa. Las tecnologías digitales se han convertido en una capa transversal que conecta y transforma una enorme cantidad de actividades económicas tradicionales. Comprender esta transformación permite mirar la tecnología con mayor perspectiva. La economía digital puede generar innovación, productividad, nuevos negocios y oportunidades que antes eran difíciles de imaginar, pero también puede concentrar poder, ampliar desigualdades, crear nuevas vulnerabilidades y plantear problemas que las reglas tradicionales no siempre saben resolver. Por eso, su futuro dependerá de las decisiones que tomemos sobre competencia, privacidad, seguridad, empleo, fiscalidad y sostenibilidad.

Referencias:

Cómo citar

García, Miguel. (11 agosto 2026). ¿Qué es la economía digital?. Celeberrima.com. Última actualización el 11 agosto 2026.