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René Descartes: biografía, método, duda metódica

¿Quién fue René Descartes?

René Descartes, también conocido como Renatus Cartesius, fue un influyente matemático, físico y filósofo francés, reconocido como el padre de la geometría analítica. Nació el 31 de marzo de 1596 en La Haye, una localidad que, en aquel entonces, pertenecía a la antigua provincia francesa de Turena —hoy denominada Descartes, dentro del departamento de Indre y Loira. Su familia se trasladó a La Haye debido a una epidemia de peste bubónica que azotó Rennes. Descartes perdió a su madre siendo apenas un niño de un año.

Inicialmente, se formó en el Real Colegio de La Flèche, institución fundada por Enrique IV en 1603, donde cursó estudios de latín, griego y matemáticas; también asistió a clases en las que trataban a los clásicos, entre ellos Cicerón, Horacio, Virgilio, Homero y Platón. A los dieciocho años ingresó a la Universidad de Poitiers con la intención de estudiar derecho y medicina.

En 1618, viajó por primera vez a Holanda, acompañando a las tropas de Guillermo de Nassau. Durante una estancia en Alemania, mientras se calentaba junto a una estufa, Descartes tuvo, según su propio testimonio, una revelación: concibió un método que permitiría aplicar los principios matemáticos, considerados por él una “ciencia admirable”, al estudio de la física. Tras una serie de sueños simbólicos, que interpretó como señales divinas, comprendió que su vocación definitiva era la de un matemático decidido a desarrollar un método que condujera a la verdad absoluta y necesaria. Descartes emprendió varios viajes, entre ellos uno a Italia, donde peregrinó al santuario de Nuestra Señora de Loreto en agradecimiento por sus descubrimientos

En 1619, Descartes se alistó en el ejército de Maximiliano I, rey de Baviera, durante el conflicto conocido como la Guerra de los Treinta Años. Fue ese año, en la ciudad de Ulm, cuando experimentó tres sueños que interpretó como una señal divina para dedicarse plenamente al estudio.

Se estableció definitivamente en los Países Bajos en 1628, donde residió la mayor parte de su vida, con algunas ausencias esporádicas. Durante su primer año en los Países Bajos redactó primera obra filosófica, “Reglas para la dirección del espíritu”, aunque esta obra no fue publicada hasta 1701, cuando Descartes ya había fallecido.

Descartes había planeado publicar su “Tratado del mundo”, pero desistió al conocer la condena impuesta a Galileo, temiendo consecuencias similares. Sin embargo, en 1637, publicó la introducción a esa obra, el célebre “Discurso del método”, su texto más leído y difundido. Posteriormente, en 1641, aparecieron las “Meditaciones metafísicas”, relevantes tanto por su contenido como por las objeciones y respuestas que suscitaron entre los principales pensadores de la época. En 1644, Descartes dio a conocer los “Principios de filosofía”, y más adelante se interesó por temas de psicología y biología, dando lugar al “Tratado de las pasiones del alma” (1649). A estas obras se suman el diálogo inconcluso “La investigación de la verdad” y las “Conversación con Burman”.

A mediados de 1649, Descartes fue invitado a Suecia por la reina Cristina con el propósito de colaborar en la creación de un reglamento para una sociedad científica. Allí, víctima de una pulmonía, falleció el 11 de febrero de 1650.

Método cartesiano: cuatro reglas

Para Descartes, la posesión de un procedimiento riguroso constituye la primera condición para pensar, ese método aspira a la certidumbre plena. Una clave esencial del método cartesiano es el empeño por erradicar toda duda. Como Sócrates, Descartes duda para no dudar. Propone cuatro reglas: primero, no aceptar nada como verdadero sin evidencia, evitando la precipitación y los prejuicios; segundo, dividir cada problema en tantas partes como sea necesario para su resolución; tercero, ordenar los pensamientos empezando por lo más simple y progresando hacia lo complejo; y cuarto, efectuar enumeraciones y revisiones para asegurarse de no omitir nada.

La primera regla del método cartesiano enuncia que para conocer es indispensable evitar la precipitación y el prejuicio. Lo primero que debe ponerse en duda es el conocimiento adquirido por transmisión social, aquello que recibimos de la familia, del entorno y de la tradición. No obstante, Descartes no propone desechar sin más lo heredado, sino examinarlo para discernir qué elementos contienen verdad y cuáles no. En otras palabras, adoptar una actitud crítica.

La precipitación se relaciona más con la voluntad que con la razón. La voluntad es ilimitada y puede querer cualquier cosa, mientras que la razón es limitada y opera mediante procesos pausados y ordenados. Si la voluntad domina, es posible confundir un deseo con una verdad. El error surge del desequilibrio entre los deseos excesivos y la incapacidad para racionalizarlos. La verdad se vuelve accesible cuando se eliminan los prejuicios y los juicios dictados por la voluntad. La verdad es correspondencia entre el concepto y la esencia de la cosa, y también coherencia del pensamiento.

Según Descartes, una idea clara es aquella que “se presenta y manifiesta a un espíritu atento”. Cuando sentimos dolor, la idea es clara, pero solamente es distinta cuando se descompone en sus partes, es decir cuando se identifican con precisión sus causas, motivos y efectos. Así, el conocimiento puede ser claro sin ser distinto, mientras que nada puede ser distinto sin antes ser claro. Discernir las partes de una idea requiere que esta exista con claridad. Para que una idea sea distinta es necesario someter cualquier problema al análisis, es decir, dividirlo en sus componentes. Empero, el análisis es insuficiente, se necesita una síntesis posterior, la cual reconstruye la totalidad una vez conocidas y diferenciadas las partes, permitiendo así comprender las leyes generales del objeto estudiado. El conocimiento se sitúa entre dos síntesis: una síntesis inicial, oscura, que percibe un conjunto; el análisis que esclarece y diferencia sus partes; y finalmente una síntesis clara que produce un conocimiento cabal.

Intuición y deducción

Para Descartes, la intuición es una comprensión tan inmediata y definida que excluye toda posibilidad de duda. En este sentido, la intuición es de carácter racional. Por ejemplo, en matemáticas, ciertos principios (ej. axiomas) se presentan sin necesidad de demostración. Esta intuición racional permite acceder a verdades fundamentales que la mente ya posee en forma de ideas innatas.

La intuición es inmediata; la deducción, conforme a la tercera regla del método cartesiano, implica un proceso racional. Una vez reconocidas ciertas verdades primeras por intuición, se procede a establecer sus consecuencias por medio de una cadena ordenada de razonamientos, es decir, por deducción. Los tratados matemáticos inician con definiciones, postulados y axiomas que pueden considerarse intuitivos y la materia prima para un proceso de deducción en el que se desarrollan los teoremas y demostraciones.

Para Descartes, el razonamiento matemático es un acto creador. Cuando se establece que 2+2=4, el resultado introduce una unidad que no se encuentra explícita en los términos iniciales. Las matemáticas no se reducen a una simple repetición de principios previos, sino que generan verdades nuevas que se añaden a las premisas sin quedar contenidas en ellas. Toda deducción implica, en algún grado, un descubrimiento inmediato. Frente a la lógica aristotélica que concebía las verdades como desarrollo de premisas, Descartes propone una deducción compuesta por intuiciones sucesivas que añaden descubrimientos nuevos mediante ideas claras y distintas.

Duda metódica: los sueños, un Dios impotente y el genio maligno

Si después de haber dudado al máximo surge una verdad que resista toda crítica, dicha verdad será indudable, para ello, Descartes formula tres argumentos: el argumento de los sueños, el de un Dios impotente y el del “genio maligno”. En el argumento de los sueños, Descartes reconoce que, durante el sueño, el mundo onírico parece tan real como el mundo de la vigilia; sin embargo, plantea esta hipótesis con el fin de demostrar posteriormente que la razón no se reduce a una ilusión.

Las hipótesis del Dios impotente y del genio maligno se comprenden mejor si se recuerda que Descartes busca demostrar la existencia de un Dios perfecto. Si existiera un Dios absolutamente bueno, este no querría engañar; pero si su poder fuese limitado, podría no impedir nuestro error. Bajo esta suposición, aun cuando creyéramos alcanzar la verdad, podríamos estar siempre equivocados, porque un Dios incapaz de sostener la verdad no garantizaría la validez de nuestras certezas.

Mediante la hipótesis del “genio maligno”, Descartes propone suponer un ser sumamente poderoso y astuto cuyo propósito sería engañar. Es evidente que Descartes no cree en la existencia real de tal ser. Si el Dios impotente representaba la imposibilidad de garantizar la verdad, el genio maligno significaría un engaño deliberado y permanente. Con esta hipótesis, Descartes formula la posibilidad de un mundo irracional dirigido por un ser igualmente irracional. Si ese genio existiera, todo pensamiento resultaría necesariamente falso.

La suposición del genio maligno funciona como una herramienta para cuestionar, dando lugar a la duda metódica. A través de este “genio maligno”, Descartes cuestiona las verdades incuestionables, poniendo en duda el mundo físico percibido. El “genio maligno” simboliza el escepticismo que confronta al sujeto con la desconcertante posibilidad de que todo lo conocido sea falso o engañoso. En este punto, Descartes queda sin un fundamento seguro, incluso las ideas claras y distintas podrían ser sueño o engaño. Para superar esta situación, Descartes procede a construir una metafísica sustentada en la razón.

Metafísica

Descartes busca un fundamento absolutamente seguro para el conocimiento, lo encuentra en la certeza inmediata de la existencia del yo. El hecho mismo de dudar confirma la existencia, porque dudar es pensar, y pensar implica necesariamente la existencia de quien piensa. De este modo, Descartes enuncia el célebre “Pienso, luego existo” (cogito, ergo sum). Esto es una intuición inmediata, el pensamiento revela la existencia. De modo que no es el pensamiento la causa del ser, sino su manifestación evidente. Al decir “yo pienso” la existencia de quien piensa queda ya contenida en tal afirmación. Descartes es poseedor de una verdad indudable, pero sin garantías acerca de la existencia de los otros o del mundo exterior.

Las pruebas de la existencia de Dios en Descartes parten de la certeza del yo, las demostraciones cartesianas se apoyan en las ideas y en el sujeto que piensa. La primera prueba de Descartes se basa en la relación entre lo finito y lo infinito. Descartes parte de lo que considera evidente: en toda relación causal debe existir al menos tanta realidad en la causa como en el efecto. Es decir, Nunca un efecto puede poseer más realidad que su causa. En algunos casos, causa y efecto poseen el mismo grado de realidad, como entre padres e hijos; mientras que en otros la causa presenta una realidad superior, como el artesano respecto al objeto que fabrica.

Así, la idea de infinito contiene más realidad que la del ser finito, por lo que Descartes concluye que únicamente un ser infinito, Dios, puede ser causa de la existencia de los seres finitos. Descartes procede por vía hipotética, utilizando un método análogo a la demostración por el absurdo matemática. En otras palabras, si todas las hipótesis excepto una resultan contradictorias, la única hipótesis no contradictoria debe considerarse verdadera. Siguiendo este método, Descartes examina tres posibilidades: que el yo sea causa de sí mismo, que su causa sean otros seres con el mismo grado de realidad (como los padres), o que la causa sea Dios.

Para analizar la primera hipótesis, Descartes parte del hecho de que el ser humano posee la idea de un ser perfecto. Si el yo fuera causa de sí mismo, se habría otorgado todas las perfecciones. De modo que resulta imposible pensar que el yo sea su propia causa, ya que ello implicaría poseer una perfección de la que carece.

Al considerar la segunda hipótesis, podría suponerse que la causa del yo se encuentra en los padres u otros seres finitos. Sin embargo, si la causa del yo es otro ser finito, dicho ser debe tener también una causa. Si su causa no es él mismo, no es causa primera y no explica el origen del yo; si su causa fuera él mismo, entonces sería un ser absolutamente perfecto, es decir, Dios. De este modo, Descartes concluye que la única causa suficiente del yo es el ser perfecto.

Descartes introduce un tercer argumento: el hombre vive porque Dios existe, y reconoce la existencia de Dios porque vive y se conserva en su ser. La duración de la vida no implica continuidad necesaria entre un instante y el siguiente. Cada momento de la existencia es independiente y no garantiza el momento posterior. Descartes concluye que la misma causa que nos produjo debe continuar produciéndonos para mantenernos en el ser, lo que confirma nuevamente la existencia de Dios como causa conservadora.

Si se concibe el tiempo como una serie de instantes discontinuos y sin conexión entre sí, entonces es necesario reconocer en Dios al ser que sostiene nuestra existencia instante tras instante. Para Descartes, la creación no es un acto único realizado en el origen del mundo, sino un acto permanente de conservación, mediante el cual Dios mantiene la existencia de las cosas en todo momento. La existencia no es suficiente por sí misma; es necesario un ser que la sostenga continuamente; ese ser es Dios.

La idea de un ser perfecto está en el espíritu humano y, por su propia esencia, esa idea implica la existencia del ser perfecto. Este argumento, en Descartes, se incorpora a una estructura de tipo matemático y se mantiene siempre vinculado al cogito. Dios es el único ser cuya existencia se sigue de su definición.

Dos sustancias: extensión y pensamiento

Según Descartes, la estructura esencial de ese mundo está constituida por dos sustancias: la extensión y el pensamiento. El fundamento de las cosas materiales es el espacio, al que denomina “extensión”. Descartes explica que un trozo de cera puede cambiar sus propiedades sensibles al variar la temperatura, pasando de sólido a líquido o incluso a estado gaseoso. Todo cambia en la cera, excepto el lugar que ocupa. Si imagináramos que todos los cuerpos desaparecieran, seguiría existiendo el espacio. Descartes considera la extensión como una realidad en sí, independiente y condición necesaria de toda existencia corporal. Así como los cuerpos cambian sin que desaparezca el espacio, los pensamientos cambian sin que desaparezca aquello que los sostiene: el espíritu. Descartes llama “pensamiento” a la sustancia espiritual, que constituye el fundamento de la vida interior y de las actividades del alma. Dos sustancias distintas, ambas garantizadas por la existencia divina.

Toda la realidad está constituida por dos sustancias, la extensión y el pensamiento, las cuales se manifiestan en el ser humano como cuerpo y alma. El cuerpo pertenece a la sustancia material o espacial, mientras que el alma corresponde a la sustancia espiritual. Descartes buscaba demostrar la independencia del alma respecto del cuerpo, con la finalidad de sostener su inmortalidad. Sin embargo, al mismo tiempo, Descartes reconocía que la experiencia muestra una interacción constante entre ambas, las emociones y sensaciones sólo pueden comprenderse a partir de una relación entre cuerpo y alma. Esto conduce a una paradoja: por definición, alma y cuerpo son totalmente distintos; por experiencia, están íntimamente unidos. La teoría cartesiana desemboca en un dualismo irresoluble.

Otras aportaciones de Descartes

En “La Geometría”, obra en la que expone el descubrimiento de la geometría analítica, el filósofo vincula el álgebra con la geometría mediante el uso de sistemas de coordenadas. El plano cartesiano fue muy importante para el desarrollo del cálculo de Isaac Newton y Gottfried Wilhelm Leibniz.

Asimismo, propuso utilizar superíndices para designar potencias, y enunció el teorema del factor y la regla de los signos de Descartes. Las ideas matemáticas concebidas por Descartes fueron mejoradas por Frans van Schooten, y algunos de sus discípulos. Frans fue un matemático holandés.

Frases de René Descartes

  1. A menudo es preferible una falsa alegría a una tristeza cuya causa es verdadera.
  2. Abrigamos una multitud de prejuicios si no nos decidimos a dudar, alguna vez, de todas las cosas en que encontremos la menor sospecha de incertidumbre.
  3. Apenas hay algo dicho por uno cuyo opuesto no sea afirmado.
  4. Para investigar la verdad es preciso dudar, en cuanto sea posible, de todas las cosas.
  5. Pienso, luego existo.
  6. No hay nada repartido más equitativamente que la razón: todos están convencidos de tener suficiente.
  7. Vivir sin filosofar es, propiamente, tener los ojos cerrados, sin tratar de abrirlos jamás.
  8. No se puede imaginar nada, por extraño e increíble que sea, que no haya dicho ya alguno de los filósofos.
  9. El no ser útil a nadie es lo mismo realmente que no valer nada.
  10. En cuanto a la lógica, sus silogismos más bien sirven para explicar a otros las cosas ya sabidas, que para aprender.
  11. La primera máxima de todo ciudadano ha de ser la de obedecer las leyes y costumbres de su país, y en todas las demás cosas gobernarse según las opiniones más moderadas y más alejadas del exceso.
  12. Lo poco que he aprendido carece de valor, comparado con lo que ignoro y no desespero en aprender.
  13. Dos cosas contribuyen a avanzar: ir más deprisa que los otros o ir por el buen camino.
  14. Dicen que el mono es tan inteligente que no habla para que no lo hagan trabajar.
  15. Despréndete de todas las impresiones de los sentidos y de la imaginación, y no te fíes sino de la razón.
  16. El bien que hemos hecho nos da una satisfacción interior, que es la más dulce de todas las pasiones.
  17. Para mejorar nuestro conocimiento debemos aprender menos y contemplar más.
  18. Sería absurdo que nosotros, que somos finitos, tratásemos de determinar las cosas infinitas.
  19. Daría todo lo que sé, por la mitad de lo que ignoro.
  20. Por método entiendo aquellas reglas ciertas y fáciles cuya rigurosa observación impide que se suponga verdadero lo falso, y hace que – sin consumirse en esfuerzos inútiles y aumentando gradualmente su ciencia – el espíritu llegue al verdadero conocimiento de todas las cosas accesibles a la inteligencia humana.
  21. La alegría que nace del bien es seria, mientras que la que nace del mal va acompañada de risas y burlas.
  22. Los malos libros provocan malas costumbres y las malas costumbres provocan buenos libros.
  23. Leer un libro enseña más que hablar con su autor, porque el autor, en el libro, sólo ha puesto sus mejores pensamientos.
  24. Nuestra idea de Dios implica la existencia necesaria y eterna. Por tanto, la conclusión manifiesta es que Dios existe.
  25. El que emplea demasiado tiempo en viajar acaba por tornarse extranjero en su propio país.
  26. Es prudente no fiarse por entero de quienes nos han engañado una vez.
  27. Las almas más grandes son capaces de los mayores vicios, como de las mayores virtudes.
  28. Divide las dificultades que examinas en tantas partes como sea posible para su mejor solución.
  29. No aceptes nunca como verdadera una cosa si no lo es para ti evidentemente. O sea: evita la precipitación.
  30. La multitud de leyes frecuentemente presta excusas a los vicios.
  31. Ser incapaz de entusiasmo es señal de mediocridad.
  32. La matemática es la ciencia del orden y la medida, de bellas cadenas de razonamientos, todos sencillos y fáciles.
  33. No hay nada que este totalmente en nuestro poder, excepto nuestros pensamientos.
  34. Hay una pasión superior a todas, y es la satisfacción interior por el bien que hacemos a los otros.
  35. ¡Mi único deseo es conocer el mundo y las comedias que en él se representan!
  36. Conviene tener en cuenta que muchas creencias se apoyan en el prejuicio y en la tradición.
  37. No basta tener buen ingenio; lo principal es aplicarlo bien.
  38. Si no está en nuestro poder el discernir las mejores opiniones, debemos seguir las más probables.
  39. La razón o el juicio es la única cosa que nos hace hombres y nos distingue de los animales.
  40. El mayor bien que puede existir en un Estado es el de tener verdaderos filósofos.
  41. La filosofía es la que nos distingue de los salvajes y bárbaros; las naciones son tanto más civilizadas y cultas cuanto mejor filosofan sus hombres.

Referencias:

Cómo citar

García, Miguel. (18 septiembre 2025). René Descartes: biografía, método, duda metódica. Celeberrima.com. Última actualización el 14 noviembre 2025.