La Revolución Mexicana transformó profundamente la economía del país, aunque sus efectos no fueron iguales en todas las regiones ni se produjeron de la misma manera a lo largo del conflicto. No se produjo un colapso absoluto de toda la actividad económica, pero sí una perturbación profunda que afectó de manera muy desigual a la agricultura, la industria, la minería, el transporte, el comercio, las finanzas y las condiciones de vida de la población.
Durante los primeros años, entre 1910 y 1913, el impacto económico fue relativamente limitado en comparación con lo que vendría después. Sin embargo, después del golpe de Estado de 1913 y de la caída de Madero, la guerra entre las distintas fuerzas revolucionarias se intensificó. Constitucionalistas, villistas y zapatistas disputaron el control de diferentes regiones, y entre 1914 y 1916 la violencia afectó con especial intensidad varias zonas del norte y del centro del país, así como regiones del sur, entre ellas Morelos.
Uno de los sectores más perjudicados fue el sistema ferroviario. Durante el Porfiriato, los ferrocarriles habían sido fundamentales para integrar mercados regionales, transportar mercancías y movilizar personas. Durante la guerra, muchas vías, estaciones, locomotoras y vagones fueron destruidos o dañados, mientras que los distintos ejércitos utilizaron los trenes para transportar tropas, armas y suministros. El sabotaje y la interrupción de las rutas dificultaron el traslado de productos agrícolas entre regiones. Esto contribuyó a provocar escasez y fuertes aumentos de precios, especialmente durante los años más violentos del conflicto. En algunas zonas la falta de alimentos alcanzó niveles muy graves y estuvo acompañada por enfermedades y desplazamientos de población.
El sistema monetario y financiero también sufrió una profunda desorganización. La guerra provocó escasez de moneda y debilitó el sistema bancario construido durante el Porfiriato. Diversos gobiernos y facciones revolucionarias emitieron sus propios billetes, conocidos popularmente como bilimbiques. La proliferación de emisiones y la pérdida de confianza en ellas provocaron una fuerte depreciación de numerosas monedas revolucionarias y una inflación muy elevada. La incertidumbre monetaria también redujo el crédito y complicó las operaciones comerciales. Frente a este panorama, las monedas de oro y plata conservaron una importancia especial como medios de pago y reserva de valor cuando estaban disponibles.
La agricultura recibió uno de los golpes más importantes. El sector ya enfrentaba problemas antes de 1910, pero la guerra agravó la situación. En distintas regiones se abandonaron tierras, se interrumpieron ciclos productivos, se perdieron cosechas y disminuyó la superficie cultivada. La consecuencia fue una combinación de menor oferta, dificultades de transporte, aumento de precios y problemas de abastecimiento.
La industria y la minería también resultaron afectadas. La producción de minerales como plata, oro y cobre disminuyó durante los años más difíciles, entre otras razones por los problemas de transporte, la escasez de insumos y las dificultades para mantener la mano de obra. Muchas fábricas redujeron su actividad, pero la industria mexicana no desapareció. Algunas empresas lograron continuar trabajando, mientras que otras regiones relativamente alejadas de los principales frentes de combate pudieron mantener una actividad económica considerable.
Hubo, además, sectores que se comportaron de manera diferente. La industria petrolera experimentó una expansión durante estos años, favorecida por la creciente demanda internacional relacionada con la Primera Guerra Mundial y por el hecho de que las principales zonas petroleras del Golfo no sufrieron una destrucción comparable a la de otras regiones. El henequén de Yucatán también se benefició durante determinados años de la demanda internacional.
La Revolución también modificó la estructura de la propiedad rural y la relación entre el Estado y la economía. La Constitución de 1917 estableció en su artículo 27 principios fundamentales sobre la propiedad de la tierra y los recursos naturales, y abrió el camino jurídico para una reforma agraria que se desarrollaría durante las décadas siguientes. El reparto de tierras no ocurrió de una sola vez ni eliminó inmediatamente las grandes propiedades. Fue un proceso prolongado que se intensificó particularmente durante el gobierno de Lázaro Cárdenas en la década de 1930. La creación de ejidos y la redistribución de tierras modificaron profundamente la estructura agraria mexicana y respondieron a una de las principales demandas sociales de la Revolución.
La reorganización económica también requirió reconstruir las instituciones financieras. En 1925 se creó el Banco de México, con funciones relacionadas con la emisión monetaria y la regulación del sistema financiero. Su creación respondió, entre otros factores, a la necesidad de establecer una mayor centralización y estabilidad monetaria después de los años de desorden financiero provocados por la guerra. Las consecuencias económicas de la Revolución no terminaron cuando disminuyeron los combates: durante los años veinte y treinta se construyeron instituciones destinadas a estabilizar y reorganizar la economía nacional.
La situación de la deuda externa constituyó otro problema para los gobiernos posrevolucionarios. México arrastraba obligaciones financieras anteriores a la Revolución y tuvo dificultades para regularizar sus pagos en el contexto de la inestabilidad política y económica. Durante la década de 1920 se negociaron acuerdos con acreedores internacionales, entre ellos el acuerdo conocido como Lamont-De la Huerta de 1922. Las relaciones financieras internacionales fueron complicadas y posteriormente fueron objeto de nuevas negociaciones. La deuda fue un problema financiero que se prolongó durante varios años.
La transformación de la economía continuó mucho después de terminada la fase principal de la guerra. En 1938, durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, se produjo la expropiación petrolera, mediante la cual el Estado mexicano tomó el control de los bienes de las compañías petroleras afectadas por el decreto. Este acontecimiento puede entenderse como parte de las transformaciones económicas y políticas de largo plazo asociadas al orden posrevolucionario.
La guerra dañó redes ferroviarias, redujo la producción de algunas actividades, provocó problemas de abastecimiento, desorganizó el sistema monetario y financiero y produjo fuertes desplazamientos de población. Al mismo tiempo, algunos sectores, como el petróleo y el henequén, encontraron oportunidades de expansión en los mercados internacionales. Después del conflicto comenzó un largo proceso de reconstrucción y reorganización institucional que incluyó la reforma agraria, la creación del Banco de México, la renegociación de la deuda y, más adelante, una mayor intervención del Estado en sectores estratégicos. Fue un proceso de transformación. El país salió de la guerra con graves daños materiales y humanos, pero también con nuevas instituciones, nuevas reglas sobre la propiedad de la tierra y los recursos naturales. La transformación fue lenta, desigual y conflictiva, y sus efectos se extendieron mucho más allá de 1920, hasta convertirse en una parte fundamental de la construcción del México posrevolucionario.
Referencias:
- 600pdf: El sustento económico de las revoluciones en México | Instituto de Investigaciones Históricas
- Inequality, living standards, and growth: two centuries of economic development in Mexico† – Bleynat – 2021 – The Economic History Review – Wiley Online Library
- La reconstrucción del Estado mexicano | Letras Libres
- La economía de México durante la Revolución, 1910-1920: historiografía y análisis
- John Womack y el excepcionalismo revolucionario | Letras Libres