El Mundial de 1938 se jugó en Francia del 4 al 19 de junio, fue la tercera edición en la historia y la última antes de que el mundo se volviera patas arriba con la Segunda Guerra Mundial. Después de ese torneo, la FIFA canceló las copas de 1942 y 1946.
Todo empezó a decidirse en 1936, en un congreso de la FIFA en Berlín. Ahí votaron para elegir sede y Francia ganó cómodamente con 19 votos, dejando muy atrás a Argentina con solo 4 y a Alemania con 1. Parecía una decisión lógica, pero para muchos países de Sudamérica fue como una cachetada. Ellos pensaban que existía una especie de acuerdo tácito desde el primer Mundial, que la sede debía rotar entre continentes. Como Europa había organizado el anterior, Italia 1934, varios sudamericanos se sintieron traicionados y dijeron “pues no vamos”, y eso dejó el torneo con menos sabor latino del que podría haber tenido.
En lo deportivo, el formato era puro nervio, eliminación directa desde el arranque, sin segundas oportunidades. Si empataban, jugaban tiempo extra y, si seguía igual, repetían el partido unos días después. Eso pasó en duelos como Cuba contra Rumania o el famoso Alemania-Suiza. De hecho, este fue el último Mundial que se jugó así; después cambiaron el sistema para que hubiera más partidos.
Pero lo que más marcó este torneo no fue solo lo deportivo, sino el contexto político. Europa estaba al borde del abismo, la Guerra Civil Española seguía ardiendo, y apenas tres meses antes del Mundial, en marzo de 1938, la Alemania nazi se había anexado a Austria, que había clasificado legítimamente al Mundial. El régimen nazi unificó ambos equipos. Metieron a varios jugadores austríacos al equipo alemán. Sin embargo, la gran estrella de Austria, Matthias Sindelar, al que le decían “el Mozart del fútbol” por su elegancia y genialidad en la cancha, se plantó firme. Se negó rotundamente a jugar para la selección unificada. El equipo alemán fue eliminado en la primera ronda por Suiza, en un partido que tuvo que repetirse porque empataron 1-1. Como Austria fue anexada, Suecia, que iba a jugar contra ellos en octavos, pasó directo a la siguiente fase sin mover un dedo.
En lo que respecta a los números del torneo, fue bastante goleador y emocionante. Se jugaron 18 partidos, se concretaron 84 goles en total, lo que da un promedio de alrededor de 4.67 goles por partido, bastante más que muchos mundiales modernos, donde a veces el miedo a perder apaga la fiesta. Hubo partidos memorables, con remontadas y goles espectaculares, y el ambiente en las canchas de las sedes: París, Marsella, Burdeos, Lille, Estrasburgo, Toulouse, Reims, Antibes y El Havre. La asistencia total fue de unos 375 000 espectadores, un buen número para la época, aunque claro, nada que ver con los millones de aficionados que asisten en la actualidad. Francia entró directo como anfitriona, también Italia como campeona vigente de 1934.
Uno de los partidos que más se recuerdan fue el Brasil contra Polonia, que terminó 6-5 después de la prórroga. Fue un festival de goles, como si ambos equipos hubieran decidido que solo importaba atacar sin parar. Brasil tenía a Leônidas da Silva, un delantero habilidoso y rápido al que apodaban el “Diamante Negro”, y él metió tres goles en ese partido, un hat-trick. Pero Polonia no se quedó atrás, Ernest Wilimowski, de apenas 21 años, clavó cuatro goles él solo, algo que todavía asombra porque es rarísimo que alguien anote tantos y aun así su equipo pierda. Imagina un partido de barrio donde todos corren como locos, la pelota va y viene. Fue puro espectáculo ofensivo, de esos que te mantienen pegado al asiento sin respirar.
Luego vino el famoso duelo de cuartos de final entre Brasil y Checoslovaquia, conocido como la “Batalla de Burdeos”. El primer partido terminó 1-1 después de prórroga, pero fue un caos total de patadas, empujones y lesiones. Hubo tres expulsados, y entre los heridos estuvo Oldřich Nejedlý, que salió con la pierna rota. Pero lo más increíble fue lo que sucedió con el arquero checoslovaco František Plánička, apodado “el Gato de Praga” por sus reflejos felinos, se rompió el brazo durante el encuentro y, aun así, siguió bajo los tres palos unos 35 minutos más antes de retirarse. Como el empate persistió, tuvieron que jugar un desempate dos días después, el cual ganó Brasil 2-1, y por eso muchos lo llaman la “Doble Batalla de Burdeos”.
Después, en semifinales, en el Italia contra Brasil, los italianos iban ganando 1-0 cuando les pitaron un penal a favor. Giuseppe Meazza, el capitán y estrella del equipo, se paró frente al balón con toda la calma del mundo. Pero justo cuando tomó carrera, el elástico de su pantalón se rompió y los shorts se le bajaron hasta las rodillas. Imagina el estadio en silencio, el arquero brasileño conteniendo la risa, y Meazza ahí, sin inmutarse, sosteniendo el pantalón con una mano mientras cobraba el penal y marcaba para poner el 2-0. No perdió la concentración ni un segundo, y ese gol contribuyó para que Italia avanzara.
Italia, dirigida por Vittorio Pozzo, jugaba un fútbol muy organizado y efectivo, nada de florituras innecesarias, solo lo que servía para ganar. Llegaron a la final como un equipo bien aceitado. Del otro lado, Hungría impresionó por su estilo ofensivo y brillante, con estrellas como György Sárosi y Gyula Zsengellér liderando el ataque. De hecho, llegaron a la final con una diferencia de goles amplia, 13 a favor y solo uno en contra en todo el torneo hasta ese momento. La final se jugó el 19 de junio en el Stade Olympique de Colombes, en París, ante unos 45 mil espectadores.
El partido empezó con Italia presionando. Gino Colaussi abrió el marcador temprano, Hungría empató casi de inmediato con Pál Titkos, pero los italianos volvieron a ponerse adelante con Silvio Piola antes del descanso, llegando al entretiempo 3-1. En la segunda mitad mantuvieron el control, aunque Hungría descontó con un gol de su capitán Sárosi. Italia cerró el partido con otro tanto de Piola para el 4-2 final. Así, los azzurri se convirtieron en el primer equipo en la historia en ganar dos Copas del Mundo seguidas —habían ganado la de 1934—, y lo hicieron con el mismo entrenador, Vittorio Pozzo, algo que hasta hoy nadie más ha repetido.
Leônidas da Silva brilló durante el torneo, era un delantero rápido y hábil. En ese Mundial marcó siete goles en solo cuatro partidos, lo que lo dejó como el máximo goleador del torneo. Anotó en todos los juegos que jugó, incluyendo un hat-trick épico en una locura de partido contra Polonia que terminó 6-5 en tiempo extra. Brasil llegó a semifinales contra Italia, los campeones defensores, pero ahí vino la gran controversia. Mucha gente creyó durante años que el entrenador Ademar Pimenta decidió dejar a Leônidas en la banca para descansarlo pensando ya en la final. Brasil perdió 2-1. Leônidas estaba lesionado de verdad tras el partido contra Checoslovaquia, él mismo lo aclaró en una carta publicada en periódicos de la época. Regresó para el partido por el tercer lugar contra Suecia, metió dos goles más y ayudó a ganar 4-2. Brasil se llevó el bronce, pero esa decisión, o más bien la lesión, les costó la final. ¡Qué lástima, porque con él en cancha quién sabe!
Otro equipo que dejó una marca histórica fue el de las Indias Orientales Neerlandesas, o sea, lo que hoy es Indonesia. Participaron representando una colonia holandesa, antes de su independencia, y eso los hace únicos, pues son la única selección que jugó un Mundial como territorio colonial sin ser un país independiente aún. Les tocó un debut bravo: eliminación directa desde el primer partido, contra Hungría, y perdieron 6-0. Con eso, quedaron fuera de inmediato. Es el equipo que menos partidos ha jugado en toda la historia de los Mundiales, solo uno. Imagínate viajar tan lejos para jugar un solo encuentro y regresar a casa.
Luego está Cuba, que también tiene su historia. Por retiros de otros equipos de la zona CONCACAF, Cuba se clasificó sin jugar ni un solo partido eliminatorio. Llegaron a Francia, empataron 3-3 con Rumania en el primer juego, ganaron el desempate 2-1 y avanzaron a cuartos de final. Ahí los suecos los barrieron 8-0. Pero se convirtieron en el primer país caribeño en participar en un Mundial y en llegar a cuartos. Para una isla donde el béisbol es rey, meterse al fútbol y hacer eso con un equipo modesto, casi amateur, fue una hazaña impresionante. Imagina a un equipo amateur que de repente juega en una liga profesional y deja su huella.
Todo esto ocurría en un ambiente marcado por la tensión política. Italia, que ganó el torneo venciendo 4-2 a Hungría en la final, usó el título como propaganda del régimen fascista de Mussolini. Se dice que antes de la final mandó un telegrama al equipo con la frase “Vincere o morire”, que significa “vencer o morir”. Mucha gente lo interpretó como una amenaza, “ganen o se las verán conmigo”. Pero testimonios posteriores, como el del jugador Pietro Rava años después, aclararon que no era literal; era más bien un grito motivacional, como decir “¡denlo todo o nada!”. Del lado húngaro, el portero Antal Szabó soltó una frase después de la derrota, algo como “nunca me sentí tan feliz tras una derrota; con los cuatro goles que nos metieron, salvé la vida de once seres humanos”. Era su manera irónica de decir que, al perder, evitaron cualquier represalia de Mussolini contra los italianos. El guardameta húngaro tenía humor negro.
En el Mundial de 1938, Italia se consolidó como potencia, pero el mundo entero estaba a punto de cambiar para siempre. Todo bajo la sombra de lo que vendría.
Referencias:
- Electric Meazza’s elastic mishap | FIFA World Cup 1938
- Battle of Bordeaux (1938 FIFA World Cup) – Wikipedia
- World Cup History: 1938 – ESPN
- 1938 FIFA World Cup – Wikipedia
- Indonesia at the 1938 FIFA World Cup
- Leônidas (footballer, born 1913) – Wikipedia
- Cuba at the FIFA World Cup – Wikipedia
- Cubans sail to history in France | 1938 FIFA World Cup
- Indonesia at the FIFA World Cup – Wikipedia