Un chatbot es un programa informático diseñado para interactuar con personas mediante conversaciones, generalmente por texto o por voz, tratando de reproducir algunos aspectos de un diálogo natural. La propia palabra chatbot es una combinación de chat, que en inglés significa “charla” o “conversación”, y bot, una abreviatura de robot utilizada para referirse a un programa capaz de realizar determinadas tareas de manera automática. La idea de que una máquina pudiera mantener una conversación suficientemente convincente con una persona es mucho más antigua que los chatbots actuales.
En 1950, el matemático británico Alan Turing publicó un artículo en el que planteó una situación conocida posteriormente como la prueba de Turing. En términos generales, una persona debía conversar por escrito con interlocutores cuya identidad desconocía y tratar de determinar cuál era humano y cuál era una máquina. La propuesta de Turing abrió una pregunta fascinante: ¿puede una máquina producir respuestas que hagan difícil distinguirla de una persona durante una conversación? Turing no construyó un chatbot, pero su planteamiento se convirtió en uno de los antecedentes intelectuales más importantes de la inteligencia artificial conversacional.
Un episodio famoso está relacionado con Eugene Goostman, un chatbot que participó en una competición organizada en 2014 por la Universidad de Reading en la Royal Society de Londres. Eugene estaba diseñado para hacerse pasar por un niño ucraniano de 13 años y utilizaba esa personalidad como parte de su estrategia conversacional. Durante el evento, el 33% de los jueces llegó a considerar que estaba conversando con una persona. Los organizadores interpretaron el resultado como la primera ocasión en que una máquina había superado la prueba de Turing. Sin embargo, otros sistemas anteriores habían obtenido resultados que también podían interpretarse como éxitos bajo criterios similares. Por eso, es más preciso decir que Eugene Goostman protagonizó uno de los episodios más célebres y controvertidos relacionados con la prueba de Turing.
El primer programa que alcanzó una fama considerable por simular una conversación con personas apareció en 1966 en el Instituto Tecnológico de Massachusetts. Su creador fue el científico Joseph Weizenbaum, quien desarrolló ELIZA, un programa que imitaba principalmente a un terapeuta inspirado en el enfoque de Carl Rogers. El usuario escribía una frase y ELIZA buscaba determinadas palabras o estructuras para generar una respuesta apropiada según reglas previamente establecidas. Si, por ejemplo, aparecía una referencia a la familia, podía responder con una pregunta relacionada con ese tema. ELIZA no comprendía las conversaciones como lo hace una persona; funcionaba mediante patrones y reglas relativamente sencillos. Sin embargo, consiguió algo sorprendente: algunas personas llegaron a involucrarse emocionalmente con el programa y le contaron asuntos personales. Esto impresionó al propio Weizenbaum y mostró que los seres humanos pueden atribuir cierta capacidad de comprensión a una máquina incluso cuando su funcionamiento interno es muy limitado. Incluso existe una famosa anécdota según la cual su secretaria le pidió que saliera de la habitación para poder conversar a solas con ELIZA. Este episodio se convirtió en uno de los ejemplos clásicos del llamado efecto ELIZA, la tendencia de las personas a atribuir comprensión, emociones o intenciones a sistemas que simplemente producen respuestas mediante reglas y patrones. ELIZA se convirtió así en uno de los primeros ejemplos emblemáticos de un programa conversacional.
Durante las décadas siguientes surgieron muchos otros experimentos. En los años noventa, Richard Wallace desarrolló A.L.I.C.E., un sistema que utilizaba un conjunto de reglas y un lenguaje de marcado conocido como AIML para manejar una cantidad mucho mayor de patrones de conversación. A comienzos del siglo XXI también se hicieron populares programas como SmarterChild, disponible en servicios de mensajería instantánea como AOL Instant Messenger. Estos sistemas podían responder preguntas sencillas, contar chistes, proporcionar información básica e incluso ofrecer datos como el estado del tiempo. Para muchos usuarios jóvenes fueron una primera experiencia de conversación con una máquina. Sin embargo, seguían dependiendo en gran medida de reglas y respuestas previamente definidas. Cuando alguien hacía una pregunta demasiado diferente de las previstas por sus creadores, podían responder de manera poco útil o simplemente reconocer que no sabían qué hacer.
El gran salto llegó con los avances de la inteligencia artificial, el aprendizaje automático y el procesamiento del lenguaje natural. Los chatbots pueden clasificarse, de manera general, en sistemas basados principalmente en reglas y sistemas que utilizan modelos de inteligencia artificial. Los primeros funcionan de una forma parecida a un menú o a un árbol de decisiones: sus desarrolladores establecen de antemano qué debe ocurrir ante determinadas preguntas, palabras o situaciones. Son muy útiles cuando las tareas son predecibles, como consultar el horario de una tienda, conocer los pasos para devolver un producto o verificar el estado de un envío. Su comportamiento puede ser muy controlado, aunque su capacidad para responder a preguntas inesperadas es limitada. Además, que un sistema basado en reglas no genere información por sí mismo no significa que sus respuestas sean necesariamente correctas: si las reglas o los datos utilizados están equivocados, también puede proporcionar información incorrecta.
Los chatbots impulsados por inteligencia artificial funcionan de una manera diferente. Utilizan técnicas de procesamiento del lenguaje natural y modelos de aprendizaje automático para analizar las palabras de una conversación y generar respuestas. Los sistemas más avanzados emplean grandes modelos de lenguaje, que son redes neuronales entrenadas con enormes cantidades de información textual. Durante su entrenamiento aprenden patrones estadísticos del lenguaje y relaciones entre palabras, frases y conceptos. Cuando reciben una solicitud, generan una respuesta paso a paso, prediciendo qué elementos del lenguaje son más apropiados para continuar el texto de acuerdo con el contexto. Esto permite producir conversaciones mucho más flexibles que las de los antiguos sistemas basados exclusivamente en reglas.
Una forma sencilla de imaginarlo es pensar en un sistema que ha procesado una enorme cantidad de ejemplos de lenguaje y ha aprendido patrones sobre cómo se expresan las personas en diferentes situaciones. Sin embargo, esta comparación tiene un límite importante: un modelo de lenguaje no “lee millones de libros” y los recuerda de la misma manera que una persona. Su funcionamiento se basa en patrones matemáticos aprendidos durante el entrenamiento, y su capacidad para responder correctamente depende de múltiples factores, entre ellos los datos utilizados, el diseño del modelo y la información disponible en el momento de responder.
El desarrollo de estos sistemas se hizo especialmente visible para el público general el 30 de noviembre de 2022, cuando OpenAI presentó ChatGPT. Su crecimiento fue extraordinariamente rápido: alcanzó aproximadamente un millón de usuarios en pocos días y, según cifras difundidas en los primeros meses posteriores a su lanzamiento, llegó a alrededor de cien millones de usuarios activos mensuales en un periodo de aproximadamente dos meses. ChatGPT permitió que millones de personas experimentaran con una inteligencia artificial capaz de mantener conversaciones y realizar tareas muy diferentes: explicar un concepto científico con palabras sencillas, redactar un correo, traducir un texto, ayudar con programación, generar ideas o escribir una historia. Después aparecieron y se popularizaron otros sistemas, entre ellos Gemini, de Google, Claude, de Anthropic, Copilot, de Microsoft, y Grok, de xAI, ampliando rápidamente el panorama de los asistentes conversacionales basados en inteligencia artificial.
Hoy podemos encontrar sistemas conversacionales en numerosos ámbitos de la vida cotidiana. Al visitar el sitio web de una aerolínea, por ejemplo, un asistente puede ayudarnos a consultar información sobre un vuelo o iniciar un proceso de cambio de reserva. En una institución financiera, un sistema automatizado puede responder preguntas frecuentes a cualquier hora del día. En los teléfonos inteligentes también existen asistentes virtuales capaces de recibir instrucciones mediante la voz, como Siri o Alexa, aunque estos sistemas son más amplios que un simple chatbot y combinan diferentes tecnologías. En la escuela y en el trabajo, las herramientas conversacionales se utilizan para resumir documentos, generar ideas, practicar idiomas, explicar conceptos, analizar información o apoyar determinadas tareas. También existen sistemas especializados para atención al cliente, educación, entretenimiento y otros campos.
Los chatbots también han dado lugar a situaciones que parecen sacadas de una novela de ciencia ficción. En 2018, el japonés Akihiko Kondo, entonces de 35 años, celebró una ceremonia de matrimonio no oficial con Hatsune Miku, un personaje virtual asociado originalmente a un software de síntesis de voz. Kondo utilizaba un dispositivo de la empresa Gatebox que permitía interactuar con personajes virtuales mediante una representación holográfica. La ceremonia no tuvo validez legal, pero recibió una gran atención internacional porque mostraba hasta qué punto algunas personas pueden desarrollar vínculos emocionales profundos con personajes digitales. Kondo no fue el único interesado: miles de personas se habían registrado en un programa promocional de Gatebox que permitía realizar una especie de registro matrimonial simbólico con personajes virtuales.
No obstante, aunque pueden expresarse de una manera que parece demostrar comprensión, eso no significa que tengan conciencia, emociones o una comprensión humana del mundo. Los modelos de inteligencia artificial generan respuestas a partir de patrones aprendidos y pueden cometer errores. En ocasiones pueden incluso producir información falsa, imprecisa o no está respaldada por la información disponible con un tono convincente, un fenómeno conocido como “alucinación” en el ámbito de la inteligencia artificial. Puede inventar una fecha, atribuir una cita a una persona que nunca la pronunció, crear una referencia bibliográfica inexistente o incluso presentar como verdadero un artículo legal que no existe. Lo sorprendente es que puede hacerlo utilizando una redacción perfectamente clara y segura. También pueden reproducir determinados sesgos presentes en los datos utilizados para entrenarlos. Por eso, cuando una respuesta tiene consecuencias importantes —por ejemplo, en asuntos médicos, legales, financieros, científicos o académicos— es recomendable contrastarla con fuentes confiables y, cuando corresponda, consultar a un profesional. Las respuestas fluidas de un chatbot no garantizan que su contenido sea verdadero.
Tampoco debemos confundir la capacidad de mantener una conversación con la capacidad de experimentar emociones o comprender una situación exactamente como lo haría una persona. Un chatbot puede producir una respuesta empática y apropiada desde el punto de vista lingüístico, pero eso no significa necesariamente que esté sintiendo empatía. En situaciones especialmente delicadas, la interacción humana es insustituible en muchos aspectos.
Lo que realmente ha cambiado con los chatbots es la manera en que las personas pueden relacionarse con la tecnología. Durante mucho tiempo, utilizar una computadora significaba aprender comandos, memorizar instrucciones o navegar por numerosos menús. Ahora podemos expresar una solicitud utilizando nuestro propio lenguaje y recibir una respuesta a lo que hemos preguntado. La computadora deja de parecer solamente una máquina que espera instrucciones precisas y se convierte en una herramienta con la que podemos interactuar mediante una conversación.
Además, los sistemas actuales pueden, dependiendo de la herramienta, analizar imágenes, trabajar con documentos, generar imágenes, utilizar información de distintas fuentes, ejecutar determinadas acciones y mantener el contexto de una conversación. La tendencia apunta hacia asistentes capaces no solo de responder preguntas, sino también de ayudar de manera más activa y contextual en determinadas tareas. Esto abre enormes posibilidades, pero también plantea preguntas importantes sobre privacidad, seguridad, confiabilidad, responsabilidad y el papel que deben conservar las personas en la toma de decisiones.
Desde los primeros experimentos como ELIZA hasta los actuales sistemas basados en grandes modelos de lenguaje, la historia de los chatbots refleja un intento constante por conseguir que las máquinas puedan interactuar con nosotros de una manera cada vez más flexible y natural. Conviene acercarse a sus respuestas con curiosidad, pero también con pensamiento crítico, recordando que detrás de una conversación aparentemente sencilla existen matemáticas, datos, algoritmos y décadas de investigación. Conversar con una máquina puede ser fascinante, pero no hay que pasar por alto que una respuesta convincente no equivale necesariamente a comprensión, conciencia o verdad.
Referencias:
- Types of Chatbots | IBM
- Chatbot – Wikipedia
- Chatbot Use Cases | IBM
- Agent conversationnel — Wikipédia
- Chatbot | Definition, History, & Facts | Britannica
- What Is a Chatbot? | IBM
- Chatbots: History, technology, and applications – ScienceDirect
- [2402.05122] History of generative Artificial Intelligence (AI) chatbots: past, present, and future development
- Definition of chatbot | PCMag