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Celofán: una copa de vino y un accidente de laboratorio

¿Qué harías si, de pronto, alguien derrama una copa de vino tinto sobre un mantel blanco? Para la mayoría de las personas sería simplemente un accidente incómodo. Pero el químico e ingeniero textil suizo Jacques E. Brandenberger vio en una situación parecida una pregunta interesante: ¿sería posible fabricar un material que protegiera una tela de los líquidos en lugar de absorberlos? Aquella observación terminó conduciéndolo, después de varios años de experimentación, al desarrollo de uno de los materiales de empaque más conocidos de la historia: el celofán.

Brandenberger comenzó sus experimentos alrededor de 1900 mientras trabajaba para una empresa textil francesa, pero el desarrollo del celofán como película transparente se concretó en 1908. Su primera intención no era fabricar envolturas, sino encontrar una forma de proteger los tejidos contra las manchas. Para ello experimentó con un material líquido obtenido a partir de celulosa mediante el proceso químico de la fabricación de rayón. La celulosa puede proceder de materias vegetales como la madera o el algodón y, mediante una serie de tratamientos químicos, se transforma en una solución que puede procesarse para volver a formar celulosa.

El primer intento de Brandenberger consistió en aplicar esa sustancia sobre una tela para crear una superficie resistente a los líquidos. El resultado no fue el esperado: el tejido quedaba demasiado rígido. Sin embargo, apareció algo mucho más interesante. Al secarse, la fina capa de material podía separarse de la tela formando una película transparente, continua y flexible. Brandenberger comprendió entonces que aquel accidente de laboratorio podía ser más importante que su proyecto original. Abandonó la idea de fabricar simplemente una tela antimanchas y comenzó a trabajar en aquella película.

El desarrollo no fue inmediato. Uno de los problemas era que la película resultaba demasiado frágil, por lo que Brandenberger incorporó glicerina para aumentar su flexibilidad. Con el tiempo consiguió perfeccionar el proceso y desarrolló maquinaria capaz de producir la película de manera continua. El nombre que eligió fue Cellophane, una combinación relacionada con cellulose y diaphane, término utilizado para expresar la idea de algo transparente o translúcido. La producción industrial comenzó en Francia y, en 1912, ya existía maquinaria patentada para fabricar el material.

La fabricación del celofán resulta particularmente interesante porque, en esencia, consiste en tomar una materia vegetal y volver a construirla en una forma completamente diferente. La celulosa se somete a tratamientos químicos para transformarla en viscosa, una solución que puede hacerse pasar por una ranura extremadamente fina hacia un baño ácido. Allí ocurre la regeneración de la celulosa: la sustancia líquida vuelve a convertirse en celulosa sólida, pero ahora en forma de una película delgada y continua. Después, la película se lava y recibe otros tratamientos para obtener las propiedades deseadas.

El resultado es un material que puede parecer plástico, pero que químicamente pertenece a una familia diferente. El celofán auténtico es una película de celulosa regenerada, no un plástico convencional derivado del petróleo. Es transparente, relativamente resistente a aceites y grasas y ofrece buenas propiedades como barrera frente al aire, los líquidos y determinados contaminantes. Sin embargo, tenía una debilidad importante: aunque podía impedir el paso del agua líquida, dejaba atravesar con facilidad el vapor de agua. Eso significaba que no era suficientemente eficaz para conservar algunos alimentos que necesitaban protección frente a la humedad.

La solución llegó en la década de 1920, cuando DuPont obtuvo los derechos para fabricar celofán en Estados Unidos y trabajó para mejorar sus propiedades. El químico William Hale Charch desarrolló una capa de recubrimiento que permitió fabricar una versión resistente al paso de la humedad. La mejora, introducida en 1927, fue decisiva para convertir al celofán en un material de empaque mucho más útil. Las ventas crecieron rápidamente y el material comenzó a utilizarse de manera masiva en productos alimenticios.

Esta mejora también tuvo consecuencias que fueron mucho más allá de la química. El celofán permitió que los consumidores pudieran observar los productos antes de comprarlos. Durante las décadas de 1920 y 1930, mientras se expandían las tiendas de autoservicio y posteriormente los supermercados, la posibilidad de ver los alimentos sin abrir el paquete resultó especialmente valiosa. El celofán contribuyó de manera importante a su expansión, porque permitía exhibir productos protegidos.

De esta manera, un material que inicialmente había sido pensado para evitar manchas terminó transformando la manera en que se presentaban y comercializaban numerosos productos. Caramelos, chocolates, pan, pasteles, jabones, perfumes y muchos otros artículos comenzaron a envolverse en esta película transparente. El comprador ya no tenía que depender exclusivamente de la descripción del vendedor: podía mirar el producto antes de decidir. La transparencia se convirtió así en una herramienta comercial.

El celofán también encontró usos inesperados. Durante la primera mitad del siglo XX se empleó en diversas aplicaciones industriales y, más tarde, se convirtió en el soporte de algunas de las primeras cintas adhesivas transparentes. En 1930, Richard Drew, de 3M, desarrolló la cinta conocida como Scotch Tape utilizando celofán como soporte transparente.

Otra característica menos conocida del celofán es su comportamiento óptico. Como película de celulosa puede presentar birrefringencia, es decir, puede modificar la forma en que la luz polarizada atraviesa el material. Por eso, cuando se observa entre filtros polarizadores, puede producir patrones y colores llamativos. Esta propiedad ha hecho que las películas de celulosa sean utilizadas también en demostraciones y aplicaciones relacionadas con la óptica.

Con el éxito comercial llegó además una curiosa historia. Cellophane nació como nombre comercial, pero con el tiempo comenzó a utilizarse para describir el propio producto. En Estados Unidos, un tribunal federal determinó en 1936 que el término se había convertido en gran medida en un nombre genérico para identificar ese tipo de película, debilitando la posibilidad de protegerlo como una marca exclusiva en ese mercado. La situación no es idéntica en todos los países: en algunos lugares, términos relacionados con Cellophane continúan teniendo protección como marcas.

El aspecto ambiental del celofán también merece una explicación cuidadosa. Al estar fabricado a partir de celulosa regenerada, el celofán sin determinados recubrimientos sintéticos puede ser biodegradable y compostable en condiciones apropiadas. Los microorganismos pueden descomponer la celulosa, algo que no ocurre de la misma manera con muchos plásticos convencionales. Sin embargo, algunos materiales comercializados con ese nombre son en realidad películas plásticas, mientras que otros celofanes pueden incorporar recubrimientos que modifican considerablemente su comportamiento ambiental. Por eso, para evaluar un producto concreto es necesario conocer su composición y sus recubrimientos.

Además, que el producto final sea de origen vegetal y biodegradable no significa que su fabricación tradicional sea ambientalmente inocua. El proceso de producción de viscosa utiliza disulfuro de carbono, una sustancia tóxica que requiere controles adecuados para proteger tanto a los trabajadores como al medio ambiente. Por esta razón, la historia del celofán tiene una interesante contradicción: el material terminado puede presentar ventajas ambientales frente a determinados plásticos, pero su proceso tradicional de fabricación implica sustancias químicas que deben manejarse cuidadosamente.

Hoy el celofán ya no domina el mercado como lo hizo durante buena parte del siglo XX. Los plásticos como el polipropileno y otros materiales sintéticos suelen ser más baratos, versátiles y fáciles de producir. Aun así, el celofán auténtico continúa utilizándose en envolturas de dulces, regalos, flores, productos alimenticios y determinadas aplicaciones industriales. También ha recuperado interés en algunos sectores que buscan alternativas de origen renovable a las películas plásticas convencionales.

El celofán surgió cuando un investigador observó un problema cotidiano, intentó resolverlo y terminó descubriendo algo completamente diferente. Brandenberger quería impedir que una tela absorbiera una mancha de vino y acabó creando una película transparente que cambiaría la forma de envolver, proteger, exhibir y vender productos durante décadas. Es una buena muestra de cómo funciona muchas veces la innovación: una pregunta aparentemente sencilla —“¿y si pudiéramos hacer esto de otra manera?”— puede terminar abriendo una puerta hacia una tecnología que nadie había imaginado al principio.

Referencias:

Cómo citar

García, Miguel. (17 agosto 2026). Celofán: una copa de vino y un accidente de laboratorio. Celeberrima.com. Última actualización el 17 agosto 2026.