Cuando caminamos por el bosque, el aire se percibe más fresco, el suelo cruje bajo nuestros pies y, sobre nuestra cabeza, aparece un techo verde que filtra la luz del sol. En un bosque encontramos árboles, arbustos, plantas, hongos, animales y microorganismos. Según la definición utilizada por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), un bosque es una extensión de tierra de más de media hectárea con árboles de más de cinco metros de altura y una cobertura de copa superior al diez por ciento, o con árboles capaces de alcanzar esos valores, siempre que el terreno no esté destinado principalmente a la agricultura o a usos urbanos. Según la FAO, los bosques cubren alrededor de 4.14 mil millones de hectáreas, es decir cerca del 32% de la superficie terrestre del planeta.
En la parte superior de los bosques, las copas de los árboles más altos forman un dosel, una cubierta que intercepta buena parte de la luz solar y crea debajo un ambiente sombreado y húmedo. Más abajo viven árboles jóvenes, arbustos, helechos y otras plantas que han aprendido a aprovechar la poca luz disponible. Cerca del suelo se encuentra una auténtica fábrica de reciclaje: hojas, ramas y otros restos orgánicos son descompuestos por hongos, bacterias y pequeños animales, liberando nutrientes que vuelven a estar disponibles para las plantas. Esta estructura permite que numerosas especies compartan un mismo espacio utilizando diferentes niveles, recursos y condiciones ambientales. Los bosques albergan una gran proporción de la biodiversidad terrestre y contienen más de 60000 especies de árboles.
No todos los bosques se parecen. Cerca del ecuador, donde las temperaturas suelen ser altas y las precipitaciones abundantes, encontramos los bosques tropicales húmedos, caracterizados por una enorme diversidad de plantas y animales. En algunas regiones tropicales, una sola hectárea puede contener decenas o incluso más de un centenar de especies de árboles. Más lejos del ecuador aparecen los bosques templados, donde muchas especies están adaptadas a estaciones bien marcadas y algunos árboles, como robles, hayas y arces, pierden sus hojas durante el otoño. En las regiones frías del hemisferio norte se extiende el bosque boreal o taiga, dominado en muchas zonas por coníferas como pinos y abetos. Los bosques boreales constituyen aproximadamente el 27% de los bosques y otras tierras boscosas del mundo y forman parte del mayor bioma terrestre del planeta. Cada tipo de bosque responde a una combinación particular de clima, suelo, relieve, disponibilidad de agua, especies y evolución histórica, pero todos desempeñan funciones ecológicas fundamentales.
La historia de los bosques, además, comenzó muchísimo antes de que existieran los seres humanos. En Cairo, Nueva York, se encuentra uno de los testimonios más extraordinarios de esa historia: un bosque fósil de aproximadamente 385 a 386 millones de años de antigüedad, perteneciente al período Devónico. Sus raíces fosilizadas permiten observar cómo eran algunos de los primeros bosques complejos de la Tierra y muestran que, ya entonces, los árboles estaban transformando profundamente los ecosistemas terrestres.
Y si pensamos que un bosque necesariamente tiene que estar formado por miles de árboles diferentes, Pando, en Utah, nos obliga a cambiar de perspectiva. A simple vista parece una enorme arboleda de álamos temblones, pero sus aproximadamente 47000 tallos son genéticamente idénticos y están conectados por un mismo sistema de raíces. Esta colonia clonal, conocida como Pando, se extiende por unas 43 hectáreas y pesa alrededor de 6000 toneladas. Por su enorme masa se considera el organismo vivo más pesado conocido.
Los bosques también esconden redes que no podemos ver a simple vista. Bajo tierra, las raíces de muchas plantas establecen asociaciones con hongos llamados micorrizas. Estos hongos pueden formar redes que conectan las raíces de diferentes plantas y facilitan el movimiento de sustancias como carbono y nitrógeno. Los trabajos de la ecóloga Suzanne Simard y de otros investigadores contribuyeron a mostrar la importancia de estas redes. En algunos experimentos se ha observado también el movimiento de determinadas moléculas relacionadas con respuestas defensivas. Por eso se ha popularizado la expresión Wood Wide Web. Decir simplemente que “los árboles hablan entre sí” puede resultar engañoso; se trata de procesos ecológicos y fisiológicos complejos.
Los bosques realizan funciones esenciales para el planeta incluso cuando nosotros apenas las percibimos. Los árboles y otros organismos forestales capturan dióxido de carbono mediante la fotosíntesis y almacenan carbono en la biomasa, la materia orgánica y los suelos. Por eso los bosques constituyen uno de los grandes reservorios y sumideros de carbono de los ecosistemas terrestres. Al mismo tiempo, intervienen en el ciclo del agua: sus raíces favorecen la infiltración, la vegetación reduce la erosión y las plantas devuelven agua a la atmósfera mediante la transpiración. De esta manera, los bosques ayudan a regular los ciclos del agua y el clima a distintas escalas.
Si bien es cierto que los bosques producen oxígeno mediante la fotosíntesis, también lo es que consumen oxígeno a través de la respiración de plantas, animales y microorganismos, además de los procesos de descomposición. En un bosque maduro, gran parte de la materia producida termina siendo utilizada y reciclada dentro del propio ecosistema. Su importancia climática no depende, por tanto, de que sean una fábrica gigantesca de oxígeno neto, sino de su capacidad para almacenar carbono, regular el agua, conservar suelos y sostener una extraordinaria diversidad de vida.
En algunos bosques se presenta un fenómeno conocido como crown shyness, o timidez de las copas, en el que las ramas de árboles vecinos mantienen espacios entre sí y forman líneas de cielo que parecen canales dibujados sobre el dosel. No ocurre en todos los bosques ni responde necesariamente a una sola causa; se han propuesto factores como el roce entre ramas, la disponibilidad de luz y la respuesta de los árboles al movimiento producido por el viento.
Y no todos los bosques están sobre tierra firme. En el océano existen los llamados bosques de kelp o bosques de algas, formados por grandes algas pardas que crean estructuras semejantes a un bosque submarino. Algunas especies, como el kelp gigante (Macrocystis pyrifera), pueden crecer en condiciones favorables hasta unos 50 o 60 centímetros por día y alcanzar alrededor de 30 metros de longitud. Sus densas estructuras proporcionan alimento y refugio a una enorme variedad de organismos marinos.
Los bosques también pueden sobrevivir a circunstancias extraordinarias. En Hiroshima, Japón, varios árboles sobrevivieron a la explosión atómica de 1945 y continúan vivos. Entre ellos se encuentran ejemplares de Ginkgo biloba. Uno de los más conocidos se encuentra en el templo Hōsenbō, a unos 1120 metros del hipocentro, y otro ginkgo situado en el jardín Shukkeien se encuentra a unos 1370 metros.
También existen bosques que parecen haber sido dibujados por un artista. En Polonia, cerca de Gryfino, se encuentra el llamado Bosque Torcido, una arboleda de unos 400 pinos plantados alrededor de 1930 cuyos troncos presentan una pronunciada curvatura cerca de la base. La causa exacta no se conoce, aunque la explicación más aceptada apunta a algún tipo de intervención humana durante el crecimiento de los árboles; también se han planteado otras hipótesis, como daños provocados por nieve u otros factores.
En las montañas de los Andes encontramos algunas especies del género Polylepis, particularmente Polylepis tarapacana, que pueden crecer a altitudes extraordinarias, llegando a formar bosques y bosquetes cerca de los 5000 metros sobre el nivel del mar. En el entorno del nevado Sajama, en Bolivia, se han registrado árboles de esta especie alrededor de los 5200 metros, cerca del límite superior del crecimiento arbóreo. Son árboles sometidos a condiciones extremas de frío, viento, radiación y escasez de agua. La vida puede adaptarse a ambientes que, a primera vista, parecen casi imposibles.
A pesar de toda esta capacidad de adaptación, los bosques enfrentan una presión enorme. La expansión agrícola, la explotación forestal, los incendios, la urbanización, la minería, las plagas y el cambio climático pueden destruirlos, degradarlos o fragmentarlos.
El bosque es mucho más que un conjunto de árboles. Proporciona madera, fibras, alimentos, productos medicinales y otros recursos; ayuda a conservar suelos y agua y sostiene los medios de vida de millones de personas. También tiene un valor cultural, espiritual y recreativo enorme. Muchas comunidades indígenas mantienen una relación profunda con los bosques y poseen conocimientos acumulados durante generaciones sobre sus plantas, animales y ciclos naturales. Cuidar y proteger los bosques significa conservar una parte fundamental del funcionamiento de la Tierra y, en última instancia, proteger también las condiciones que hacen posible nuestra propia vida.
Referencias:
- Forests then and now: managing for ecosystem benefits, services to humans, and healthy forests across scales – ScienceDirect
- Forestry | Springer Nature Link
- Ecosystem services | Forests and society | Forest Information System of Europe
- UNESCO’s commitment to biodiversity | UNESCO
- Selva – Wikipedia, la enciclopedia libre
- Bosques de la península ibérica – Wikipedia, la enciclopedia libre
- Forest | Definition, Ecology, Types, Trees, Examples, & Facts | Britannica