El Monte de las Cruces, en las montañas situadas entre el valle de Toluca y el valle de México, se convirtió en escenario de una de las batallas más importantes y sangrientas de los primeros meses de la lucha por la Independencia de México. Todo había comenzado apenas unas semanas antes. El 16 de septiembre, el cura Miguel Hidalgo y Costilla había llamado a levantarse contra el gobierno virreinal en el pueblo de Dolores, y miles de personas se habían unido al movimiento. Entre ellas había campesinos, trabajadores, indígenas, habitantes de pueblos y ciudades, además de militares como Ignacio Allende, Juan Aldama y Mariano Jiménez. El ejército insurgente creció rápidamente mientras avanzaba por el centro de la Nueva España. Después de ocupar San Miguel el Grande, Celaya y Guanajuato, y de pasar por Valladolid y Toluca, sus dirigentes tenían puesta la mirada en la Ciudad de México, sede del gobierno virreinal.
La noticia de que aquella enorme fuerza se acercaba provocó alarma entre las autoridades. El virrey Francisco Xavier Venegas encargó al coronel Torcuato Trujillo que organizara la defensa y detuviera a los insurgentes antes de que pudieran acercarse a la capital. Trujillo tomó posiciones en el Monte de las Cruces, aprovechando el terreno montañoso y la ventaja de contar con tropas mejor entrenadas, fusiles y artillería. Su fuerza era muy inferior en número a la insurgente, aunque las cifras exactas varían según las fuentes y las estimaciones históricas. Del lado insurgente, algunas fuentes hablan de decenas de miles de combatientes, incluso más de 50 mil, pero no todos eran soldados de carrera ni estaban armados o entrenados de la misma manera. Muchos llevaban lanzas, machetes, hondas y otras armas improvisadas.
El nombre del lugar también tiene una historia llamativa. El camino que atravesaba aquellas montañas era considerado peligroso desde la época colonial, y existían numerosas cruces colocadas para recordar a personas que habían muerto en el trayecto, algunas de ellas víctimas de asaltos. De ahí habría surgido el nombre de Monte de las Cruces.
La batalla comenzó durante la mañana del 30 de octubre. Las tropas realistas habían escogido una posición defensiva favorable y utilizaron sus fusiles y cañones para contener los ataques insurgentes. Frente a ellas se encontraba una fuerza mucho más numerosa, pero también mucho más heterogénea. La superioridad en número no significaba necesariamente superioridad militar: muchos insurgentes carecían de entrenamiento y armamento adecuado, mientras que los defensores tenían a su favor su disciplina y la artillería.
Aun así, la enorme diferencia numérica terminó siendo decisiva. Ignacio Allende, Mariano Jiménez y otros jefes insurgentes desempeñaron un papel importante en la conducción del combate. Las fuerzas insurgentes consiguieron avanzar sobre las posiciones realistas y capturar parte de su artillería. Algunos relatos tradicionales también mencionan el empleo de armas improvisadas por los insurgentes, incluidos cañones rudimentarios. Sin embargo, los detalles varían entre las fuentes y algunas versiones posteriores pudieron exagerar el carácter improvisado del armamento insurgente.
Después de varias horas de combate, las fuerzas de Trujillo se vieron obligadas a retirarse hacia la Ciudad de México. La batalla terminó con una victoria insurgente y con numerosas bajas en ambos bandos.
Entre los oficiales que combatieron del lado realista se encontraba un joven Agustín de Iturbide. Su participación en el conflicto de 1810 ocurrió precisamente en el bando contrario al movimiento encabezado por Hidalgo. Años después, sin embargo, Iturbide cambiaría de posición política y militar y desempeñaría un papel fundamental en la consumación de la Independencia en 1821. Por eso, el Monte de las Cruces puede considerarse uno de los primeros episodios de una trayectoria que terminaría llevándolo, más de una década después, a convertirse en una de las figuras centrales del desenlace de la guerra.
Pero ¿por qué, después de derrotar a las fuerzas realistas y tener relativamente abierto el camino hacia la Ciudad de México, Hidalgo no decidió ocupar la capital? Este es uno de los grandes enigmas y debates de la primera etapa de la Independencia. Después de la victoria, algunos de los principales jefes insurgentes consideraban que había llegado el momento de avanzar sobre la capital. La Ciudad de México no estaba preparada para enfrentar directamente a una fuerza insurgente tan numerosa, aunque tampoco puede decirse que estuviera completamente indefensa. Hidalgo, sin embargo, decidió no emprender de inmediato el ataque. Incluso hubo contactos para intentar negociar con las autoridades virreinales, pero el virrey Venegas rechazó cualquier acuerdo que implicara la rendición.
Las razones exactas de la decisión de Hidalgo siguen siendo objeto de debate. Se ha planteado que pudo temer un saqueo y una matanza si sus tropas entraban en una ciudad enorme y difícil de controlar; también se ha señalado el cansancio y las pérdidas sufridas por el ejército insurgente, así como la posibilidad de que Hidalgo considerara que una victoria militar en la capital podía provocar una reacción aún más fuerte de las fuerzas realistas. También existían diferencias entre Hidalgo y algunos de sus principales colaboradores sobre la estrategia que debía seguirse. Detrás de la decisión de Hidalgo había factores militares, políticos y logísticos.
Lo que sí está claro es que la decisión tuvo consecuencias enormes. En lugar de entrar en la Ciudad de México, las fuerzas insurgentes comenzaron a retirarse. Poco después, el 7 de noviembre de 1810, fueron derrotadas por las tropas realistas de Félix María Calleja en la batalla de Aculco. El movimiento que había avanzado con enorme rapidez desde Dolores comenzó a perder parte del impulso que había conseguido durante sus primeras semanas.
Hoy, el escenario histórico del combate se encuentra en la zona del actual Parque Nacional Miguel Hidalgo y Costilla, conocido popularmente como La Marquesa, aunque el campo de batalla de aquel momento debe entenderse como un área más amplia del paisaje montañoso. En la región existen monumentos y espacios dedicados a recordar aquel enfrentamiento y a los protagonistas de los primeros años de la Independencia.
La Batalla del Monte de las Cruces demostró que el movimiento insurgente tenía una fuerza humana extraordinaria y que podía derrotar a tropas realistas mejor organizadas y equipadas. Pero también reveló uno de sus grandes problemas: convertir una enorme movilización popular en una fuerza militar capaz de conquistar, ocupar y gobernar los principales centros de poder de la Nueva España.
Esta batalla fue uno de los momentos culminantes de la primera etapa de la Independencia: una victoria insurgente, obtenida gracias a una enorme superioridad numérica y a la conducción de sus principales jefes, pero seguida de una decisión estratégica que todavía genera preguntas entre los historiadores. A partir de entonces, la guerra tomaría un rumbo más difícil. La oportunidad de alcanzar rápidamente la capital se había perdido, y el movimiento encabezado por Hidalgo tendría que enfrentarse a un enemigo cada vez más organizado. La Independencia de México estaba apenas comenzando, pero ya se habían puesto de manifiesto muchas de las contradicciones, dificultades y decisiones que marcarían los años siguientes.
Referencias: