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Alonso de Ercilla: el soldado-poeta de La Araucana

Biografía de Alonso de Ercilla y Zúñiga

Alonso de Ercilla y Zúñiga formó parte de la nobleza en la España del siglo XVI, criado entre lujos de palacio, pero con un espíritu aventurero. Él combinó la espada y la pluma como pocos, y terminó convirtiéndose en uno de los grandes narradores de la conquista americana. Nació el 7 de agosto de 1533 en Madrid, en una familia de origen vasco de Bermeo, su padre era un importante jurista en la corte de Carlos V y su madre era linaje noble; pero la vida le dio un giro cuando su padre murió poco después de su nacimiento, dejando a la familia en apuros económicos. Gracias a las conexiones de la corte, su madre entró como dama de la emperatriz y el pequeño Alonso, con apenas unos años, se convirtió en paje del príncipe Felipe, el futuro Felipe II.

Creció rodeado de lo mejor de la educación renacentista, viajando por Europa con el príncipe desde los quince años por Italia, Alemania, Flandes e Inglaterra, aprendiendo latín, francés, italiano y alemán como quien respira, mientras absorbía lecciones de armas, diplomacia y letras que le marcarían para siempre. En Londres, en 1555, escuchó historias fascinantes de un aventurero llamado Jerónimo de Alderete y las maravillas y peligros del Nuevo Mundo, eso fue como prenderle la mecha, con solo veintidós años, dejó la comodidad de la corte y se embarcó rumbo a América el 15 de octubre de ese mismo año. Alderete murió en Panamá, pero Alonso siguió adelante, llegó a Perú en 1556, entonces se unió a la expedición del nuevo gobernador de Chile, García Hurtado de Mendoza, llegando al puerto de Coquimbo el 23 de abril de 1557.

Allí, en las tierras del sur que hoy conocemos como Chile, vivió lo que sería la gran aventura de su vida, Durante unos diecisiete meses, entre 1557 y 1559, participó en las duras campañas contra los mapuches, a los que entonces llamaban araucanos, en batallas como las de Lagunillas, Quiapo y Millarapue, donde fue testigo de la resistencia feroz de un pueblo que no se dejaba doblegar fácilmente. No solo luchaba, sino que anotaba todo en tiempo, en medio del caos empezó a escribir su gran obra, La Araucana, en trozos de cuero, pedazos de cartas viejas o cortezas de árboles, a veces hasta en un tronco en Chiloé donde, según cuenta, grabó versos con su cuchillo. Hubo momentos dramáticos, como un incidente en Osorno en 1558 durante una fiesta, donde cruzó espadas con un capitán llamado Juan de Pineda; el gobernador casi lo manda ejecutar, pero dos mujeres, una española y una indígena, intercedieron y le salvaron la vida, algo que él mismo recordó con gratitud. Después de eso, pasó por Lima y Panamá antes de volver a España en 1563, sin riquezas ni encomiendas, pero con un montón de experiencias en su repertorio.

De regreso en la corte, Alonso se casó, en 1570, con María de Bazán, una mujer noble e inteligente que le trajo estabilidad económica y una vida familiar en Madrid, pronto fue nombrado gentilhombre de la corte y caballero de la Orden de Santiago, cargos que le permitieron dedicarse a lo que realmente le apasionaba. Publicó la primera parte de La Araucana en 1569, dedicada a su viejo amigo Felipe II, y la obra fue un éxito rotundo en España y más allá; luego vinieron la segunda en 1578 y la tercera en 1589, completando un poema épico de treinta y siete cantos en octavas reales que mezclaba historia con toques poéticos inspirados en clásicos como Virgilio o Ariosto. No era solo un canto a la conquista española, Alonso retrató a los mapuches con respeto y admiración, como guerreros nobles y valientes dignos de las antiguas epopeyas. Como si hoy un soldado escribiera un libro elogiando el coraje del enemigo en una guerra moderna. Cervantes la elogió en El Quijote como una de las mejores épicas en castellano, y con el tiempo se convirtió en un pilar de la literatura.

A lo largo de los siguientes años, Alonso siguió involucrado en tareas de la corte, participando en algunos asuntos diplomáticos y disfrutando de una existencia relativamente tranquila gracias a su matrimonio y a una herencia familiar que le llegó en el momento justo, aunque nunca olvidó aquellos años de penurias en Chile. Murió el 29 de noviembre de 1594, algunos registros mencionan el día 28, a los sesenta y un años. Su legado lo convirtió en el soldado-poeta del Siglo de Oro.

Frases de Alonso de Ercilla y Zúñiga

  1. Que siempre por señales o razones se suelen descubrir las intenciones.
  2. La mucha alegría es presagio de tristeza.
  3. El excesivo rigor en el castigo justifica la causa del enemigo.
  4. Que en parte ya parece que consiente quien perdona ligera y fácilmente.
  5. El dejar de querer mal es un inicio para querer bien.
  6. No hay cosa más difícil bien mirado que conocer a un necio si es callado.

Referencias:

Cómo citar

García, Miguel. (05 abril 2026). Alonso de Ercilla: el soldado-poeta de La Araucana. Celeberrima.com. Última actualización el 05 abril 2026.