A mediados de la década de 1830, Estados Unidos vivía una etapa de gran optimismo económico. La tierra se compraba y revendía a precios cada vez más altos, los bancos concedían préstamos con facilidad y el algodón, uno de los principales productos de exportación del país, generaba importantes ingresos gracias a la demanda europea. Muchos estadounidenses creían que aquella prosperidad continuaría indefinidamente. Sin embargo, detrás de esa aparente riqueza se acumulaban graves problemas: la especulación con terrenos, el exceso de crédito, la emisión de billetes bancarios sin suficientes reservas de oro y plata y la falta de controles eficaces sobre numerosas instituciones financieras. Cuando la confianza se derrumbó, surgió una crisis financiera que dio paso a una prolongada depresión económica durante buena parte de la década y dejó profundas consecuencias sociales, políticas y comerciales.
Para comprender cómo se llegó a esta situación, es necesario remontarse a la presidencia de Andrew Jackson. El mandatario desconfiaba del Segundo Banco de los Estados Unidos, una institución con funciones semejantes a las de un banco central moderno, porque consideraba que concentraba demasiado poder económico y favorecía los intereses de una minoría privilegiada. En 1832 vetó la renovación de su autorización legal y, posteriormente, ordenó retirar los depósitos federales de esa institución para distribuirlos entre determinados bancos estatales. Estos bancos, conocidos popularmente como «bancos mascotas», adquirieron mayor importancia en el sistema financiero y, en muchos casos, ampliaron sus préstamos sin mantener reservas suficientes para responder a las solicitudes de sus clientes. Al mismo tiempo, la compra de tierras públicas se convirtió en una actividad especulativa: numerosos compradores adquirían terrenos con dinero prestado, convencidos de que podrían revenderlos a precios superiores y obtener grandes ganancias.
Preocupado por esta fiebre especulativa, Jackson promulgó en 1836 una disposición que exigía, con ciertas excepciones, que las tierras públicas se pagaran con monedas de oro o plata, en lugar de utilizar los billetes emitidos por los bancos. Aunque la medida pretendía frenar la especulación y proteger el valor del dinero, también aumentó la presión sobre las reservas metálicas del sistema bancario. Los compradores necesitaban conseguir monedas para adquirir terrenos y muchos bancos tuvieron dificultades para satisfacer esa demanda. A estos problemas se sumaron las restricciones crediticias del Banco de Inglaterra, motivadas en parte por la salida de oro hacia Estados Unidos, así como la caída de los precios del algodón, provocada por una combinación de factores relacionados con la oferta, la demanda y las condiciones del comercio internacional. El algodón era fundamental para la economía estadounidense. Cuando disminuyeron los ingresos procedentes de su venta, los comerciantes y las empresas que dependían de ese negocio comenzaron a tener dificultades para pagar sus deudas.
La crisis estalló en mayo de 1837, durante la presidencia de Martin Van Buren, quien había asumido el cargo apenas unas semanas antes, el 4 de marzo de ese año. El 10 de mayo, los bancos de Nueva York suspendieron la conversión de sus billetes en monedas de oro y plata, al no poder hacer frente a las solicitudes de pago. La decisión desencadenó una reacción en cadena: otras instituciones financieras siguieron el mismo camino, los depositantes intentaron retirar sus ahorros y los bancos redujeron drásticamente los préstamos. El crédito prácticamente se paralizó y numerosas empresas se quedaron sin recursos para continuar sus actividades. Durante los primeros meses de la crisis, cientos de bancos suspendieron sus pagos o quebraron.
Muchas empresas cerraron, el comercio se contrajo, los precios descendieron durante largos periodos y el desempleo aumentó considerablemente, sobre todo en las ciudades. En Nueva York, miles de trabajadores perdieron sus empleos y numerosas familias tuvieron que recurrir a la ayuda de organizaciones caritativas para conseguir alimentos y otros productos básicos. La desesperación también provocó protestas. En febrero de 1837, antes del estallido formal de la crisis bancaria, el llamado Motín de la Harina reunió a una multitud que saqueó almacenes de harina en Nueva York, en medio del descontento por el costo de los alimentos y las desigualdades económicas. Las tensiones sociales acompañaban a una economía en la que la especulación y las dificultades de subsistencia convivían con grandes fortunas.
La crisis también afectó a las finanzas públicas. Varios estados habían solicitado préstamos para financiar proyectos de infraestructura y otras iniciativas, confiando en que el crecimiento económico permitiría devolverlos. Cuando los ingresos disminuyeron y el crédito se volvió más difícil de conseguir, algunos gobiernos estatales dejaron de pagar sus deudas. Nueve estados y el territorio de Florida incurrieron en impagos o repudiaron parte de sus obligaciones durante la crisis y sus secuelas. Estos incumplimientos perjudicaron la reputación financiera de los gobiernos estadounidenses ante los inversionistas extranjeros, especialmente en los mercados europeos.
La escasez de monedas y la desconfianza hacia los billetes bancarios también impulsaron la aparición de medios de pago alternativos. Entre ellos destacaron las fichas de cobre conocidas como Hard Times Tokens, que comerciantes y particulares utilizaron durante la década de 1830 como sustitutos informales de las monedas de pequeña denominación. Algunas incluían mensajes políticos y críticas a las decisiones económicas del gobierno, por lo que hoy constituyen testimonios históricos de los debates y las frustraciones de aquella época.
Martin Van Buren, por su parte, tuvo que afrontar las consecuencias políticas de una crisis que había comenzado a gestarse durante la presidencia de su antecesor. Aunque el nuevo mandatario no había provocado por sí solo el colapso, buena parte de la población lo responsabilizó de la situación. Sus adversarios popularizaron el apodo despectivo «Martin Van Ruin», un juego de palabras que lo presentaba como responsable de la ruina económica. Su gobierno defendió la separación de los fondos federales de los bancos comerciales y promovió la creación de un sistema de Tesorería Independiente, que finalmente se estableció por ley en 1840, aunque su aplicación y continuidad estuvieron sujetas a disputas políticas.
Las repercusiones de la crisis se extendieron más allá de las fronteras estadounidenses. Cuando el escritor británico Charles Dickens visitó Estados Unidos en 1842, el país todavía sufría las consecuencias de la depresión. En sus notas de viaje, publicadas posteriormente en American Notes, criticó distintos aspectos de la sociedad estadounidense, incluidas algunas de sus prácticas comerciales y financieras.
Entre las consecuencias duraderas de la crisis también estuvo la necesidad de contar con información más confiable sobre la solvencia de comerciantes y empresas. En 1841, Lewis Tappan fundó la Mercantile Agency, una organización que recopilaba y distribuía información comercial para ayudar a evaluar la confiabilidad de los posibles socios y clientes. Esta iniciativa fue una precursora de las modernas agencias de información crediticia y terminó vinculada, a través de la evolución empresarial posterior, con la historia de Dun & Bradstreet.
El Pánico de 1837 surgió de la combinación de especulación inmobiliaria, expansión excesiva del crédito, debilidades del sistema bancario, cambios en la política monetaria y problemas comerciales internacionales. La crisis mostró los riesgos de una economía que dependía de préstamos fáciles y un sistema financiero vulnerable a la pérdida de confianza. El episodio dejó lecciones duraderas sobre el crédito, la regulación bancaria, la especulación y la relación entre las decisiones políticas y la estabilidad económica.
Referencias: