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Segunda Cristiada: causas, desarrollo y fin del conflicto

Después de que la Guerra Cristera (1926 a 1929) había terminado oficialmente el 21 de junio de 1929 con los llamados “Arreglos”, la tensión entre sectores católicos y el Estado permaneció durante los siguientes años. Aquellos acuerdos, alcanzados entre el gobierno del presidente Emilio Portes Gil y la jerarquía católica con la intervención del embajador estadounidense Dwight Morrow, permitieron el regreso al culto público y ofrecieron amnistía a los cristeros que depusieran las armas. Sin embargo, las disposiciones anticlericales de la Constitución de 1917 y de la llamada Ley Calles no fueron eliminadas. Además, muchos antiguos combatientes denunciaron que, después de entregar las armas, continuaron las persecuciones y asesinatos. El historiador Jean Meyer señaló que, según numerosos testimonios, muchos cristeros murieron después de los Arreglos, lo que alimentó entre algunos de ellos la sensación de haber sido traicionados.

En ese ambiente de desconfianza, la situación volvió a tensarse a partir de 1934, cuando el gobierno de Lázaro Cárdenas impulsó una reforma del artículo tercero constitucional que estableció la educación socialista. El nuevo texto señalaba que la educación impartida por el Estado debía combatir el fanatismo y los prejuicios y buscar una formación basada en una concepción racional y científica del mundo. Para muchas familias católicas, especialmente en zonas rurales del centro y occidente del país, aquello representaba una nueva amenaza contra sus creencias y contra su derecho a transmitirlas a sus hijos. También se mezclaron conflictos agrarios, rechazo a algunas políticas gubernamentales y el recuerdo todavía reciente de la violencia de la primera Cristiada.

La resistencia adoptó inicialmente formas civiles. En algunas comunidades, padres de familia organizaron protestas, boicots y ausentismo escolar para impedir que sus hijos asistieran a las escuelas públicas. Al mismo tiempo, algunos grupos optaron nuevamente por las armas. Así surgió lo que suele denominarse Segunda Cristiada, Segunda Guerra Cristera o, simplemente, la Cristiada de los años treinta. A diferencia de la primera guerra, esta nueva insurrección fue mucho más pequeña, fragmentada y localizada. La jerarquía católica, que había aprendido de la experiencia anterior y buscaba evitar una nueva guerra abierta, no la respaldó y en términos generales llamó a los católicos a recurrir a medios pacíficos y de resistencia civil.

Los nuevos levantados fueron principalmente antiguos cristeros, campesinos, rancheros y grupos locales que volvieron a tomar las armas de manera dispersa. Los principales focos de actividad estuvieron en regiones del occidente y centro del país, especialmente en Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Zacatecas, Durango, Colima y otras zonas donde la primera Cristiada había tenido una fuerte presencia. No existió un ejército cristero unificado comparable al de los últimos años de la primera guerra. Las partidas guerrilleras actuaban por separado, con pocos recursos, escaso armamento y sin una dirección central capaz de coordinar eficazmente todas las operaciones.

Entre los dirigentes de esta etapa destacó Lauro Rocha, médico y antiguo combatiente cristero que intentó organizar y coordinar distintos grupos rebeldes. Sin embargo, la Segunda Cristiada nunca llegó a convertirse en una insurrección nacional de gran escala. Sus fuerzas fueron muy inferiores a las de la primera guerra. La organización clandestina conocida como La Base también desempeñó un papel importante en la resistencia católica, particularmente en tareas de comunicación, apoyo y organización, aunque no debe confundirse con un mando militar único de todos los grupos armados.

La violencia alcanzó a numerosos civiles y tuvo uno de sus aspectos más dolorosos en los ataques contra maestros rurales. Los profesores enviados a comunidades alejadas se convirtieron en blanco de grupos rebeldes que los identificaban con las políticas educativas del gobierno. Hubo asesinatos, secuestros, torturas y mutilaciones, incluidos casos en los que se les cortaron las orejas como forma de intimidación y castigo. Al mismo tiempo, las fuerzas gubernamentales y sus colaboradores también recurrieron a métodos violentos contra los rebeldes y las comunidades consideradas simpatizantes de la insurrección. De esta manera, el conflicto volvió a convertir a poblaciones rurales en escenarios de una lucha en la que la religión, la educación, la política y los problemas sociales estaban profundamente mezclados.

La oposición a la educación socialista tampoco se limitó a los enfrentamientos armados. En algunas regiones, las comunidades organizaron verdaderas campañas de resistencia escolar y rechazaron determinadas disposiciones educativas que consideraban incompatibles con sus creencias.

La Segunda Cristiada fue una guerra de características muy distintas de la primera. No tuvo el mismo número de combatientes, tampoco la misma coordinación ni repercusión nacional. Se trató de rebeliones locales y acciones parecidas a una guerrilla. Su debilidad militar y la falta de un respaldo abierto de la Iglesia hicieron difícil que pudiera alcanzar la dimensión de la Cristiada de 1926-1929.

Con el paso del tiempo, la política del gobierno también cambió. Durante el sexenio de Lázaro Cárdenas se produjo una evolución hacia una aplicación menos rígida de algunas medidas anticlericales, mientras que el ambiente político nacional comenzó a alejarse de los momentos más radicales de los primeros años de su gobierno. La muerte de Lauro Rocha en 1938 debilitó todavía más a algunos de los grupos rebeldes. Los últimos focos fueron desapareciendo gradualmente y, hacia finales de la década de 1930 y comienzos de la de 1940, la lucha armada prácticamente había desaparecido.

El cambio político se hizo todavía más evidente durante el gobierno de Manuel Ávila Camacho, quien se declaró creyente y adoptó una política de conciliación con la Iglesia católica. El Estado redujo considerablemente la confrontación religiosa y se abrió una etapa de relaciones más moderadas. En 1946, además, una nueva reforma del artículo tercero eliminó el carácter socialista de la educación, lo que confirmó el abandono de una de las políticas que habían provocado mayor resistencia durante la década anterior.

La Segunda Cristiada fue una rebelión mucho más pequeña y fragmentada, alimentada por las heridas que había dejado la primera contienda y por la oposición a las nuevas políticas.

Referencias:

Cómo citar

García, Miguel. (17 octubre 2026). Segunda Cristiada: causas, desarrollo y fin del conflicto. Celeberrima.com. Última actualización el 17 octubre 2026.