El Tratado de Guadalupe Hidalgo, firmado el 2 de febrero de 1848 en la Villa de Guadalupe Hidalgo, entonces ubicada al norte de la Ciudad de México, puso fin formalmente a la guerra entre México y Estados Unidos, iniciada en 1846. Su nombre oficial era Tratado de Paz, Amistad, Límites y Arreglo Definitivo entre los Estados Unidos Mexicanos y los Estados Unidos de América. El documento se negoció en circunstancias muy desfavorables para México, después de que las fuerzas estadounidenses habían avanzado por distintos frentes y ocupado la Ciudad de México en septiembre de 1847.
El origen del conflicto estaba estrechamente relacionado con Texas. México no reconocía la independencia de Texas, proclamada en 1836, y rechazaba su posterior anexión a Estados Unidos en 1845. Además, ambos países mantenían una disputa sobre la frontera: México consideraba que el límite de Texas estaba en el río Nueces, mientras que Estados Unidos sostenía que llegaba hasta el río Bravo o Grande. En abril de 1846 ocurrió un enfrentamiento entre fuerzas de ambos países en la zona disputada, conocido como el combate de Thornton. El presidente estadounidense James K. Polk utilizó ese episodio para solicitar al Congreso la declaración de guerra. Durante los meses siguientes, las tropas estadounidenses avanzaron desde diferentes direcciones, ocuparon territorios mexicanos y finalmente llegaron a la capital. Con el gobierno mexicano debilitado y las fuerzas estadounidenses ocupando la Ciudad de México, comenzaron las negociaciones para poner fin al conflicto.
El principal negociador estadounidense fue Nicholas P. Trist, enviado por el gobierno de Polk. Por parte de México participaron Luis Gonzaga Cuevas, Bernardo Couto y Miguel Atristain. Las conversaciones fueron difíciles y estuvieron marcadas por las profundas diferencias entre ambos gobiernos. Polk terminó ordenando el regreso de Trist a Estados Unidos, pero el diplomático decidió permanecer en México y continuar las negociaciones. Finalmente, ambas delegaciones llegaron a un acuerdo y el tratado fue firmado el 2 de febrero de 1848 en Guadalupe Hidalgo. Después tuvo que ser ratificado por los gobiernos de ambos países. El tratado entró en vigor el 30 de mayo de 1848.
El acuerdo estableció que el río Bravo sería la frontera entre Texas y México y que México cedería a Estados Unidos una vasta extensión territorial. Los territorios involucrados corresponden actualmente a California, Nevada, Utah, Nuevo México y buena parte de Arizona, además de partes de Colorado y Wyoming. En términos generales, la superficie cedida rondó los 2.4 millones de kilómetros cuadrados. A cambio, Estados Unidos pagaría a México 15 millones de dólares. Además, asumió el pago de determinadas reclamaciones de ciudadanos estadounidenses contra el gobierno mexicano, por un valor de 3.25 millones de dólares. La operación fue una compraventa ordinaria de tierras: fue el resultado de una guerra en la que México se encontraba militarmente derrotado y Estados Unidos ocupaba la capital mexicana.
El tratado también estableció disposiciones para los habitantes mexicanos de los territorios que pasaban a Estados Unidos. Los artículos VIII y IX reconocían derechos relacionados con la propiedad y establecían mecanismos para que los habitantes mexicanos pudieran conservar sus propiedades y optar por permanecer en los territorios cedidos o trasladarse a México. Quienes permanecieran podían adquirir la ciudadanía estadounidense conforme a las condiciones establecidas por el tratado. Sin embargo, la aplicación de estas garantías estuvo lejos de ser sencilla. Durante las décadas posteriores, numerosos antiguos propietarios mexicanos enfrentaron conflictos legales, dificultades para demostrar sus derechos sobre las tierras, pérdida de propiedades y distintas formas de discriminación.
El tratado también estuvo acompañado por el llamado Protocolo de Querétaro, firmado el 26 de mayo de 1848, que buscó aclarar el alcance de algunas disposiciones del acuerdo, especialmente las relacionadas con los derechos de los habitantes de los territorios cedidos. Su importancia práctica fue limitada frente a los problemas que surgieron posteriormente.
Para México, las consecuencias fueron profundas. La guerra y el tratado dejaron al país con una pérdida territorial de aproximadamente 2.4 millones de kilómetros cuadrados y contribuyeron a reforzar la percepción de una grave debilidad política y militar frente a su vecino del norte. Miles de habitantes que vivían en los territorios cedidos quedaron dentro de Estados Unidos sin haberse desplazado de sus hogares; simplemente había cambiado la frontera que los rodeaba. De acuerdo con las disposiciones del tratado, podían conservar sus propiedades y decidir si permanecían en Estados Unidos o se trasladaban a México, pero en la práctica muchos tuvieron dificultades para defender sus derechos sobre la tierra.
Para Estados Unidos, la adquisición de estos territorios significó una expansión decisiva hacia el Pacífico. Poco después, en 1853, la compra de La Mesilla añadió otra franja de territorio a su expansión continental. Sin embargo, las nuevas tierras también plantearon un problema político que tendría consecuencias trascendentales: determinar si los nuevos territorios permitirían o prohibirían la esclavitud. La disputa sobre este asunto intensificó las tensiones entre los estados esclavistas y los estados libres y formó parte del conjunto de conflictos que desembocaron en la Guerra Civil estadounidense en 1861.
El Tratado de Guadalupe Hidalgo redibujó la frontera entre México y Estados Unidos, transformó la vida de las poblaciones que habitaban los territorios cedidos y modificó el equilibrio territorial de América del Norte. Sus consecuencias todavía pueden observarse en lugares como California, Arizona, Nuevo México, Nevada y Utah, así como a lo largo de la frontera del río Bravo.
Referencias: