En medio de la Guerra de Independencia, mientras las fuerzas insurgentes luchaban contra el gobierno virreinal y se desplazaban constantemente para evitar a las tropas realistas, un grupo de hombres se preguntó cómo debía organizarse el país que querían construir. De ese esfuerzo nació la Constitución de Apatzingán, cuyo nombre oficial fue Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana, sancionado el 22 de octubre de 1814 por el Congreso de Anáhuac en Apatzingán, Michoacán. Dos días después, el 24 de octubre, el Supremo Gobierno ordenó que el documento fuera publicado y circulado entre las autoridades insurgentes.
Para entender por qué fue tan importante hay que regresar a los primeros años de la insurgencia. Después de la muerte de Miguel Hidalgo en 1811, José María Morelos asumió un papel central en el movimiento y comprendió que la lucha no podía limitarse a los campos de batalla. Era necesario establecer las bases políticas de una nación independiente. Por eso convocó un congreso que comenzó sus trabajos en Chilpancingo el 14 de septiembre de 1813. Allí presentó los Sentimientos de la Nación, documento en el que planteó ideas como la independencia absoluta de España, la soberanía popular, la igualdad, la abolición de la esclavitud y la división de poderes. Poco después, el Congreso declaró formalmente la independencia de la América Mexicana y comenzó a trabajar en una constitución.
La tarea, sin embargo, se desarrolló en circunstancias extraordinariamente difíciles. Las fuerzas realistas perseguían al Congreso y a los principales dirigentes insurgentes, por lo que la asamblea tuvo que convertirse prácticamente en un congreso itinerante. Desde Chilpancingo pasó por diferentes poblaciones de los actuales estados de Guerrero y Michoacán hasta llegar a Apatzingán. El recorrido incluyó lugares como Tlacotepec, Ajuchitlán, Huetamo, Ario, Uruapan y Tiripetío. Los diputados trabajaban mientras enfrentaban escasez, enfermedades, desplazamientos constantes y la amenaza de ser capturados.
El resultado de ese esfuerzo fue un documento de 242 artículos, dividido en dos grandes partes: Principios o Elementos Constitucionales y Forma de Gobierno. Entre quienes participaron en su elaboración y discusión estuvieron José María Liceaga, José Sixto Verduzco, José María Morelos, José Manuel de Herrera, José María Cos, José Sotero de Castañeda, Cornelio Ortiz de Zárate, Manuel de Aldrete y Soria, Antonio José Moctezuma y José María Ponce de León, entre otros. También contribuyeron con sus ideas personajes que no pudieron firmar el documento, entre ellos Ignacio López Rayón, Andrés Quintana Roo y Carlos María de Bustamante.
La Constitución recibió influencias importantes de las ideas políticas de su tiempo. Entre ellas estuvieron la Constitución de Cádiz de 1812, el pensamiento de la Ilustración, la Revolución francesa y las experiencias constitucionales de Estados Unidos. Sin embargo, los insurgentes adaptaron esas ideas a su propio proyecto político. A diferencia de la Constitución de Cádiz, que establecía una monarquía constitucional, el documento de Apatzingán planteó una organización republicana y representativa, basada en la soberanía popular.
Uno de sus principios fundamentales era precisamente que la soberanía residía en el pueblo. A partir de esta idea se estableció la división de poderes. El Legislativo quedaría en manos del Supremo Congreso Mexicano; el Judicial correspondería al Supremo Tribunal de Justicia; y el Ejecutivo estaría depositado en un órgano colegiado denominado Supremo Gobierno.
Este último fue uno de los aspectos más singulares del documento. Para evitar que el poder ejecutivo se concentrara en una sola persona, se estableció que el Supremo Gobierno estaría integrado por tres individuos con igual autoridad, que se turnarían en la presidencia cada cuatro meses. Los integrantes que formaron ese gobierno fueron José María Liceaga, José María Morelos y José María Cos.
La Constitución también contenía una declaración de derechos. Reconocía principios como la igualdad, la libertad, la seguridad y la propiedad; establecía garantías frente a abusos de la autoridad y contemplaba la libertad de expresión e imprenta. También prohibía la esclavitud y la tortura. Estas disposiciones muestran que los insurgentes concebían la independencia como la construcción de un nuevo orden basado en determinados derechos y libertades.
La Constitución tampoco fue un documento puramente teórico. El Congreso y el gobierno insurgente intentaron poner en funcionamiento las instituciones que había establecido. De hecho, el Supremo Tribunal de Justicia comenzó a operar en Ario en 1815. Sin embargo, las condiciones militares hicieron imposible que el nuevo orden constitucional se extendiera de manera general por el territorio. Su aplicación fue necesariamente limitada a las zonas que estaban bajo control insurgente.
La persecución realista continuó. En noviembre de 1815, cuando el Congreso insurgente se desplazaba hacia Tehuacán, las fuerzas realistas alcanzaron a los insurgentes en Temalaca, Puebla. Morelos decidió enfrentarlas para ganar tiempo y permitir que los miembros del Congreso pudieran escapar. Fue capturado el 5 de noviembre y posteriormente trasladado a la Ciudad de México, donde fue sometido a procesos militar y eclesiástico. Finalmente fue fusilado el 22 de diciembre de 1815 en San Cristóbal Ecatepec.
Así, la Constitución de Apatzingán nació mientras sus autores intentaban establecer las reglas de funcionamiento de un país cuando todavía luchaban por conquistar el territorio sobre el cual esas reglas debían aplicarse.
La Constitución de Apatzingán fue el primer gran proyecto constitucional mexicano elaborado por los insurgentes y constituye un antecedente fundamental de la Constitución Federal de 1824 y del desarrollo posterior del constitucionalismo mexicano. Puede considerarse el punto con el que comienza propiamente la historia constitucional mexicana.
Referencias: