El 30 de octubre de 1810, las fuerzas encabezadas por Miguel Hidalgo e Ignacio Allende habían derrotado a las tropas realistas en la batalla del Monte de las Cruces, en las cercanías de la Ciudad de México. La victoria abrió una posibilidad que parecía extraordinaria: los insurgentes podían intentar avanzar sobre la capital del virreinato. Sin embargo, Hidalgo decidió no atacar la Ciudad de México y ordenó la retirada. La decisión sigue siendo uno de los episodios más discutidos de la primera etapa de la Independencia. Entre los factores que pudieron influir estuvieron el desgaste de las tropas, la escasez de armas y alimentos, la incertidumbre sobre las consecuencias de entrar en una ciudad tan grande y la noticia de que se aproximaban fuerzas realistas al mando de Félix María Calleja. También pesaba la actitud del virrey Francisco Xavier Venegas, que no estaba dispuesto a negociar con los insurgentes.
La decisión provocó fuertes desacuerdos entre los principales dirigentes. Ignacio Allende consideraba que era necesario aprovechar la victoria y avanzar, mientras que Hidalgo optó por retirarse. El enorme ejército insurgente comenzó entonces a desplazarse hacia el norte y el occidente. Finalmente, las fuerzas rebeldes se concentraron en las inmediaciones de Aculco, en el actual Estado de México, una zona estratégica por su conexión con las rutas que comunicaban el centro de Nueva España con el Bajío.
El ejército insurgente era impresionante por su tamaño. Las estimaciones varían considerablemente, pero probablemente estaba compuesto por decenas de miles de personas. Sin embargo, su enorme número ocultaba una gran debilidad: una parte importante de sus integrantes carecía de entrenamiento militar, disciplina y armamento adecuado. Muchos combatían con fusiles viejos, lanzas, machetes, hondas o instrumentos improvisados. El ejército realista, en cambio, era mucho menor, pero contaba con soldados profesionales, oficiales experimentados, caballería organizada y artillería.
El 6 de noviembre, las tropas de Félix María Calleja llegaron a las inmediaciones de Aculco. El comandante realista había reunido una fuerza de varios miles de hombres, apoyada por caballería y artillería. Frente a él se encontraba una masa insurgente muy superior en número, pero debilitada por las dificultades de la campaña y por las divisiones existentes entre sus dirigentes. Tener muchos combatientes no significaba necesariamente disponer de un ejército eficaz.
La batalla comenzó el 7 de noviembre de 1810. La artillería realista abrió fuego contra las posiciones insurgentes y contribuyó a desorganizar rápidamente sus filas. La caballería también desempeñó un papel importante. Ante la presión de las tropas disciplinadas de Calleja, numerosas unidades insurgentes comenzaron a retirarse y la formación rebelde terminó por desintegrarse. En poco tiempo, los insurgentes abandonaron el campo de batalla. El resultado fue desastroso para el movimiento de Hidalgo y Allende. Los realistas capturaron numerosos cañones, armas, municiones, equipaje y víveres.
Aculco fue, por ello, el primer gran desastre militar del movimiento iniciado apenas unas semanas antes con el levantamiento de Dolores. La derrota también profundizó las diferencias entre Hidalgo y Allende. Ambos dirigentes tenían desacuerdos sobre la estrategia, la organización del ejército y la manera de conducir la guerra, y el desastre de Aculco hizo todavía más evidente esa tensión.
Después de la derrota, los dirigentes insurgentes tomaron caminos diferentes. Hidalgo se dirigió hacia Valladolid, la actual Morelia, mientras Allende marchó hacia Guanajuato. Allende intentó reorganizar la defensa de esa ciudad, pero las fuerzas realistas volvieron a imponerse. Hidalgo continuó después hacia Guadalajara, donde el movimiento insurgente logró establecer un importante centro político y militar durante los meses siguientes. Para Félix María Calleja, la victoria de Aculco significó un enorme triunfo militar y político. La derrota insurgente fortaleció su prestigio y dio confianza al gobierno virreinal.
La batalla también dejó una enseñanza fundamental. La insurrección había demostrado que podía reunir en poco tiempo a decenas de miles de personas, pero convertir esa fuerza popular en un ejército capaz de enfrentarse con éxito a las tropas realistas requería organización, entrenamiento, disciplina, armas y una estrategia. Aculco mostró de manera dramática la distancia que existía entre la enorme movilización popular encabezada por Hidalgo y la capacidad militar de un ejército profesional como el de Calleja.
A primera vista, la batalla podría parecer simplemente una derrota más dentro de una guerra larga. Sin embargo, tuvo una importancia mucho mayor. El entusiasmo de los primeros momentos de la insurgencia comenzó a chocar con la realidad de una guerra mucho más difícil de lo que sus dirigentes habían imaginado. La victoria del Monte de las Cruces había hecho parecer cercana la posibilidad de tomar la capital; apenas unos días después, Aculco mostró que el movimiento todavía estaba lejos de contar con la capacidad militar necesaria para derrotar al ejército virreinal.
A pesar de todo, la guerra continuó durante años, con victorias y derrotas, nuevos dirigentes, cambios de estrategia y profundas transformaciones políticas. Finalmente, once años después del inicio de la insurgencia, la independencia de México se consumó en 1821.
La derrota fue dura, pero no consiguió apagar el movimiento que, con enormes dificultades y después de muchos años de lucha, terminaría transformando la historia de México.
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