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Orden Sacerdotal: qué es, episcopado, presbiterado y diaconado

Todos los miembros de una gran familia tienen un papel importante y particular. Hay personas que reciben la responsabilidad de mantener viva la tradición familiar y transmitir las historias de los abuelos. En la Iglesia Católica, el sacramento del Orden se puede entender, en cierto sentido, de manera parecida. Pretende asegurar que la misión que Cristo confió a los Apóstoles continúe en la Iglesia a lo largo del tiempo. El Catecismo de la Iglesia Católica lo expresa al señalar que el Orden es el sacramento mediante el cual la misión confiada por Cristo a sus Apóstoles continúa siendo ejercida hasta el fin de los tiempos.

Los Apóstoles, a su vez, eligieron colaboradores y transmitieron mediante la imposición de las manos el ministerio recibido. Con el paso del tiempo la Iglesia fue estructurando lo que hoy conocemos como el sacramento del Orden. El término “orden” procede de una palabra latina relacionada con un grupo o cuerpo constituido para desempeñar una determinada función. En la Iglesia, recibir la ordenación significa ser incorporado mediante un rito sagrado a un ministerio destinado al servicio del Pueblo de Dios. Para la fe católica es un sacramento en el que Cristo actúa por medio de la Iglesia y concede la gracia necesaria para ejercer un ministerio particular.

Este sacramento se relaciona con el sacerdocio que todos los bautizados reciben, pero no debe confundirse con él. El Bautismo hace participar a los cristianos del llamado sacerdocio común de los fieles: pueden ofrecer a Dios su vida cotidiana, sus oraciones, su trabajo, sus sufrimientos y sus actos de amor. El Orden, en cambio, confiere el sacerdocio ministerial, que está orientado al servicio del sacerdocio común. Dicho de una manera sencilla, todos los bautizados están llamados a vivir su fe y a ofrecer su existencia a Dios, mientras que quienes reciben el Orden reciben además una misión sacramental específica para enseñar y guiar a la comunidad. Hay funciones diferentes dentro de la misma comunidad.

El sacramento del Orden tiene tres grados: episcopado, presbiterado y diaconado. El episcopado es el grado que posee la plenitud del sacramento del Orden. Los obispos son considerados sucesores de los Apóstoles y reciben la responsabilidad de enseñar, santificar y gobernar una Iglesia particular, normalmente una diócesis, en comunión con los demás obispos y con el Papa. El presbiterado corresponde a los sacerdotes o presbíteros, que son colaboradores de los obispos y participan de su misión. Pueden celebrar la Eucaristía, administrar determinados sacramentos, predicar y ejercer funciones pastorales en las comunidades que se les confían. El tercer grado es el diaconado. Los diáconos son ordenados para el servicio y colaboran en la liturgia, proclaman el Evangelio, pueden predicar y desempeñan numerosas tareas de servicio y caridad. Algunos son diáconos transitorios porque posteriormente serán ordenados sacerdotes; otros son diáconos permanentes y pueden, en determinadas circunstancias, ser hombres casados.

El episcopado, el presbiterado y el diaconado son distintos ministerios dentro del único sacramento del Orden, y cada uno tiene una misión propia. En la teología católica, el obispo posee la plenitud del Orden; el presbítero participa del ministerio sacerdotal de Cristo de un modo propio; y el diácono está ordenado principalmente al servicio. Asimismo, el diácono pertenece al sacramento del Orden y participa del ministerio ordenado, aunque no recibe el sacerdocio presbiteral.

El rito central de la ordenación consiste en la imposición de las manos del obispo sobre la cabeza del candidato, seguida de una oración consagratoria. Este gesto hunde sus raíces en la tradición apostólica y expresa la transmisión sacramental del ministerio. Según la doctrina católica, el sacramento imprime en quien lo recibe un “carácter espiritual indeleble”. Esto significa que la ordenación no puede repetirse ni puede ser simplemente borrada. Incluso si un sacerdote deja de ejercer públicamente el ministerio, es apartado de determinadas funciones o recibe una dispensa de las obligaciones propias de su estado clerical, la ordenación sacramental permanece. Por eso, desde la perspectiva católica, quien ha recibido válidamente el sacramento continúa siendo sacerdote sacramentalmente, aunque ya no ejerza el ministerio de la misma manera.

Durante la ordenación, existe además un momento especialmente llamativo: los candidatos se postran boca abajo mientras se cantan las Letanías de los Santos. Esta postración expresa humildad, entrega y dependencia de Dios. El gesto recuerda que la ordenación es una entrega al servicio de Dios y de la comunidad.

La Iglesia Católica enseña que quien posee la plenitud del sacramento del Orden puede conferir los distintos grados mediante la imposición de las manos y la oración de ordenación. Por ello, para que una ordenación sea válida no basta con que alguien se atribuya autoridad religiosa: debe existir la debida sucesión apostólica y cumplirse las condiciones sacramentales establecidas por la Iglesia. Esta cuestión ha tenido consecuencias históricas importantes. Por ejemplo, el papa León XIII declaró en 1896, mediante la bula Apostolicae Curae, que las ordenaciones anglicanas no eran reconocidas como válidas por la Iglesia Católica. La decisión se fundamentó en la valoración católica de determinados cambios realizados en el rito de ordenación y en la comprensión de la intención sacramental durante la Reforma inglesa.

La Iglesia Católica también sostiene que solo los varones bautizados pueden recibir la ordenación sacerdotal. Esta posición fue reafirmada de manera solemne por el papa Juan Pablo II en 1994 mediante la carta apostólica Ordinatio Sacerdotalis, en la que afirmó que la Iglesia no tiene la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres. La argumentación se relaciona principalmente con la elección de los Doce por parte de Cristo y con la tradición constante de la Iglesia. Por tanto, dentro de la doctrina católica actual, la cuestión no se considera simplemente una norma administrativa que pueda modificarse por decisión de una diócesis o de un obispo.

Algo parecido ocurre con el celibato, aunque aquí es importante hacer una distinción. El celibato sacerdotal obligatorio en la Iglesia latina es una norma disciplinaria, no un dogma de fe. Su desarrollo histórico fue gradual y alcanzó una consolidación importante en la Edad Media, especialmente a través de las disposiciones de los Concilios de Letrán de 1123 y 1139. Sin embargo, la Iglesia Católica nunca ha considerado que el celibato sea una condición esencial para la validez del sacerdocio. De hecho, las Iglesias Católicas Orientales mantienen la posibilidad de ordenar al presbiterado a hombres casados, de acuerdo con sus propias tradiciones y normas. Además, existen algunas excepciones en la Iglesia latina. Por ejemplo, determinadas disposiciones relacionadas con Anglicanorum Coetibus, promulgada por Benedicto XVI en 2009, permiten que algunos ministros anglicanos casados que ingresan en plena comunión con la Iglesia Católica puedan ser ordenados sacerdotes, después del correspondiente discernimiento y con la autorización de la Santa Sede. El matrimonio previo no se disuelve por recibir la ordenación.

La historia de la Iglesia también muestra que la cuestión de la ordenación está estrechamente relacionada con la sucesión apostólica y la autoridad de la Iglesia. Un caso especialmente complejo se produjo en China, donde durante décadas hubo ordenaciones episcopales realizadas sin el mandato pontificio, en el contexto de la tensión entre las autoridades civiles y la Santa Sede. Según el derecho canónico, quien consagra a un obispo sin mandato pontificio y el obispo que recibe esa consagración incurren en una excomunión latae sententiae, es decir, automática, en determinadas circunstancias. En 2018, la Santa Sede y el gobierno chino alcanzaron un acuerdo provisional sobre el nombramiento de obispos, aunque las relaciones entre ambas partes son complejas.

El tema de la validez de las órdenes también aparece en otra curiosidad histórica relacionada con el papado. En 752 fue elegido un hombre llamado Esteban, conocido tradicionalmente como Esteban II, pero murió apenas unos días después de su elección, antes de ser consagrado obispo. Durante siglos fue incluido en algunas listas como papa, pero posteriormente fue eliminado de la lista oficial porque, según la tradición de la época, la elección debía considerarse incompleta hasta su consagración. Por eso hoy suele hablarse de un “papa electo” o de Esteban II como un caso histórico particular.

Todo esto permite comprender mejor el sentido que la Iglesia Católica atribuye al sacramento del Orden. Es una responsabilidad de servicio. La autoridad cristiana, según el modelo de Jesús, se mide por la capacidad de servir. Por eso, cuando un sacerdote celebra la Eucaristía, predica o administra el sacramento de la Reconciliación; cuando un diácono proclama el Evangelio o ayuda a una comunidad; o cuando un obispo enseña, celebra los sacramentos y guía una diócesis, la Iglesia entiende que esas acciones forman parte de una misión que comenzó con Cristo y que fue confiada a los Apóstoles.

El Orden sacerdotal es un sacramento orientado a mantener viva la misión de Cristo en la Iglesia. Sus tres grados —diaconado, presbiterado y episcopado— expresan diferentes formas de servicio; la imposición de las manos y la oración de consagración constituyen el centro de su celebración; y el carácter indeleble significa que la ordenación sacramental no se repite ni desaparece. Quien recibe el Orden recibe una responsabilidad para los demás. Su función consiste en enseñar, santificar y servir, procurando que la comunidad cristiana conserve viva la memoria de Jesús y continúe transmitiendo su mensaje de generación en generación.

Referencias:

Cómo citar

García, Miguel. (02 septiembre 2026). Orden Sacerdotal: qué es, episcopado, presbiterado y diaconado. Celeberrima.com. Última actualización el 02 septiembre 2026.